El fin de semana dejó al descubierto un detalle que no pasó desapercibido en el universo Beckham: Victoria Beckham ha registrado legalmente los nombres de todos sus hijos. Un gesto que, para algunos, roza lo excesivo y, para otros, resulta casi inevitable viniendo de alguien que ha construido un imperio global partiendo únicamente de su nombre, su imagen y una visión muy clara del negocio.

La noticia ha generado una conversación curiosa, a medio camino entre el derecho, el marketing y la crianza contemporánea. Porque, aunque muchos padres jamás pensarían en blindar legalmente el nombre de sus hijos, lo cierto es que el apellido Beckham no juega en la misma liga que el resto. Aquí no se trata solo de identidad, sino de protección de marca, control de activos intangibles y previsión a largo plazo.

Conviene matizar un punto clave: lo que realmente se protege no es tanto el nombre en sí —Harper, Romeo, Brooklyn o Cruz— como su asociación directa con el apellido Beckham en determinados contextos comerciales. Cualquiera puede seguir llamándose Harper o Romeo sin problemas, incluidas personas anónimas, barrios de Nueva York o incluso novelas melancólicas. El valor legal está en el conjunto, en ese apellido que convierte cualquier nombre en un posible negocio futuro.

Desde el punto de vista jurídico, una vez alcanzada la mayoría de edad, ningún padre puede “poseer” el nombre de su hijo ni impedirle usarlo libremente. Sin embargo, el debate que subyace es más cultural que legal. ¿Hasta qué punto la identidad de los hijos de grandes dinastías mediáticas pertenece solo a ellos? ¿Dónde termina la familia y empieza la marca?

En el caso de Victoria Beckham, la decisión parece responder menos a un impulso controlador y más a una lógica empresarial implacable. En un mundo donde los nombres propios pueden convertirse en perfumes, líneas de moda, podcasts o marcas personales en redes sociales, anticiparse es casi una obligación para quien ya ha vivido ese proceso en primera persona.

Quizá lo verdaderamente llamativo no sea que haya registrado los nombres, sino que no haya ido más allá. Con su historial, no habría sorprendido que también protegiera legalmente el concepto de posh en todas sus acepciones: desde la elegancia británica hasta ese intangible sentido de superioridad silenciosa que parece venir de serie con ciertos apellidos ilustres. Aunque, por ahora, ese rasgo sigue siendo de dominio público.

Más allá de la ironía, el movimiento de Victoria Beckham refleja una realidad contemporánea incómoda pero inevitable: en determinadas familias, el nombre ya no es solo identidad. Es patrimonio. Y protegerlo es, simplemente, parte del juego.