Si bien ya te habíamos contado que Britney Spears había realizado esta jugada financiera, hasta ahora no conocíamos ni la cifra ni los detalles reales del acuerdo.
La artista cerró finalmente un contrato con la editorial Primary Wave por una cantidad estimada cercana a los 200 millones de dólares, un movimiento que cambia la forma en la que la industria interpreta su legado. Ya no hablamos únicamente de canciones: hablamos de propiedad intelectual tratada como inversión institucional.
Según fuentes citadas por NBC, la cantante cedió los derechos de su catálogo completo, construido desde su debut ‘…Baby One More Time’ en 1999. Ese primer álbum no solo lanzó su carrera, sino que inició una cadena de éxitos que incluye ‘Toxic’, ‘Gimme More’, ‘Circus’ y ‘Overprotected’, todos convertidos en pilares comerciales del pop moderno.
El acuerdo confirma una tendencia que se ha acelerado tras la llegada del streaming: la música se ha convertido en un activo predecible. Antes, los ingresos dependían de ventas físicas; ahora, millones de reproducciones diarias generan flujo constante durante décadas. Para los inversores, una canción icónica funciona casi como un inmueble que paga alquiler permanente.
El abogado Avi Dahan, fundador de Dahan Law Group, explicó que la operación no implica problemas financieros. “En muchos casos es un movimiento estratégico, especialmente ahora que estamos en un mercado caliente de catálogos donde el dinero institucional trata la música como una clase de activo”.
En otras palabras: vender no es retirarse, es capitalizar en el momento óptimo.
Dahan también señaló un aspecto clave: la fiscalidad. “Existe un componente fiscal importante. Si se estructura correctamente, puede tratarse como una transacción de capital y no como ingresos ordinarios por regalías”. Traducido al lenguaje real: recibir una suma inmediata puede resultar más eficiente fiscalmente que cobrar pequeñas cantidades durante toda la vida.
Otro especialista, Bradfield Biggers, añadió que los fondos privados —tanto estadounidenses como internacionales— se han volcado en comprar derechos musicales. “Las valoraciones han subido y quizá ahora sea la primera vez que el mercado está dispuesto a valorar correctamente su obra”.
Y es que el catálogo de Spears es especialmente atractivo. Desde 1999 acumuló 11 números uno, más de 30 éxitos en el Top 10 y ventas superiores a 100 millones de discos. Sus canciones siguen sonando en radio, cine, publicidad y redes sociales, generando miles de millones de reproducciones en plataformas digitales. Para una empresa como Primary Wave, significa ingresos estables durante décadas.
La compañía ya gestiona patrimonio musical de artistas como Prince, The Notorious B.I.G. o Stevie Nicks, lo que indica el tipo de legado en el que se encuadra ahora el nombre de Britney Spears: el de patrimonio cultural explotable a largo plazo.
El contexto personal también influye. En 2021 la cantante fue liberada de la tutela legal que durante trece años controló su vida y sus finanzas bajo la supervisión de su padre, Jamie Spears. Durante aquel proceso declaró ante el tribunal: “Solo quiero recuperar mi vida. Quiero ser dueña de mi dinero”.
La venta del catálogo puede interpretarse precisamente como eso: convertir un flujo complejo de regalías en control económico directo.
Después de su liberación, la artista se casó con Sam Asghari, matrimonio que terminó en divorcio tiempo después. Paralelamente, su relación con la industria musical ha sido irregular, sin giras recientes ni nuevos álbumes. En ese escenario, transformar su obra en liquidez inmediata tiene sentido empresarial.
Lo relevante es lo que revela la operación sobre la industria. Durante décadas, las discográficas poseían el valor principal de la música. Hoy, los grandes compradores son fondos financieros. Wall Street ha descubierto que una canción icónica puede ser más estable que muchas inversiones tradicionales: la gente deja de comprar CDs, pero nunca deja de escuchar música.
Por eso cada vez más artistas venden sus catálogos: no porque necesiten dinero, sino porque el mercado está dispuesto a pagar cifras históricas. La diferencia es que, en el caso de Britney Spears, el catálogo pertenece a una era cultural concreta. Sus canciones no solo generaron ingresos; definieron el pop de los 2000.
La operación, lejos de simbolizar el final de su carrera, marca algo distinto: el momento en que una estrella del pop pasa de intérprete a propietaria de un legado monetizado en condiciones favorables. Para los inversores es una compra. Para Spears, probablemente, es algo más simple.
Por primera vez desde su debut, su música ya no es solo memoria colectiva. Es capital consolidado. Y esta vez, bajo sus propias decisiones.