Cuando pensamos en hipertensión arterial, casi siempre aparecen los mismos culpables: la sal, el tabaco, el sedentarismo o una dieta poco saludable. Son factores conocidos, repetidos en campañas de prevención y muy presentes en las consultas médicas. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja y, en muchos casos, el problema no está solo en lo que vemos, sino en aquello que pasa desapercibido en la rutina diaria.
La presión arterial elevada suele avanzar de forma silenciosa. No siempre produce síntomas claros y, precisamente por eso, muchos pacientes descubren tarde que conviven con ella desde hace años. Esa falta de señales visibles convierte a la hipertensión en uno de los principales factores de riesgo cardiovascular, vinculada a problemas como el ictus, el infarto de miocardio, la insuficiencia cardíaca o el deterioro progresivo de la función renal.
Además, no todo depende de la sal que añadimos al plato. Muchas veces el exceso de sodio se esconde en productos procesados, bebidas aparentemente inocentes o incluso en medicamentos de uso habitual. A eso se suman otros detonantes menos evidentes como el sobrepeso leve, el estrés crónico, la falta de descanso o pequeños gestos cotidianos que alteran el organismo sin que les demos importancia.
Según explica el Dr. Alberto Ortiz Arduán, jefe del Servicio de Nefrología e Hipertensión del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, uno de los errores más frecuentes es pensar que la hipertensión solo aparece cuando existe obesidad importante o hábitos claramente poco saludables. De hecho, advierte de que uno de los grandes enemigos invisibles está mucho más cerca de lo que solemos imaginar: el exceso de peso moderado.
El sobrepeso que pasa desapercibido también sube la tensión
“El más significativo es el sobrepeso y la obesidad. Y enfatizo el sobrepeso, una etapa previa al desarrollo de obesidad”, señala el especialista. Es decir, no hace falta alcanzar cifras extremas en la báscula para que la presión arterial empiece a resentirse. Un índice de masa corporal entre 25 y 30, lo que médicamente se considera sobrepeso, ya puede suponer un problema cardiovascular relevante.
Muchas personas no identifican ese sobrepeso como un riesgo real porque no se perciben como obesas. Sin embargo, ese ligero exceso de grasa corporal tiene un impacto directo sobre la tensión arterial y sobre la salud metabólica general. El riñón, el corazón y el sistema vascular empiezan a trabajar bajo una presión añadida que, con el tiempo, puede pasar factura.
La conclusión es clara: perder peso no solo tiene un impacto estético, sino también una mejora directa en la salud cardiovascular.
Dr. Alberto Ortiz Arduán, jefe del Servicio de Nefrología e Hipertensión del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz
La sal oculta que no vemos en el supermercado
Cuando alguien intenta controlar su tensión arterial, suele empezar por reducir la sal que añade a la comida. Es un buen primer paso, pero muchas veces no es suficiente. El verdadero problema está en la llamada sal oculta, esa que no vemos porque ya viene incorporada en alimentos procesados o ultraprocesados.
“Todo alimento procesado o ultraprocesado puede ser una fuente de sal oculta”, advierte el nefrólogo. Conservas, salsas preparadas, sopas instantáneas, embutidos, panes industriales, snacks o platos precocinados forman parte de esa lista silenciosa que dispara el consumo de sodio sin que el paciente lo perciba.
Por eso, más allá de mirar el salero, la recomendación pasa por revisar el carrito de la compra. Apostar por alimentos frescos, cocinar más en casa y reducir el consumo de productos envasados ayuda mucho más que limitarse a echar menos sal al plato. La hipertensión, muchas veces, empieza en el supermercado.
Estrés, insomnio y dormir mal también hipertensan
La tensión arterial no responde únicamente a lo que comemos. El cuerpo también refleja cómo vivimos. El ritmo acelerado, la falta de descanso y el estrés sostenido tienen una influencia directa sobre la presión arterial, aunque a menudo no se les presta la atención que merecen.
“El stress, un elemento no deseable sobre el que a veces tenemos poco control, sube la tensión arterial, igual que la falta de sueño”, resume el especialista. Dormir mal no es solo una molestia: puede convertirse en un problema cardiovascular. Durante el sueño, la presión arterial debería descender de forma natural, permitiendo que el organismo se recupere.
Cuando ese descanso no es reparador, esa bajada no se produce correctamente. Esto ocurre en personas con insomnio, con horarios desordenados o con problemas como los ronquidos intensos y las pequeñas apneas del sueño. Incluso factores externos como vivir en una calle con mucho ruido pueden alterar esa recuperación nocturna y mantener el sistema cardiovascular en alerta constante.
Medicamentos comunes que pueden alterar la presión arterial
Otro error frecuente es pensar que solo los grandes tratamientos médicos afectan a la tensión. Sin embargo, algunos fármacos de uso habitual y aparentemente inocentes pueden alterar de forma significativa la presión arterial, especialmente si se toman durante largos periodos.
