Un niño puede mentir sobre su edad en segundos. Basta con cambiar una fecha de nacimiento, marcar una casilla o abrir una cuenta con unos datos distintos. Comprobar que miente sin pedirle un documento, escanear su rostro o identificar también a todos los adultos es muchísimo más difícil. Ese es el agujero que empieza a aparecer bajo las prohibiciones de redes sociales para menores que ganan terreno en Europa.
Porque fijar una edad mínima resulta relativamente sencillo sobre el papel. Lo complicado llega cuando una plataforma tiene que distinguir, entre millones de usuarios, quién tiene 14 años, quién tiene 17 y quién acaba de cumplir 18. Y hacerlo, además, sin convertir el acceso a internet en un control permanente de identidad ni obligar a los ciudadanos a entregar todavía más información personal a las mismas grandes tecnológicas cuya capacidad para acumular datos lleva años preocupando a los reguladores.
Australia se ha convertido en el gran laboratorio mundial de esa contradicción. Desde el 10 de diciembre de 2025, las principales redes sociales tienen la obligación de tomar medidas razonables para impedir que los menores de 16 años australianos mantengan o creen cuentas. Facebook, Instagram, TikTok, Snapchat, X, YouTube, Reddit, Twitch o Threads se encuentran entre los servicios afectados.
Las plataformas aseguraron inicialmente haber restringido el acceso a 4,7 millones de cuentas de menores de 16 años, según los datos del organismo australiano de seguridad digital, eSafety. Sobre el papel, la magnitud de la cifra hacía pensar en un cambio radical.
Los primeros datos sobre el comportamiento real de los adolescentes dibujan, sin embargo, una fotografía bastante más complicada.
Australia descubre las grietas del veto
La primera evaluación de eSafety sobre la medida compara los hábitos de los adolescentes antes de la entrada en vigor del veto con los registrados tres meses después. El porcentaje de menores de 16 años que aseguraba disponer de una cuenta en redes sociales descendió del 52,4% al 42,1%. Se trata de una caída estadísticamente significativa.
Pero hay otro dato bastante menos favorable para quienes esperaban que la prohibición sacara de las redes a buena parte de los adolescentes. Cuando a los menores se les pregunta simplemente si utilizan redes sociales, independientemente de que dispongan de una cuenta propia, la reducción es mucho menor: del 85,9% antes de la prohibición al 81,5% tres meses después. Es decir, más de ocho de cada diez menores australianos seguían utilizando alguna red social.
El propio regulador australiano advierte de que estos resultados son únicamente una primera fotografía. La evaluación seguirá durante dos años a más de 4.000 menores y sus familias y sería precipitado concluir ahora que la política ha fracasado. Pero los resultados publicados por eSafety en su primera evaluación de la prohibición sí apuntan hacia uno de los problemas fundamentales de cualquier veto basado en la edad: una cosa es aprobarlo y otra conseguir que las plataformas sepan quién es realmente menor.
Australia ya detectó durante los primeros meses que muchos adolescentes habían conseguido conservar sus cuentas o abrir otras nuevas. La propia eSafety ha reconocido que el cumplimiento inicial de los sistemas de comprobación de edad dejaba margen de mejora. Y el problema australiano tiene poco de exótico para Europa.
España pretende precisamente prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. Pedro Sánchez anunció en febrero que las plataformas tendrían que implantar sistemas efectivos para comprobar la edad de sus usuarios, más allá de la tradicional casilla en la que cualquiera puede introducir una fecha de nacimiento falsa.
“Barreras reales que funcionen”, reclamó Sánchez al anunciar una medida que actualmente continúa su recorrido político y legislativo. La propuesta forma parte de una ofensiva más amplia del Ejecutivo sobre el funcionamiento de las grandes plataformas.
El debate afecta además a prácticamente todos los adolescentes. Según los datos de UNICEF y la Universidad de Santiago de Compostela citados por el Gobierno, el 98% de los adolescentes españoles utiliza redes sociales y alrededor del 76% está presente en tres o más plataformas.
El dilema, por tanto, no consiste en regular un comportamiento minoritario. Consiste en levantar una barrera alrededor de una actividad integrada en la vida cotidiana de prácticamente toda una generación.
La puerta sin portero
¿Cómo se demuestra que alguien tiene 16 años? La respuesta más evidente es también la más incómoda: pidiéndole que se identifique. Una plataforma podría solicitar un DNI, un pasaporte o una identidad digital. También podría recurrir a un intermediario que ya conozca la edad del usuario. Existen además tecnologías capaces de estimarla mediante una imagen del rostro.
Pero cada alternativa abre sus propias preguntas. ¿Debe Meta almacenar una copia del DNI de millones de europeos? ¿Quién garantiza que una fotografía utilizada para calcular la edad no terminará empleándose para otra finalidad? ¿Tiene sentido que una persona de 45 años tenga que demostrar que es adulta para utilizar un servicio porque algunos de sus usuarios son menores? La paradoja es evidente: para descubrir quién es un niño puede terminar siendo necesario comprobar quiénes somos todos los demás.
