Las fechas que marca la normativa suelen pasar desapercibidas fuera del ámbito jurídico, pero en determinadas ocasiones actúan como auténticos motores de cambio en el tejido empresarial. Eso es lo que sucederá en 2026, un ejercicio que forzará a miles de compañías españolas a revisar en profundidad cómo gestionan la igualdad y, por extensión, a repensar su modelo interno de organización y personas.
El motivo no responde a una única exigencia legal, sino a la coincidencia de varios elementos que convergen en el mismo momento. Por un lado, caducan numerosos planes de igualdad aprobados en 2022, cuando se estableció su obligatoriedad de disponer de un plan de igualdad para empresas con más de 50 personas en plantilla. Por otro, se prevé la llegada de una nueva regulación europea que elevará el nivel de exigencia en materia de transparencia salarial y equidad retributiva. A este escenario se suma una realidad habitual en muchas organizaciones: la falta de una estructura de recursos humanos suficientemente desarrollada para afrontar estos cambios con garantías.
El resultado es un contexto que va mucho más allá del cumplimiento formal. Las decisiones que se adopten en los próximos meses influirán de forma directa en la estabilidad de los equipos, en la capacidad de las empresas para competir por el talento y en su exposición a conflictos legales o reputacionales.
Planes de igualdad que llegan a su límite temporal
Hace cuatro años, muchas empresas actuaron con rapidez para adaptarse a una obligación que entraba en vigor. El objetivo era claro: contar con un plan de igualdad negociado, aprobado y registrado dentro de los plazos establecidos. Aquellos documentos se diseñaron en un contexto muy concreto, marcado por la urgencia y por un marco normativo aún en fase de consolidación.
Ahora, ese primer ciclo llega a su fin. A lo largo de 2026, las organizaciones deberán revisar esos planes, actualizarlos y volver a validarlos. Sin embargo, el entorno actual poco tiene que ver con el de entonces. Las plantillas han cambiado, los modelos de trabajo se han transformado y las exigencias legales y sociales en materia de igualdad son hoy mucho más estrictas.
Renovar los planes sin tener en cuenta esta evolución supone asumir un riesgo considerable. La revisión exigirá un análisis realista de la situación de cada empresa, evaluando qué medidas se han aplicado, cuáles han funcionado y qué aspectos requieren una redefinición profunda.
Más control y mayor exigencia en materia de equidad salarial
Uno de los factores que más peso tendrá en este proceso es la futura incorporación de una normativa europea centrada en la igualdad retributiva. Su enfoque no se limita a identificar posibles brechas salariales, sino que pone el acento en la necesidad de justificar cualquier diferencia con criterios claros, objetivos y verificables.
Esto obliga a las empresas a mirar hacia dentro y preguntarse cómo están tomando decisiones clave: por qué determinados puestos se retribuyen de una forma y otros de otra, qué factores influyen en las subidas salariales o cómo se accede a niveles superiores dentro de la organización.
Aspectos que hasta ahora podían gestionarse con cierta flexibilidad pasarán a requerir una mayor sistematización, como:
- La definición detallada de funciones y responsabilidades.
- La coherencia entre puestos, niveles y salarios.
- La existencia de reglas claras para la progresión profesional.
- La aplicación uniforme de las políticas de compensación.
Para muchas compañías, especialmente aquellas que han crecido de forma gradual y poco estructurada, este cambio supondrá un desafío cultural además de técnico.
La carrera profesional, bajo el foco
La igualdad no se juega únicamente en la nómina. Los procesos de promoción y desarrollo profesional serán otro de los grandes puntos de atención en los próximos años. En numerosos casos, las diferencias no aparecen en el salario de entrada, sino en el acceso a posiciones de mayor responsabilidad o en la rapidez con la que unas personas avanzan frente a otras.
El nuevo contexto normativo exigirá a las empresas explicar con claridad cómo funcionan estos procesos. Será necesario definir y comunicar de forma transparente cuestiones como los requisitos para promocionar, los sistemas de evaluación del desempeño o los criterios que influyen en la toma de decisiones.
Cuando estas reglas no están claras, aumentan la desconfianza interna y la sensación de arbitrariedad. Por el contrario, disponer de procesos bien definidos refuerza el compromiso de los equipos y reduce el riesgo de conflictos.
Un desafío adicional: estructuras internas poco preparadas
A todo ello se suma una realidad habitual en el tejido empresarial español: muchas empresas no cuentan con un departamento de recursos humanos plenamente profesionalizado. La gestión de personas suele repartirse entre dirección, administración u otros perfiles que ya asumen múltiples responsabilidades.
Este modelo, que puede funcionar en etapas iniciales, muestra sus límites cuando aumentan las exigencias legales y la complejidad organizativa. Afrontar revisiones profundas de planes de igualdad, estructuras salariales y sistemas de promoción requiere tiempo, conocimiento técnico y una visión global que no siempre está disponible internamente.
Aunque el impulso de estos cambios sea normativo, abordarlos únicamente desde la lógica del cumplimiento sería un error. Las empresas que aprovechen este momento para revisar de forma honesta su funcionamiento interno pueden obtener beneficios claros.
2026 se perfila, así, como un punto de inflexión. No solo por lo que exige la ley, sino por lo que pone de manifiesto sobre el grado de madurez organizativa de las empresas. Aquellas que utilicen este escenario como palanca de evolución saldrán fortalecidas. Las que se limiten a cumplir lo imprescindible, probablemente se enfrentarán a los mismos problemas en el siguiente ciclo normativo.
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