La tercera edición de los Premios Academia de la Moda Española dejó algo claro: en España sobra talento, pero sigue faltando una visión capaz de convertir ese talento en una verdadera marca país. Los premios, celebrados en Madrid y presentados por Jesús Vázquez, reconocieron acertadamente a figuras como Isabel Sanchís, Juan Vidal, Adolfo Domínguez, Manolo Blahnik, Helena Rohner, Pedro García o Habey Club. El problema no fueron los ganadores. El problema fue todo lo que rodeó a la gala.
Después de tres ediciones, estos premios siguen sin parecer el gran evento que la moda española necesita. Mientras Francia convierte cualquier ceremonia en un acontecimiento internacional, Italia utiliza sus galas para atraer compradores, prensa e inversión, y Reino Unido entiende que la moda también es una herramienta de diplomacia cultural, España continúa organizando unos premios que apenas generan conversación fuera de nuestras fronteras.
Y eso es preocupante.
La moda española necesita dejar de mirarse a sí misma y empezar a proyectarse hacia el mundo. Porque talento hay de sobra. Lo que falta es una producción a la altura.
La realización televisiva continúa siendo plana, la puesta en escena resulta poco ambiciosa y el evento carece de ese componente aspiracional que debería convertirlo en una cita imprescindible para la industria internacional. No basta con entregar premios; hay que crear un espectáculo que haga que compradores, inversores, periodistas y grandes grupos del lujo quieran poner el foco en España.
Pero si la producción deja mucho que desear, la estructura de los premios tampoco ayuda.
Uno de los ejemplos más llamativos fue la categoría Embajador de la Moda Española. Entre los nominados convivían Nieves Álvarez, la Fundación Museo Cristóbal Balenciaga, Modaes, S Moda o Rafael Muñoz. Es decir, personas, una fundación y medios de comunicación compitiendo por un mismo reconocimiento.
La pregunta es inevitable: ¿qué se estaba premiando exactamente?
Una academia debería establecer categorías claras, con criterios profesionales y comparables. Mezclar perfiles completamente diferentes transmite una sensación de improvisación que resta credibilidad a unos premios que precisamente buscan consolidarse. Una fundación no desempeña el mismo papel que un medio de comunicación, ni un periodista puede valorarse con los mismos criterios que una modelo o una personalidad pública. Son ámbitos completamente distintos que merecen reconocimientos propios.
Pero la gran ausencia vuelve a ser otra.
Los estilistas.
Resulta difícil entender que unos premios que dicen representar a la moda española ignoren sistemáticamente a una de las profesiones más importantes de la industria. Los diseñadores crean las colecciones, sí, pero son los estilistas quienes las convierten en cultura visual. Son ellos quienes trabajan con revistas, campañas internacionales, celebridades, marcas y fotógrafos para que esas prendas lleguen al público.
Una colección no se convierte en una portada de Vogue, Harper's Bazaar, Xmag o cualquier gran publicación internacional por arte de magia. Detrás hay estilistas que pasan horas construyendo narrativas visuales, negociando préstamos con las marcas, seleccionando prendas, creando tendencias y posicionando el diseño español en el mundo.
Paradójicamente, son muchas veces los estilistas quienes consiguen que las firmas españolas vistan a las grandes celebridades internacionales, logrando una visibilidad que ninguna campaña publicitaria puede comprar. Sin embargo, continúan siendo invisibles para unos premios que aseguran representar a toda la industria.
Y hay otro aspecto difícil de comprender: la ausencia de grandes celebridades internacionales vinculadas a la moda española. Si el objetivo de estos premios es proyectar la industria nacional al exterior, ¿por qué no invitar a actores, actrices, músicos o modelos internacionales que durante años han vestido y apoyado a diseñadores españoles en los principales eventos del mundo?
Son precisamente esas figuras las que han llevado la moda española a las alfombras rojas de Cannes, los Oscar, la Met Gala o los festivales internacionales, convirtiéndose en auténticos embajadores de nuestras marcas. Sin embargo, la Academia vuelve a organizar una gala excesivamente local, sin grandes nombres internacionales capaces de atraer prensa extranjera, compradores o inversores.
El resultado es una ceremonia que apenas genera repercusión fuera de España.
Mientras otras capitales europeas convierten sus premios en acontecimientos globales, aquí seguimos celebrando una gala que parece diseñada únicamente para consumo interno. Y esa falta de ambición termina perjudicando a toda la industria.
Tampoco existen categorías que reconozcan el trabajo de directores creativos, productores de moda, fotógrafos, directores de casting, maquilladores o peluqueros, profesionales que hoy forman parte imprescindible del éxito de cualquier marca internacional.
La moda ya no gira únicamente alrededor del diseñador.
Si realmente se quiere construir una industria fuerte, hay que premiar a toda la cadena de valor.
Porque la sensación que deja esta tercera edición es que la Academia continúa entendiendo la moda desde una perspectiva demasiado tradicional, cuando el sector hace años que evolucionó hacia un ecosistema mucho más amplio y colaborativo.
Y es una pena, porque los premiados demostraron el enorme nivel creativo que existe en España. Isabel Sanchís continúa consolidándose como una de las grandes referencias de la alta costura nacional; Juan Vidal volvió a demostrar que la creatividad puede emocionar; Adolfo Domínguez dejó uno de los discursos más inspiradores de la noche reivindicando que la moda necesita "magia y empresa", mientras que Manolo Blahnik recordó el peso que España ha tenido siempre en su inspiración.
Los galardonados estuvieron, en términos generales, muy bien elegidos. Lo que falla es el escaparate.
España tiene diseñadores extraordinarios, marcas con potencial internacional y profesionales capaces de competir con cualquiera. Lo que sigue faltando es una estrategia que convierta todo ese talento en una herramienta real de proyección internacional.
Porque la moda española no necesita más premios. Necesita una gala que esté a la altura de quienes hacen grande esta industria. Una producción con ambición internacional, categorías coherentes, reconocimiento para todos los profesionales que construyen la moda cada día y una estrategia capaz de atraer a la prensa mundial, a compradores, inversores y a las grandes celebridades que ya creen en la moda española.
Mientras otros países utilizan sus premios para vender su industria al mundo, España sigue organizando un evento para hacer dinero.
Y quizá ese sea el mayor problema de todos. No falta talento. Falta ambición.
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