“Los anti-inflamatorios no esteroideos, las píldoras anticonceptivas con estrógenos y los descongestivos nasales…” forman parte de esa lista que conviene vigilar. Muchas personas recurren a ellos para molestias leves, resfriados o dolores cotidianos sin relacionarlos con posibles desajustes tensionales.
En el caso de los descongestivos, el mecanismo es especialmente claro. “Los vasoconstrictores son medicamentos que disminuyen el diámetro de los vasos (…) con lo que la sangre circula a más presión”, explica el doctor Ortiz. Aunque los formatos nasales suelen ser más seguros que los orales, abusar de ellos también puede generar problemas.
También ocurre con los medicamentos efervescentes, que muchas veces se perciben como más suaves o fáciles de tomar. “Los compuestos efervescentes (…) son una fuente oculta de sodio”, recuerda. Ese sodio añadido puede no ser relevante durante unos pocos días, pero sí convertirse en un problema en pacientes hipertensos si su uso se prolonga.
El dato más llamativo aparece en algunas aguas minerales muy concretas: “En España, 1 litro de algunas aguas minerales carbonatadas ya aportan la mitad de la ingesta total diaria recomendada de sodio”. Un ejemplo perfecto de cómo un gesto aparentemente saludable puede esconder justo el problema contrario.
Lo natural no siempre es inocuo: cuidado con el regaliz
Existe una idea muy extendida de que todo lo natural es seguro. Infusiones, suplementos de herbolario o plantas medicinales suelen percibirse como opciones inocentes simplemente por no proceder de una farmacia tradicional. Pero esa asociación puede ser peligrosa.
“Ser natural no implica que algo sea inofensivo”, advierte el especialista. De hecho, utiliza una comparación contundente para explicarlo: incluso el agua, imprescindible para vivir, puede resultar tóxica si se consume de forma inadecuada. “Como decía Paracelso, la dosis hace el veneno”.
Uno de los ejemplos más claros es el regaliz, cuyo compuesto principal, la glicirricina, puede alterar el funcionamiento renal y favorecer la retención de sodio. El resultado final es muy similar al de abusar de la sal. “El efecto final es similar a ingerir mucha sal”, resume el doctor.
Esto puede traducirse en subidas de tensión importantes e incluso en crisis hipertensivas en personas predispuestas. Con el ginseng ocurre algo más complejo, ya que existen distintos preparados y composiciones, pero la recomendación general pasa por evitar grandes dosis y vigilar cómo responde cada paciente.
Aguantar la orina o abusar de bebidas isotónicas también influye
Hay pequeños gestos cotidianos que parecen irrelevantes, pero que también pueden alterar la presión arterial. Uno de los más desconocidos es algo tan simple como aguantar las ganas de orinar.
“La distensión de la vejiga urinaria genera, de forma refleja, una respuesta simpática que sube la tensión arterial”, explica el especialista. Es decir, cuando la vejiga está muy llena, el organismo responde elevando momentáneamente la presión arterial.
Por eso insiste en una recomendación práctica: “No se recomienda tomar la tensión arterial cuando se tienen ganas de orinar”. Lo ideal es vaciar primero la vejiga y después realizar la medición para evitar lecturas alteradas y sustos innecesarios.
Algo parecido ocurre con algunas bebidas deportivas. Muchas personas recurren a isotónicas tras esfuerzos leves pensando que están haciendo algo saludable. Sin embargo, si no existe una pérdida importante de sudor, el resultado puede ser contraproducente. “Si no se pierden esas grandes cantidades de sudor porque el esfuerzo es leve, lo que estamos bebiendo es agua con sal y con azúcar”.
A esto se suman las bebidas energéticas, especialmente problemáticas por su contenido en cafeína. “Las llamadas bebidas energéticas pueden tener grandes cantidades de cafeína que suben la tensión”. En muchos casos, el problema no está en el deporte, sino en lo que se bebe después.
Cómo tomarse mal la tensión y asustarse sin motivo
Incluso cuando todo parece controlado, un mal hábito puede generar lecturas erróneas y alarmas innecesarias. Tomarse la tensión en casa no consiste simplemente en colocar el manguito y pulsar un botón.
“La tensión arterial hay que tomarla estando relajado”, insiste el doctor. Esto significa haber permanecido sentado al menos cinco minutos, sin actividad física previa inmediata y en un entorno tranquilo. También hay detalles pequeños que cambian el resultado.
Debe hacerse “sin hablar y sin estímulos que nos puedan poner nerviosos”, como una conversación, la televisión o cualquier situación que active el estrés. También conviene mantener las piernas descruzadas, evitar pequeños nervios cotidianos y, como ya se ha señalado, hacerlo “en ausencia de pequeños estreses cotidianos o de ganas de orinar”.
La hipertensión no siempre empieza con grandes excesos. A veces aparece en hábitos aparentemente insignificantes que repetimos cada día sin prestarles atención. Por eso, entender esos enemigos invisibles resulta tan importante como vigilar la sal: porque muchas veces el problema no está en lo evidente, sino en lo que nunca pensamos mirar.
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