Parece el ligero movimiento del agua mordiendo las rocas.  O la rigidez del viento que las golpea. Pero es una mujer, de actitud elegante y férrea, ojos grandes, pelo recogido.  El peso de las arrugas, cicatrices del tiempo, deja entrever una sonrisa. El ruido de las olas, el viento que no cesa. Y un libro en la mano que posa sobre el atril, aunque apenas mira. María Victoria Atencia (Málaga, 1931) se dispone a leer algunos de sus poemas con los ojos cerrados, como ocultos tras las gafas. Y entonces el auditorio se pregunta por esa casualidad antojadiza y sabia de que esta malagueña naciera en la calle del Ángel, número uno. Aunque nadie lo menciona. María Victoria lee sus poemas como quien predica una revelación: entona con énfasis lo que parece una pausa, acaricia el poema en un ritmo sostenido, con los labios bien abiertos, como en espera. El silencio que lo precede parece el latido de un cuerpo conquistado. Es la casa del lector, en Madrid, y María Victoria celebra sus ochenta y dos cumpleaños recogiendo el premio internacional reina Sofía de Poesía 2014 de la mano de la madre del rey. Más que una coincidencia "es también un cumplimiento: el de toda una vida dedicada a la poesía", afirmó la malagueña en su discurso tras recoger el prestigioso premio a finales de noviembre. Es la primera mujer española en ganar este certamen, y la cuarta mujer en su historia. La Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional acaban de publicar El fruto de mi voz, una selección de toda la obra poética de Atencia que concluye el que ha sido, sin duda, el año del reconocimiento -ha sido, además, autora del año del Centro Andaluz de las Letras-, el de la celebración de su obra poética, tan amplia y reconocida como olvidada en otras ocasiones. POESÍA ENTRE DOS EDADES María Victoria no dice, conversa con las cosas. Su palabra huele a rocío y otoño, a fiestas familiares donde el anfitrión espera ansioso el momento en el que los invitados se marchan y quede solo. Su poesía se sitúa en ese instante de ebria soledad entre dos edades, entre la fugaz infancia y la edad adulta a la que no duda en interrogar sus banalidades cotidianas y sus ritos. Niña recién abierta sobre todas las horas, escribe. Y con la infancia bailando al fondo, aunque siempre vigilante, María Victoria intuye la fugacidad como una forma de estar en el mundo. Pero ese deshacerse no se manifiesta en cierta nostalgia, tan común en la lírica de sus compañeros de generación, sino que transita lenta y mansa por el espacio donde se juntan pasado y porvenir. Se prohíbe la nostalgia. No hay más contemplaciones, canta, ganando el pulso a esa vida que la azota, a una muerte que camina. Porque su poesía pasa de un ritmo sostenido, de una poesía de la espera y dominio del soneto en sus primeros trazos en Arte y Parte Marta y María,  a desafiar la pérdida desde la lucidez del presente que lo trasciende a través de la contemplación de la belleza en El hueco o Las contemplaciones. Y lo hace desde un mismo lugar común: la feminidad. Pero se trata de una feminidad imperecedera, inevitable, que no se busca, si no que es encontrada: el cuerpo que reluce íntegro y desnudo cuando la tinta del poema se deshace añeja y queda entonces la simetría, el mar, la fragancia. En la poesía de María Victoria la feminidad es un universo propio en el que el yo poético no debe ni quiere sentirse ajeno: su palabra es mujer y solo ella sabe cómo cantar a la mujer convertida en palabra. Y para ello recurre a los mitos donde se aferran las raíces de nuestra tradición, pero los subvierte, juega con ellos, los manosea, y es capaz de afirmar que Júpiter, acometes / con blanda pluma y tibio / borbotón de ternura, o amárrate a este palo, alma Ulises, y escucha / desde donde la plaza proclama su equilibrio / el rugido de bronce que la piedra sostiene, para terminar cantando, a modo de sentencia: en Melibea creo y en Calisto soy. LA POETA Y EL MAR Atencia siempre ha permanecido en Málaga, cerca del mar. O desde su altura, pues su pasión por el vuelo la llevó pronto a combinar sus estudios de piano con los de aviación. Pasó de ser una muchacha interesada en la poesía y en la música  a una mujer capaz de hilvanar sus desafíos y miedos con métrica clásica. Ya por entonces, poetas de la talla de Aleixandre la definían con la siguientes palabras:  “Siempre recuerdo aquellas espumas blancas de las que parecía ella surgir en el primer día de nuestro conocimiento. Una adolescente