Ser andaluz no es una postal. No es un decorado para las vacaciones de otros. No es una periferia resignada ni una identidad que se exhibe un día al año y se guarda después en un cajón. Ser andaluz es dignidad, trabajo, lucha, memoria, sacrificio, generosidad, alegría y responsabilidad. Los andaluces sabemos que esta tierra no es un cliché: es esfuerzo cotidiano.
Cuando llega el 28 de febrero son muchas las veces que me han preguntado qué significa para mí ser andaluz. Y aunque me siento andaluz cada día, es en ese momento cuando me invaden sentimientos que me hacen reflexionar con orgullo sobre lo que significa pertenecer, esté donde esté, a una tierra milenaria que se ha hecho a sí misma conquistando derechos y libertades.
Ser andaluz es tener la suerte de sentirse de provincias. De ocho provincias diferentes, singulares. Nada más y nada menos. El 28 de febrero los andaluces celebramos nuestra riqueza colectiva, nuestra pluralidad de acentos, nuestra capacidad innegable de ser libres, de creer en un futuro más igual, más capaz, en el que nadie desprestigie nuestros orígenes, sean cuales sea.
Y resulta paradójico que, en pleno siglo XXI, todavía tengamos que explicar qué significa ser andaluz. Es sencillo.
Ser andaluz es dignidad, trabajo, lucha, memoria, sacrificio, generosidad, alegría y responsabilidad
Ser andaluz es el joven que se esfuerza por formarse siendo consciente del sacrificio que hacen sus padres. Es el pequeño negocio que abre cada mañana. Es el talento inmenso de millones de jóvenes que quieren tener en Andalucía su proyecto de vida, que quieren quedarse y encontrar aquí una oportunidad para construir un futuro digno y estable.
Yo nací en Bedmar, un pueblo de Jaén, una tierra de olivos infinitos y manos trabajadoras. Allí aprendí que el esfuerzo no es una consigna, sino una forma de vida. Entre raíces centenarias crecí escuchando historias de familias que levantaron ese mar del interior que es Andalucía, entendiendo que resignarse nunca fue una opción.
Por eso ser andaluz es también defender a nuestros agricultores y ganaderos con hechos. Apoyar una PAC fuerte y justa que garantice estabilidad al campo andaluz. Impulsar la modernización del olivar, apoyar la agroindustria y apostar por el valor añadido para que la riqueza no se vaya fuera, sino que se quede en nuestros municipios generando empleo y oportunidades.
Ser andaluz es haber aprendido que los derechos nunca nos los han regalado. Que nuestra autonomía plena se conquistó diciendo alto y claro que no queríamos ser más que nadie, pero tampoco menos. Que nacer en Jaén, en Córdoba, en Huelva o en cualquier rincón de Andalucía no significara empezar desde atrás.
Y por eso ser andaluz es tener un doble compromiso.
Que nacer en Jaén, en Córdoba, en Huelva o en cualquier rincón de Andalucía no significara empezar desde atrás
El primero, recordar y valorar todo el esfuerzo que nos ha costado conquistar derechos. Unos derechos que hoy vuelven a sentirse cuestionados por quienes creen en una Andalucía de privilegios para unos pocos y resignación para la mayoría.
El segundo compromiso es seguir conquistando el futuro de esa Andalucía en la que yo creo, la de quienes sostienen nuestra economía, la de quienes más dificultades tienen para acceder a oportunidades y la que facilita el regreso digno de tantos andaluces y andaluzas, investigadores, ingenieras, médicos, profesionales, que hoy desarrollan su talento fuera.
Ser andaluz es entender que el progreso no es un concepto vacío, sino algo que se mide en oportunidades reales. En que un joven pueda formarse y encontrar empleo aquí, que una familia tenga acceso a una atención sanitaria digna, que un agricultor pueda vivir de su trabajo con estabilidad, en que un municipio pequeño tenga los mismos servicios que una gran ciudad. Esa es la igualdad por la que luchamos y esa es la igualdad que debemos seguir defendiendo.
Ser andaluz también es defender lo público sin complejos, porque nuestra autonomía nació precisamente para garantizar derechos y no para debilitarlos. La sanidad pública, la educación, la dependencia o los servicios sociales no son estructuras administrativas abstractas, son la garantía de que cualquier andaluz, viva donde viva y tenga lo que tenga, pueda desarrollar su proyecto de vida en igualdad. Cuando se debilitan los servicios públicos, cuando se alargan las listas de espera, cuando las aulas se saturan o la planificación se sustituye por la propaganda, lo que realmente se pone en juego no es la eficacia de una administración, sino la igualdad real entre andaluzas y andaluces.
Andalucía no puede normalizar los retrocesos. No puede aceptar que siempre tenga que esperar. No puede resignarse a que su talento joven tenga que buscar oportunidades fuera. Nuestra tierra necesita ambición, gestión y proyecto a largo plazo.
Hoy más que nunca debemos ser conscientes de todas las oportunidades que nos ofrece nuestra tierra. Tenemos historia, tenemos recursos, tenemos capacidad. Y lo que nunca hemos tenido es miedo.
No lo tuvimos cuando salimos a la calle para conquistar nuestra autonomía. No lo tuvimos cuando dijimos alto y claro que no queríamos ser más que nadie, pero tampoco menos. Y no lo tendremos ahora para defender nuestros derechos, nuestros servicios públicos, nuestra igualdad.
Porque ser andaluz no es nostalgia ni conformismo. Es levantarse cuando hace falta. Es volver a hacerlo si es necesario. Es no permitir que nadie decida por nosotros que tenemos que esperar, que tenemos que aceptar menos o que debamos resignarnos.
Andalucía decidió un día ser igual. Y esa decisión no caduca.
Juanfran Serrano es diputado en el Congreso y miembro de la Ejecutiva del PSOE.
Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes
Síguenos en Google Discover