Alberto Núñez Feijóo se ha convertido en el hombre de los mil rostros y las cero convicciones. No ha cambiado Carles Puigdemont; lo que ha cambiado son las necesidades políticas de un Feijóo acorralado por unas encuestas que ya no le sonríen. Lo que ayer era una línea roja infranqueable hoy se convierte en una alfombra roja si el cálculo electoral así lo exige. Un día denuncia una supuesta traición a España y al siguiente busca el favor de quienes presentó como una amenaza para el Estado.

Asistimos a un espectáculo bochornoso de bandazos políticos que incapacita a Feijóo para presentarse como una alternativa seria y madura de Gobierno. Quien aspira a presidir un país no puede regirse por el oportunismo demoscópico ni por el ansia de poder a cualquier precio. Cuando el único criterio es la conveniencia del momento, el proyecto político acaba reducido al vacío y al viraje permanente.

Para entender la magnitud del naufragio ideológico que vive el Partido Popular, aún bajo la dirección del expresidente gallego, basta con echar la vista atrás. No hace tanto tiempo, las calles de Madrid se llenaban de banderas en manifestaciones convocadas por la derecha y la ultraderecha. Se acusó al Gobierno de Pedro Sánchez de ser “ilegítimo”, de “traidor” y de “vender la soberanía nacional”.

Las descalificaciones de los dirigentes del PP contra Carles Puigdemont y el independentismo catalán siguen recogidas en las hemerotecas: se habló de la ruptura de España, de una humillación histórica y de un golpe contra el Estado desde la Moncloa. El mensaje era inequívoco: Puigdemont debía acabar en prisión cuanto antes.

Durante meses, el Partido Popular sometió a Pedro Sánchez a un linchamiento político y mediático por intentar abrir vías de diálogo y rebajar la tensión territorial mediante herramientas políticas legítimas. Para Génova, cualquier acercamiento a Junts per Catalunya suponía una afrenta a la Constitución y un pacto con el diablo.

Sin embargo, las encuestas son un juez implacable. Al comprobar que las expectativas electorales se desinflan y que el llamado efecto Feijóo pierde fuerza, la firmeza constitucionalista que exhibía el PP ha empezado a desvanecerse.

El mismo Feijóo que llamaba a la movilización contra los pactos de Sánchez es quien ahora presiona públicamente a Puigdemont para intentar sacar adelante una moción de censura. El “Puigdemont a prisión” se ha transformado en un “Puigdemont para la moción”. También ahora recibir que se ha pacificado Cataluña y afirma que ya no es igual la situación. Evita decir quién lo ha conseguido.

El cinismo político alcanza así una de sus máximas expresiones. Quien era presentado como el enemigo público número uno pasa a convertirse en un interlocutor imprescindible porque dispone de siete votos decisivos en el Congreso. La pregunta es inevitable: ¿dónde quedaron los principios y la coherencia que el PP reivindicaba?

Esta deriva abre varias incógnitas. La primera resulta evidente: ¿cuenta Feijóo con Puigdemont para formar gobierno si algún día logra mayoría suficiente?

Si está dispuesto a buscar los votos de Junts para desalojar a Pedro Sánchez, ¿qué estaría dispuesto a ofrecer a cambio? El propio PP reconoció en el pasado contactos con el entorno de Puigdemont e incluso admitió haber estudiado durante unas horas la posibilidad de una amnistía antes de descartarla por el coste interno. Los bandazos actuales confirman la ausencia de una línea política estable y revelan un liderazgo que cambia de posición según las necesidades del momento.

Pero el enredo no termina ahí. La aritmética parlamentaria obliga a mirar también hacia Vox. La siguiente pregunta es igual de pertinente: ¿ha pedido Feijóo permiso a Abascal para hacer aquello que durante años calificó de inaceptable?

Resulta difícil explicar cómo pretende justificar ante su principal aliado autonómico y municipal un acercamiento al independentismo catalán para intentar llegar a la Moncloa. La dependencia del PP respecto a Vox hace todavía más evidente la contradicción de este giro.

Y sobrevuela otra cuestión de difícil respuesta: ¿estaría dispuesto Puigdemont a facilitar un Gobierno en el que Vox tuviera un papel determinante? Pensar que Junts, cuyo proyecto político se fundamenta en el nacionalismo catalán, facilitaría un Ejecutivo apoyado por un partido que propone ilegalizar a las formaciones independentistas y recentralizar el Estado pertenece más a la ficción política que a la realidad. Esa hipótesis solo parece alimentarse de la creciente desesperación de un Feijóo cada vez más condicionado por los malos sondeos.

Jordi Turull ya lo dejó claro al emplazar al líder del PP a desplazarse a Waterloo si tenía una propuesta seria que plantear. Un reto incómodo para un partido que evita la fotografía pública mientras busca discretamente esos mismos votos.

Lo que sí resulta evidente es que la ciudadanía española no merece este nivel de frivolidad en la oposición. Quien aspira a gobernar un país no puede ofrecer una sucesión constante de giros estratégicos en función de las encuestas. La política exige una visión de Estado, estabilidad y unos principios que resistan algo más que un sondeo desfavorable.

Feijóo actúa como actúa porque las encuestas han dejado de acompañarle. La ansiedad por alcanzar el poder ha terminado condicionando las decisiones de la dirección del Partido Popular y ha arrastrado a su líder a un ejercicio permanente de funambulismo político.

Quien prometía llegar a Madrid para representar la moderación ha acabado proyectando una imagen de improvisación y oportunismo. En su intento por desalojar a Pedro Sánchez a cualquier precio, Feijóo no solo transmite la ausencia de un proyecto de país; también deja la impresión de que, cuando el poder está en juego, las líneas rojas que durante años defendió desaparecen con la misma rapidez con la que cambian las encuestas.

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