Recuerdo el día como se hubiese sido ayer. Poco antes de cumplir siete años, descubrí el pastel. Nadie me lo contó en el colegio y, de la misma forma, decidí no descubrir la pequeña traición paternal a mis compañeros. También influyó otro factor: si alguien sabía mi descubrimiento, quizás me tocaba despedirme de los patines, la bici y esa muñeca que había estado deseando todo el año. Así que decidí guardar silencio y evitar cualquier filtración.

Más o menos, lo que nos pasa a todos. Pero, ¿por qué a los ocho años y no antes o después? Es lo que se propusieron averiguar los investigadores Andrew Shtulman y Rachel In Kyung Yoo. No es casualidad que la mayoría de los niños que adoran a Santa Claus pierdan su fe en el tipo alegre de barba blanca alrededor de los ocho o nueve años. Este período marca un cambio importante en el desarrollo humano, ya que los niños mejoran sus habilidades conceptuales, desarrollan una mejor comprensión de las causas de ciertas realidades físicas y de la información subyacente que reciben. Dicho período marca también el nacimiento del escepticismo, el cual ayuda a explicar por qué muchos de nosotros sentimos perdida una parte de nuestra inocencia. No en vano, con frecuencia la palabra "mágica" se utiliza para definir esta fase de nuestras vidas.

Una historia de lo más convicente

Según explicaron los investigadores en la revista especializada Cognitive Development, "Papá Noel viola los principios físicos que los niños comienzan a aprender en el colegio, al menos en un nivel implícito. Por ejemplo, Santa Claus atenta contra toda expectativa sobre la continuidad espacio-temporal, visitando todos los niños del mundo en una sola noche. También viola las expectativas sobre la contención, ya que el rechoncho personaje se introduce en las casas de los niños a través de sus estrechas chimeneas. Por no hablar de que el tipo va moviéndose por el mundo volando sobre un trineo de madera".

A pesar de todas estas evidencias, los niños creen en Papá Noel con más fuerza que en otros personajes como el Hombre del Saco o el Ratón Pérez. Una razón de esto, según los investigadores, es que se habla mucho del hombre gordito de rosadas mejillas. Incluso los niños cuyos padres no apoyan la existencia de Santa Claus, pueden creer en él si se encuentran con una historia atractiva. Por ejemplo, varios estudios han observado que muchos niños criados en hogares cristianos, judíos y fundamentalistas, todavía pueden disfrutar de la historia de Papá Noel tras haber oído de su existencia a través de amigos, programas de televisión u otras fuentes.

Aprender a través de los testimonios de otros

Como explican Shtulman y Yoo, "mucho de lo que sabemos sobre el mundo proviene del testimonio de otros. Pocos adultos han diseccionado un cuerpo humano o realizado cálculos astronómicos, pero la mayoría sabe que el hígado está en el abdomen y que la Tierra gira alrededor del Sol". Uno de los requisitos previos de aprendizaje a través de testimonios "es que debemos confiar en lo que otros nos dicen, pero tal confianza no necesita ser ciega".

Para entender mejor por qué los niños dejan de creer en Santa Claus, los investigadores analizaron cientos de cartas que niños de 4 a 9 años le escribieron. Separaron las preguntas de los pequeños en dos montones, "cuestiones de hecho" con las que los niños buscaban información sobre los aspectos más mundanos de la existencia de Papá Noel (¿Cómo de alto es el Polo Norte?) o "preguntas conceptuales", donde trataban de sondear cómo se las apañaba el simpático barbudo para violar determinadas limitaciones físicas (¿Cómo te metes a través de la chimenea? o ¿Cómo sabes que estoy siendo malo?).

Las filtraciones no hacen que un niño deje de creer en Santa Claus

Curiosamente, no existió en ninguno de ellos una fase provisional donde los niños dudasen. Pasaban de creer en la magia al más puro escepticismo. Antes de hacerse estas preguntas, consideraban que Santa Claus podría caber por la chimenea si se quitaba el abrigo y otros explicaban que sabía cómo se portaban porque tenía un montón de cámaras instaladas (al más puro estilo de la NSA). También explicaban las dudas espacio-temporales argumentando que un millón de elfos ayudaba a Papá Noel a conseguir juguetes para todos los niños del mundo y que un reno podía volar porque estaban todos unidos al cable de un trineo que estaba presumiblemente motorizado.

Los investigadores concluyeron que es el desarrollo del pensamiento que se produce a los ocho o nueve años lo que hace que los niños dejen de creer en Santa Claus, y no la información y las filtraciones que escuchan a su alrededor.