[[{"type":"media","view_mode":"media_large","fid":"34612","attributes":{"class":"media-image alignleft size-full wp-image-226370","typeof":"foaf:Image","style":"","width":"110","height":"98","alt":"Xos\u00e9 Carballo, periodista"}}]]El Gobierno abre las puertas de las aulas a la iglesia para que imponga su doctrina como asignatura obligatoria y evaluable, determinando así la nota media de los estudiantes y con ella su futuro académico. La Iglesia abre las puertas de los armarios a los homosexuales para señalares de nuevo el interior. Sus prelados presentan la homosexualidad como una deficiencia que tiene cura si se trata adecuadamente, como hizo el cardenal Sebastián, o como un castigo divino, que dijo otro sacerdote de menor rango para explicar el cáncer que le hace la puñeta a Pedro Zerolo. Y ambos, Iglesia y Gobierno, abren juntos la puerta a que los crucifijos se inmiscuyan ahora en la decisión más personal e intransferible de una mujer, imponiendo por ley las maternidades no deseadas a cualquier precio y sufrimiento.

Es como si hubieran iniciado la predicación de la novena cruzada, mitad ideológica y mitad religiosa, con Rajoy en el papel del papa Urbano II, que citando a Mateo decía aquello de “renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”; y Gallardón en el de Ricardo Corazón de León al grito de “Dios lo quiere” y además “a mí me encanta y me pone”, que parece justo su caso, colmo de soberbia y vanidad.

Sus infieles son los estudiantes que prefieren las ciencias y letras a la asignatura de religión; los homosexuales que aman en libertad y las mujeres que quieren tener la última palabra sobre su cuerpo y su maternidad. Son en realidad todos los que ni son como Dios manda ni como la rancia derecha dispone. Es, en definitiva, una cruzada contra la laicidad, contra los que no renuncian a sí mismo, ni toman cruces ni siguen a nadie a ciegas.

La reforma de la ley del aborto es el último y más rotundo de los ejemplos.

Además, es profundamente machista, porque son los hombres del gobierno los que pretenden arrebatar a las mujeres, primero, la capacidad para decidir sobre su maternidad y, en último término, la propia decisión. Lo hacen sin complejos y con el silencio (añadiría que avergonzado) de la mayoría de las mujeres de sus propio partido, incluidas las que se sientan en el Consejo de Ministros por mucho que otorguen callando. Porque a estas alturas ya todos sabemos que esta es una reforma de sólo algunos hombres del PP contra todas las mujeres, también las que militan y votan al partido conservador.

Es fundamentalista, pureza doctrinal en vena para satisfacción de las facciones más retrógradas de la derecha y de la iglesia. Enunciados como el del derecho a la vida del concebido y no nacido asustan, tanto como que se niegue a las mujeres la decisión sobre su maternidad (el cómo y el cuándo, como si fuera una decisión sin transcendencia) o se las condene junto a sus hijos a un sufrimiento sin límite en los casos de malformaciones. En un redoble de perversidad, se llega a presentar el aborto como si fuera un fin en sí mismo, como si las mujeres se quedasen embarazadas para luego abortar, criminalizándolas como nunca se había hecho.

Y también es despótica, porque la insolencia de Gallardón le lleva a plantearla como una ley para las mujeres, pero sin ellas.

Y, sobre todo, esta nos avergüenza a todos ante Europa y el mundo. Una intromisión intolerable del Estado en la intimidad de las mujeres que supera la de la República Popular China con su ley del hijo único. Allí el Estado se inmiscuye en el derecho de la mujer a decidir sobre su maternidad por una razón demográfica y aquí por otra moral. Aunque parezca mentira, tal para cual.

Xosé Carballo es periodista