En mitad de la plaza del pueblo, muy cerca de los bares que invitan a comer faisanes -el nombre local para los boletus-, hay un pequeño kiosco de hierro rodeado de coches y niños que juegan a la pelota mientras los mayores alargan la sobremesa ayudados de redondas copas teñidas del rojo intenso del Anís La Violetera. No es mal plan, pero si nos concentramos un poco, escucharemos cómo al murmullo de los veladores se une el sonido del agua. Acaba de comenzar el invierno en la Sierra Norte de Sevilla y los veneros, esas corrientes de agua que brotan aquí y allá de la tierra, vienen alegres y ruidosos tras las primeras lluvias de la temporada. Una placa nos aclara el porqué: “Por iniciativa de Don José Bernal Navarro, alcalde accidental de esta villa, se hizo este kiosco en 1894 y se colocó la tubería de hierro que conecta las aguas de este venero al depósito central”. La villa es Constantina y esta construcción modesta, que apenas destaca entre el imponente castillo almorávide, la elegante torre de la iglesia de Santa María de la Encarnación y el deslocalizado Gurugú, con sus ínfulas más propias de la capitalina avenida de la Palmera que del caserío serrano, marca el inicio de nuestra ruta por el parque natural sevillano. Sólo a unos centenares de metros de donde se encuentra el kiosco, tenemos la posibilidad de seguir dos de las rutas más conocidas de la zona: a la izquierda, sale el camino que conduce a los poco frecuentes castañares y también a las cuestas cercanas Castillo; a la derecha, la carretera que acaba en el mirador del puerto de El Robledo, pasa antes por la preciosa ermita de Nuestra Señora del Robledo, lustrosas dehesas con no menos lustrosos ejemplares de cerdo ibérico, rojos y sabrosos madroños y una base del ejército del Aire que, será cosa del fin de semana, parece desierta. Podemos entretener un buen rato nuestros pasos eligiendo una u otra opción, pero nuestro ruta es hoy otra y nos lleva a buscar los caminos del agua que, en un paisaje modelado como pocos por la mano del hombre, surge libre, aunque siempre tímida y a menudo escondida. Como en los conocidos como Pozos de Nieve, hoy recomendable alojamiento rural, y en los que desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX se abastecía de agua helada, que era transportada con animales durante la noche, a Sevilla. El sobrante se destinaba, a menor precio, a los pueblos cercanos, ya que todo el edificio, con más apariencia de iglesia que de otra cosa, pertenecía a la ciudad de Sevilla como se encarga de recordar el escudo fechado en 1696 que decora su fachada.  HACIA EL NACIMIENTO DEL HUÉZNAR Los pozos se encuentran a unos dos kilómetros de Constantina, a la altura del cruce hacia Cazalla de la Sierra y San Nicolás del Puerto. La siguiente parada, quizás la más esperada, nos coge de paso en esta dirección. La Sierra Norte, con su relieve alomado, sus clareadas dehesas, pueblos blancos y gastronomía de primera, es un destino accesible pero mucho menos conocido que otros espacios naturales cercanos. Salvo las cascadas del Huéznar. Cada fin de semana y, sobre todo, los días de verano si el año ha sido de lluvias, la ruta es transitada por centenares de personas. Y no se equivocan. Desde el nacimiento en San Nicolás del Puerto, donde las mesas, sillas y el bar del área recreativa no son capaces de estropear la magia del venero que surge de la nada en pequeñas piscinas que borbotean suavemente, hasta el bosque de galería que protege a las curiosas formaciones calizas conocidas como travertinos, es una gozada seguir el rumbo del agua, clara, cristalina, alegre. Incluso algún valiente se moja los pies en las profundas pozas que en las que, el próximo verano, más de uno y más de dos se bañarán sin complejos. El bello curso del Huéznar, declarado monumento natural en 2001, nos acerca al otro monumento natural de la zona, el Cerro del Hierro. Como todo en este parque natural, nuevamente la naturaleza –el agua y la lluvia- y el hombre –la minería- han competido desde tiempo inmemorial para redibujar el paisaje. El resultado merece la pena. A la arqueología industrial y el sobrecogedor silencio de los túneles mineros se une una galería imposible de formaciones geológicas en este relieve agreste: agujas, pináculos, cañones, desfiladeros, oquedades y las infinitas formas del modelado kárstico en los que encuentran cobijo, entre otros, la esquiva cigüeña negra. Junto a las Casas de los Ingleses, antaño residencia de los ingenieros de la mina, en un pequeño bar lleno de fotografías de escaladores y senderistas, nos despedimos de la Sierra Norte mientras comienza, era inevitable, a llover.  CÓMO ORGANIZAR EL VIAJE Son necesarios al menos un par de días para poder disfrutar de la sierra y recorrer en su totalidad las rutas –de los Castañares, de la Rivera del Huéznar y del Cerro del Hierro- que aparecen en la postal. La web La Ventana del Visitante de los Espacios Naturales ofrece toda la información, incluyendo los mapas y trazados de los senderos, necesaria para disfrutar del Parque Natural de la Sierra Norte. Para acercarse a la riquísima historia y peculiar idiosincrasia de sus pueblos, todos ellos cuentan con útiles webs así como de puntos de información turística. Dejarse llevar tampoco es mala opción. ¿CUÁNDO VIAJAR? Es un destino para cualquier estación de año y que, de hecho, cambia de manera significativa con las estaciones. El otoño, momento en el que se desarrolla la postal, es especialmente bello con las últimas llamadas de la berrea, el agua surgiendo a cada paso, la búsqueda de setas y los colores amarillentos y rojizos del paisaje. ¿QUÉ COMER? Como en casi cualquier lugar de sierra, la gastronomía es rica y contundente. Destacan los productos del cerdo ibérico y los productos de temporada, como las setas o las castañas. En El Pedroso, coincidiendo con el puente de la Constitución, se celebra todos los años una feria de productos típicos que, aunque multitudinaria a veces, reúne lo mejor de la zona y que supone una visita recomendada. ¿Y QUÉ BEBER? Dura e histórica es la pugna entre los anisados y exquisitos licores de guindas de La Violetera (Constantina) y Miura (Cazalla). Lo mejor es probarlos antes de decidir. La tradición vinícola de la zona, que durante los siglos XV, XVI y XVII fue uno de los principales exportadores de vino a América, está siendo recuperada con iniciativas como Colonias de Galeón, una joven bodega de Cazalla de la Sierra que merece la pena conocer. También es recomendable el mosto de Constantina, muy frecuente en todos los bares y colmados de la zona. ¿DÓNDE DORMIR? La Sierra Norte está llena de lugares con encanto, aunque como siempre los acreditados por la Marca Parque Natural ofrecen un plus por su compromiso con la conservación del entorno. Los más destacados pueden consultarse aquí. LAS POSTALES YA PUBLICADAS: Historias de contrabando en la Raya Por los caminos del esparto En busca de árboles 'abrazables' Embalses del Guadalhorce Flamencos, linces y orcas Por tierras de Almería En bici por las cañadas reales La costa fuera de temporada Riotinto El Guadalquivir La Alpujarra irresistible De castillo en castillo Entre Sancti Pectri Barbate Arroz y pajareo en la marisma del Guadalquivir Cazorla: por los campos de Hernán Perea El Mulhacén