¿Y si algo tan cotidiano como comer se convirtiera en un riesgo diario? Para Carlos Solas Fernández, almeriense de 37 años, esa es su realidad desde hace más de una década. Padece esofagitis eosinofílica (EoE), una enfermedad poco frecuente que provoca inflamación del esófago y disfagia constante, hasta el punto de generar miedo a comer, ansiedad en cada comida y episodios de pérdida de peso severa.

Desde entonces, su vida ha estado marcada por la enfermedad y sus complicaciones: múltiples especialistas, desplazamientos continuos entre Almería y Madrid para tratarse, dilataciones de esófago y patologías asociadas derivadas del estrés. En los últimos meses, además, ha denunciado la falta de acceso a su medicación habitual desde julio de 2025, una situación que ha vuelto a poner el foco en su caso y que él mismo ha visibilizado a través de sus redes sociales, donde se ha convertido en una de las voces más reconocibles en torno a la EoE en España.

Con cerca de 30.000 seguidores en Instagram y más de 18.000 en Facebook, Carlos ha transformado su experiencia personal en activismo, centrado en la defensa de la sanidad pública, la mejora de la atención a enfermedades poco frecuentes y la visibilización del impacto físico y emocional que estas patologías tienen en la vida cotidiana. Hoy, su testimonio va más allá de lo individual: es también una denuncia sobre los tiempos de espera, la falta de recursos y la necesidad de tratamientos accesibles y continuos para los pacientes crónicos.

Pregunta: Tus primeros síntomas aparecieron en 2009, cuando tenías 19 años, pero el diagnóstico no llegó hasta 2014. ¿Cómo ha sido tu lucha con la enfermedad desde entonces hasta hoy?

Respuesta: Sobre todo era el tema de que nunca mejoraba. La lucha era tener que acudir siempre al especialista y decir que me pasaba algo, que no era una persona normal, pero siempre me decían que “todo era psicológico”. Como no sabes lo que te pasa, pues al final hasta que no dan con un nombre, estás todo el rato pensando en cosas malas. Cuando ya me dijeron lo que tenía, en 2014, mi vida empezó a mejorar, pero nunca tuve tratamiento.

En 2020, en pandemia, empiezo a encontrarme mal otra vez, a no poder comer, el mismo problema que tuve en el 2009, pero ya fue demasiado. Cada vez que comía tenía que vomitar, no era capaz ni de tragar mi propia saliva. Era una sensación de saber que algo me estaba pasando, pero no tenía ni tratamiento, ni seguimiento.

Con el tiempo me di cuenta de que no servía tener un nombre si no tienes tratamiento. Desde 2020 hasta 2022 tuve, sin duda alguna, los peores años de mi vida: perdí 21 kilos en menos de dos meses y nunca hubo un digestivo de guardia, ni seguimiento, te quedabas 24 horas en observación hasta que te mandaban a casa sin que te viesen.

Si ya es difícil tener una enfermedad crónica, imagina cuando no te hacen caso o cuando no hay medios para poder ayudarte. También tuve que recurrir a ayuda psicológica privada, es decir, que te lo pagas tú, y eso es una de las cosas que más me duele.

P: Entonces, ¿consideras que el sistema sanitario público te ha dejado desatendido al tener que asumir tú mismo el coste de ese tratamiento?

R: Cuando yo empecé con este problema, pedí ayuda a gritos. Ahora que tengo ya 36 años, soy consciente de lo que es vivir con una depresión. Tuve la primera a los 15 años, pero en aquel momento no se valoraba tanto la salud mental, después sí te das cuenta de lo que es vivir en una depresión.

Un médico internista me dijo que tenía que ir a un psicólogo, pero tuve que esperar casi nueve meses para la cita. ¿Qué haces durante nueve meses si estás sumergido en una depresión? Intentar salir pagándote tu psicólogo privado. Lo más fuerte es que cuando consigo que me vea la psicóloga, las citas de revisión eran cada seis meses. Entonces, ¿qué persona con una enfermedad crónica y con una depresión va a sobrevivir con esas listas de espera? Nadie en su sano juicio. Claro que te sientes abandonado psicológicamente, porque eso me ha hecho perder cuatro años de mi vida, siendo padre, los primero cuatro años de vida de mi hijo.

P: Siendo razón de esto la falta de medios en la sanidad pública.

R: Totalmente, por el colapso que hay en salud mental. Cuando haces una investigación sobre las comunidades autónomas que dijeron que iban a intentar mejorar las condiciones pospandemia para agilizar todas las listas de espera, te das cuenta de que es mentira y que han aprovechado lo contrario: dejarlo igual para no gastar contrataciones de personal. Al final la gente se harta y acaba yéndose a los seguros privados.

Da la casualidad que yo, cuando estaba en mi peor momento, tenía un seguro privado y me invitaron a no renovarlo por el uso continuado de sus servicios, no les salía rentable. Entonces ahí te das cuenta de que realmente quien está es la sanidad pública. Entonces ahí yo también jugué con desventaja porque no tuve apoyo de poder agilizar mis procesos de búsqueda, de qué es lo que me pasaba, de por qué no podía comer, de por qué había perdido 21 kilos.

