Los territorios del machismo de baja intensidad son en general de alto riesgo y sembrados de minas de todo tipo (sexuales, lingüísticas, retóricas, humorísticas…) que uno puede estar a punto de pisar sin sospecharlo. Este artículo no pretende pisar ninguna mina, pero sí bordear los contornos de alguna de ellas. Otra vez se aventura mi machismo templado por los cañaverales del feminismo vigilante. Otra vez me arriesgo a una crucifixión rosada a manos de la tenaz infantería de mujeres y muchachas que contabilizan sin favoritismos ni blandenguerías las recaídas masculinas en las tinieblas del machismo. Vienen estas reflexiones a cuenta de un incidente menor ocurrido la semana pasada en el programa de Canal Sur ‘¿Y tú qué opinas?, donde participaba yo junto a varios contertulios más, entre ellos la historiadora Pilar González y la periodista María Esperanza Sánchez. Hablábamos de corrupción a instancias de la moderadora Mabel Mata cuando, argumentando que convenía distinguir entre los diversos grados y formatos de corrupción pues de no hacerlo sería difícil analizar correctamente el fenómeno, sostenía yo que si metíamos en el mismo saco de ‘Políticos corruptos’ al tipo que había robado millones de las arcas públicas y al que había otorgado en su pueblo una licencia urbanística de manera indebida pero sin lucrarse por ello, iba a sernos difícil hacer un diagnóstico afinado y arbitrar soluciones efectivas para frenar un mal que todos detestamos. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]LA COMPARACIÓN[/cita] No estaba uno muy seguro de tener razón, pero tenía interés discutir sobre ello. Sin embargo, un poco después de hacer esta reflexión quiso mi soberbia que me viniera arriba y puse un ejemplo que más que un ejemplo era una mina oculta: “Es como si metemos en el mismo saco –dije alegremente– al tipo que cuenta un chiste de tías que al que le pega a su mujer. O como si metemos –argumenté en mi defensa– en el mismo saco al PNV y a ETA por el hecho de que ambos sean nacionalistas”. González en público primero, con la anuencia de Mata, y Sánchez luego en privado me recriminaron educadamente por la infortunada comparación, mientras Ernesto Ekáizer, que también andaba por allí, salía tibiamente en mi defensa. “Todo es lo mismo porque todo es ideología de género”, sostenía María Esperanza, aunque no fue posible continuar el debate por lo tardío de la hora y el cansancio de todos. Lo continúo ahora por mi cuenta en este artículo. [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]LA JUSTIFICACIÓN[/cita] No desconozco que detrás de los ‘chistes de tías’ se esconde el machismo, quizá contingente, quizá templado pero sin duda machismo, como tal vez se oculta detrás del señor que mira de reojo y sin que ella se dé cuenta el culo de alguna señora rotunda que pasa junto con él bajo la luz de los naranjos. Ahora bien y aunque utilicemos la misma palabra, ¿es ese machismo el mismo machismo de quien le pega a su mujer y no digamos de quien llega a matarla? ¿Hacer la diferenciación entre ambos es, de algún modo, justificar el machismo y favorecer la desigualdad o es únicamente rebuscar con buena voluntad en esa caja de herramientas que son los conceptos para hallar en cada caso el más adecuado a cada situación? Otro ejemplo, al que mis interlocutoras no habrían quizá puesto pegas: ¿robar una gallina, hurtar una bicicleta es lo mismo que saquear un ayuntamiento, cobrar mordidas millonarias a constructoras a cambio de contratos o apropiarse de los ahorros de la gente vendiéndoles mercancía financiera averiada? [cita alineacion="izquierda" ancho="100%"]LA RAZÓN[/cita] Todavía recuerda uno con melancolía –la melancolía de los justamente derrotados– aquellos chistes procaces que en el pasado contábamos en público y ahora solo intercambiamos muy en privado y con amigos de extrema confianza. Cucha éste, que es bueno, verás, verás, llega una tía la noche de bodas y justo cuando… Exacto, cuando estaba por llegar lo más bruto del chiste y dado que no habías cubierto debidamente tu retaguardia, oyes unos tacones que se acercan y con ellos una frase helada rozándote la oreja como un cuchillo y una mirada cortante posándose sobre tu nuca… de manera que optas por dejar el chiste para cuando no haya moras en la costa. Conviene andarse con cuidado: y no tanto porque nosotros, los chistosos machistas, tengamos miedo o un poco de vergüenza como por algo mucho más serio: porque ellas, las mujeres combatientes, tienen razón: tanta razón que resultan invencibles sus motivos para reprocharnos que ¡todavía! sigamos contando esos chistes trasnochados. La guerra de la igualdad la están ganando las mujeres por eso, sobre todo por eso: porque tienen razón, toda la razón y nada más que la razón. Otra cosa es que de vez en cuando tengan que escuchar comparaciones inoportunas, sorprender chistes rijosos o soportar artículos demasiado masculinos. Por fortuna para todos, aquellas comparaciones, esos chistes y estos artículos tienen los días contados.