delicada pero irradiante que parecía sonreír desde un futuro prometido. Es que algo se le anunciaba: el nacimiento de un resplandor y de una oscuridad al mismo tiempo, entre los que ella encerraría y revelaría la significación de la vida, con una palabra inconfundible”. Conoció el amor, y desde 1955 está casada con  Rafael León, quien la animó a su dedicación a la poesía. Tras haber publicado sus dos primeros libros, la malagueña permaneció en silencio, al menos editorial, durante 1961 a 1976, los años en los que nacerían sus cuatro  hijos. Luego vendrían sus libros definitivos, y los premios. Ella nunca se ha codeado con los ritos del mundillo literario, y ha preferido permanecer al margen de celebraciones, recitales y encuentros. Quienes la conocen la describen como alguien hogareña, sencilla. Ello no le ha impedido ostentar algunos de los premios más destacados de la literatura como el Premio Nacional de la Crítica en 1998 o el premio internacional de poesía Federico García Lorca en 2010. En 2012 fue postulada a ocupar el sillón "n" de la Real Academia Española, aunque finalmente lo ocupó la novelista Carme Riera. María Victoria, cuando puede, y como siempre ha hecho, sigue escapándose al puerto de Málaga a pasear. Su ciudad natal y definitiva, y un personaje propio también en su obra. La naturaleza siempre ha latido en sus poemas, a la que vuelve a ella para evocar sus raíces, de las que nunca se ha escapado del todo: "Todo sigue su curso natural. Pero ¿dónde / cobra la nada su natural sentido?" UN RELOJ QUE ADELANTA "María Victoria empuja a la vida antes que dejarse empujar por ella. Porque la intensidad está en ese recodo de la memoria y en lo cotidiano de manera salvaje. Seguir y permanecer sola en este mundo descolorido la hace definitivamente poeta", afirma la poeta Cecilia Quíllez. Pero a pesar del conjunto de premios que avalan su enorme obra, así como de esa intensidad de la que habla Quíllez, no siempre la crítica española estuvo a la altura de lo que su poesía destilaba. O al menos eso afirman hoy no pocos poetas y filólogos. "La crítica española ninguneó a las poetas que comenzaron a publicar en la década de los cincuenta. O más bien, les dieron de comer aparte", cuenta Noni Benegas, escritora. "Me refiero a que se trataron sus trabajos del mismo modo que en la época de las románticas, cuando el término poetisa cae en desgracia y se meten juntas en la misma bolsa a decenas de aficionadas y a maestras del género, como ocurre también entre los hombres. Pero si bien la vara para medir la estatura de ellos se rige por la altura de los mayores, en la crítica de la época a la poesía escrita por mujeres prevalecen los estereotipos de género. No se quiere ver la novedad que traen porque las gafas con que se miran ya tienen el tinte incorporado", afirma. "Por suerte, las mismas poetas se ocuparon de alzar una relación de nombres y mostrar los versos de sus coetáneas, me refiero a las dos antologías de Carmen Conde y de Gloria Fuertes. Sin embargo, hubo que esperar a la crítica futura, y me refiero, por ejemplo, al trabajo de María Payeras, Xelo Candel o Miguel Casado, coetáneos nuestros, para descubrir el potencial subversivo y de conocimiento de sí que hay en la obra de Atencia. El artista es un reloj que adelanta, decía Kafka. Es el caso de María Victoria. AGUA DE MAYO EN EL DESIERTO Y en cuanto a la obtención de Atencia del Premio Reina Sofía "es para las poetas como agua de mayo en un desierto de autoridades de nuestro género", sostiene Benegas. "Basta recordar que en el casi cuarto de siglo que lleva otorgándose el galardón en España, es la primera vez que lo obtiene una mujer poeta española. Ya era hora". La poesía es un cauce de siglos, una lucha tectónica entre el tiempo y la palabra. Y como toda belleza, requiere una prenda. Hay poetas que, sin saberlo, se adelantan a su tiempo y no se dejan arrastrar por el cauce de su época. Lo cruzan, y se entregan a la espera de otros puentes dictando su propia verdad. "Ya está todo en sazón. Me siento hecha / me conozco mujer y clavo al suelo, / profunda,  la raíz y tiendo en vuelo / la rama, cierta en ti, de su cosecha", cantó Atencia en lo que sería el comienzo de su carrera literaria y que es hoy el mapa que contiene, íntegra, la voz de un tiempo que no pasa, la voz de un tiempo de nuestra literatura. Reconocer su privilegiado espacio es un acto de justicia histórica o poética. O ambas a la vez. Esto es, nuestra debida prenda.