Al final, soy una persona bastante cabezona y, después de lo que viví entre 2009 y 2014, cuando me medicaban sin investigar realmente qué me ocurría, en 2020 decidí no seguir por ese camino. Tenía claro que no era algo psicológico, había algo más. Fue precisamente esa insistencia mía en leer artículos científicos y buscar respuestas, lo que me permitió entender qué me pasaba. Y es evidente que, si no tienes un tratamiento adecuado para una enfermedad crónica, es imposible mejorar.

P: ¿Cómo afrontas el hecho de tener que convivir y luchar constantemente contra la enfermedad, sabiendo además que muchas otras personas en tu misma situación se sienten desamparadas por el sistema?

R: He intentado explicar a la gente en qué consiste esta enfermedad, porque cada vez va a ser más común y puede que muchas personas la padezcan sin saber identificarla. Al principio me centraba sobre todo en visibilizarla, pero con el tiempo he entendido que también es necesario exigir una mayor responsabilidad a la administración. Ese paso hacia el activismo en salud, más allá de la divulgación, viene de ver cómo muchas personas empeoran por culpa de las listas de espera y la falta de recursos.

¿Por qué no se contrata a mayor personal? ¿Por qué no se agiliza si sabiendo que todos los trastornos digestivos, cánceres, entre otros, están a la orden del día? Hace falta luchar por mayores recursos en nuestra administración. Sí, los conciertos sirven, pero a mí quien me da un medicamento, que vale 1.700 euros cada semana, para que yo pueda tener vida, es la sanidad pública: mi seguridad social y mis impuestos.

Entonces utilizo mis redes sociales para dar voz a la sanidad, protestar por la privatización y todo lo que he vivido y no solo quedarme en la enfermedad, sino luchar por todas esas mujeres del cáncer de mama, por todas esas personas que fallecen esperando una prueba diagnóstica, por todo.

P: ¿Cómo definirías el estado actual del sistema sanitario público andaluz, teniendo en cuenta que es uno de los principales ejes de tus reivindicaciones?

R: A mí me tratan en Madrid. Imagínate lo que tiene que ser para mí, un almeriense, tener que irse a Madrid porque aquí no te dan solución ninguna, se niegan. Ahí te das cuenta de que ya no solo es la falta de recursos, sino que cuando tú solicitas tu ayuda para poder ser derivado, incluso yo, ofreciéndome a hacer ensayos clínicos, me decían que no. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Abandonamos a los ciudadanos andaluces?

Lo más fácil es lo que estoy haciendo. En vez de aceptar pelear con la administración, tuve que aceptar irme, pagándolo todo yo. Me duele muchísimo ver en lo que se ha convertido la sanidad andaluza porque realmente te das cuenta de que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda y estos últimos somos los que no tenemos posibilidad de pagar un seguro privado o una intervención y tenemos que esperar seis meses a una solución.

P: Entonces, en relación con las críticas de la oposición sobre el desmantelamiento y la privatización del sistema sanitario, ¿compartes ese diagnóstico? ¿Cómo lo percibes tú desde tu experiencia personal?

R: La comparto totalmente, pero falta más carácter para luchar contra este tema. Para la privatización ahora se va a hacer una especie de ley para controlar más los conciertos, pero en Andalucía se ha estado permitiendo desde pandemia. Llevamos muchos años callándonos las críticas y fíjate ahora lo que ha pasado por eso. Si de verdad se sabía, tendríamos que haber luchado desde el primer momento y el que diga que la sanidad funciona, que venga y me diga cómo.

La gente tiene que ser consciente de que, como sigamos así, nos vamos a quedar sin sanidad pública. Al final el 30% que ha aumentado los seguros privados en Andalucía no es por nada. Así que la oposición tiene que hacer más trabajo todavía para seguir luchando por ella porque si no va a ser nuestra perdición.

P: ¿Te ha traído problemas posicionarte políticamente de manera tan clara?

R: Muchísimos problemas. Empecé a ser un altavoz de mi enfermedad, pero tuve que dejar mi Instagram personal para posicionarme políticamente y abrirme directamente como una persona de izquierdas. No obstante, soy de los que piensan que la salud realmente no tendría que tener ideología, pero es mentira, la tiene.

Después te das cuenta de que es mentira: las personas están de acuerdo con los conciertos, somos muy partidistas y no pensamos hasta que no tenemos una enfermedad. Se me han cerrado muchas puertas de congresos, ponencias incluso de mi propia enfermedad, todo por posicionarme abiertamente. Esto es una decisión que tuve que tomar de la que estoy orgulloso y así seguiré haciéndolo porque creo que en la vida todo es política.

Hay gente que te increpa, te escribe por Instagram, por privado, te amenazan de muerte… Pero yo ya estuve muerto una vez y ahora no me van a silenciar.

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