Francia acaba de encontrarse con ese muro. El Consejo Constitucional francés bloqueó el pasado 14 de agosto la ley que pretendía impedir el acceso a determinadas redes sociales a los menores de 15 años. La norma debía empezar a aplicarse el 1 de septiembre.
El tribunal consideró que la prohibición establecía una restricción desproporcionada sobre la libertad de expresión y comunicación y señaló además la ausencia de garantías legales suficientemente claras sobre la protección de los datos personales utilizados para verificar la edad. Emmanuel Macron, uno de los principales defensores de la medida, ha pedido rehacer la legislación. .
Bruselas intenta resolver precisamente ese problema mediante una tecnología que pretende conseguir algo aparentemente contradictorio: demostrar cuántos años tienes sin decir quién eres. La Comisión Europea ha desarrollado un modelo de aplicación de verificación de edad que permitiría acreditar que un usuario supera un determinado umbral sin comunicar a la página su nombre, su fecha exacta de nacimiento ni otros datos personales. España, Francia, Italia, Grecia y Dinamarca figuran entre los primeros países que trabajan sobre esta solución.
Desde abril, la tecnología está técnicamente preparada para ser adaptada por los Estados miembros y Bruselas quiere acelerar su despliegue. El objetivo es que una web reciba únicamente la información que necesita —por ejemplo, “esta persona tiene más de 18 años”— sin conocer la identidad que existe detrás.
Resolver tecnológicamente la verificación de edad, sin embargo, no termina con el debate. Porque incluso si mañana Instagram pudiera distinguir perfectamente entre un usuario de 14 años y otro de 19, quedaría una segunda pregunta: ¿es la edad el verdadero problema?
Cerrar Instagram o cambiar Instagram
Mientras Australia trata de averiguar cómo mantener a los adolescentes fuera de las redes, en Estados Unidos la batalla contra Meta ha puesto el foco en lo que sucede cuando consiguen entrar.
La compañía acaba de alcanzar un enorme acuerdo para resolver las demandas interpuestas por la mayoría de los estados de EEUU, que acusaban a Meta de haber diseñado Facebook e Instagram de forma que fomentaban un uso adictivo entre niños y adolescentes.
Meta ha negado haber actuado ilegalmente, pero el pacto puede suponer pagos de hasta 18.000 millones de dólares durante la próxima década e incluye cambios relevantes en la experiencia de los usuarios adolescentes. Entre las medidas aparecen límites de utilización, restricciones nocturnas, cambios en las notificaciones y mayores controles para los usuarios jóvenes.
El acuerdo llegó después de que el juicio hubiera comenzado a sacar a la luz las decisiones de la compañía sobre algunas de esas herramientas de protección. El responsable de Instagram, Adam Mosseri, tuvo que explicar ante el tribunal el funcionamiento de Take a Break, una función que recomienda al adolescente abandonar temporalmente la aplicación. Mosseri reconoció que inicialmente pocos jóvenes utilizaron la herramienta; posteriormente pasó a activarse por defecto.
La discusión desplaza la responsabilidad hacia un terreno bastante distinto. Una política pública puede decidir que un menor de 16 años no debe utilizar Instagram. Pero otra puede preguntar por qué Instagram utiliza desplazamiento infinito, reproducción automática, notificaciones permanentes o sistemas de recomendación extremadamente personalizados cuando sabe que quien está al otro lado de la pantalla es un adolescente. Europa ya está empezando a formular esa segunda pregunta.
Bruselas mira al algoritmo
El pasado 10 de julio, la Comisión Europea concluyó de manera preliminar que el diseño de Facebook e Instagram puede estar infringiendo la Ley de Servicios Digitales (DSA).
La investigación europea se centra precisamente en características como el desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones 'push' y los sistemas de recomendación altamente personalizados. Bruselas considera preliminarmente que Meta no evaluó adecuadamente los riesgos que ese diseño puede tener sobre el bienestar físico y mental de sus usuarios, incluidos menores y adultos vulnerables.
No se trata todavía de una decisión definitiva y Meta puede defenderse frente a las conclusiones de la Comisión. Pero el procedimiento europeo resulta relevante porque pone el foco no en lo que hace el adolescente, sino en cómo está construido el producto que utiliza.
Las propias directrices europeas para la protección de menores aconsejan actuar sobre funciones diseñadas para prolongar la utilización de las plataformas: reproducción automática, rachas de interacción, confirmaciones de lectura, determinadas notificaciones o contenidos efímeros. También recomiendan sistemas de verificación de edad que sean “precisos, fiables, sólidos, no intrusivos y no discriminatorios”.
El enfoque europeo empieza así a dibujar una respuesta más compleja que un simple límite de edad. La pregunta ya no sería únicamente “¿a qué edad debería poder abrir un adolescente una cuenta de Instagram?”, sino también “¿cómo debería ser Instagram cuando quien está delante de la pantalla tiene 14 años?”. Son dos problemas distintos y probablemente requerirán respuestas simultáneas.
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