La noche del 31 de octubre se repite en muchos barrios con el mismo guion. Disfraces improvisados, timbres que suenan sin descanso y cubos con forma de calabaza que vuelven a casa cargados de caramelos, gominolas, piruletas y bolsas de snacks. Algunas golosinas llegan envueltas y con su etiqueta; muchas otras, sueltas, a granel o en envoltorios que nadie se detiene a leer.
Para la mayoría de las familias, el único problema de esa cosecha es un exceso de azúcar que conviene racionar durante los días siguientes. Para un niño con alergia alimentaria, en cambio, cada chuche es una pequeña incógnita. No se sabe quién la compró, qué ingredientes contiene ni si su composición coincide con la que la familia conoce de otras veces.
Detrás de esa incertidumbre hay una realidad poco conocida: productos que no aportan nada a la dieta pueden provocar reacciones alérgicas, en ocasiones graves. Colorantes, conservantes, gomas o sabores autorizados y seguros para la mayoría de la población pueden convertirse en un problema para una persona concreta. Y en una fiesta en la que los dulces pasan de mano en mano, saber qué se come es la primera forma de protegerse.
Sin valor nutricional, pero no sin riesgo
En las consultas de Alergología, las alergias a la leche, el huevo, el pescado o los frutos secos son las más conocidas. Pero los especialistas también atienden reacciones provocadas por comestibles que, en sentido estricto, ni siquiera son alimentos. La Dra. Mar Fernández-Nieto, especialista del Servicio de Alergología del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, los define como "alimentos sin valor nutricional". Y advierte de que su presencia no es anecdótica: "Desgraciadamente, en el primer mundo son muy habituales sobre todo en determinadas franjas de edad".
Chucherías, patatas fritas de bolsa, refrescos, chicles o helados forman parte de la dieta de muchos niños y adolescentes y, sobre todo, de su vida social: cumpleaños, excursiones, fiestas de fin de curso. Que sean prescindibles no significa que sean inofensivos para quien tiene alergia.
La especialista lo explica así: "El valor nutricional del alimento no importa. Importa su ingesta y su composición y, en sentido estricto, todos los ingredientes pueden desencadenar una alergia. Las reacciones con alimentos superfluos precisan de las mismas pruebas que un alimento real".
Dicho de otro modo, al sistema inmunitario le da igual que una gominola sea prescindible. Si reconoce uno de sus componentes como una amenaza, reacciona igual que lo haría ante la leche o el huevo, y el estudio en consulta sigue los mismos pasos.
Parecería que la solución es tan simple como no comerlos. La doctora reconoce que no siempre funciona así: "Bien es cierto que la lógica dice que evitarlos debería ser muy fácil, pero a veces, según qué edades de los pacientes, no lo es". Pedirle a un niño de siete años que renuncie a la bolsa de chuches mientras sus amigos la comparten, o a un adolescente que rechace un snack en una quedada, exige algo más que fuerza de voluntad.
Qué se esconde en una bolsa de golosinas
Las golosinas son un universo difícil de abarcar. La Dra. Fernández-Nieto habla de "un grupo muy variado" que "puede incluir gomas como la arábica y la guar, carmín de cochinilla, colorante natural rosa/rojo". Las gomas son espesantes de origen vegetal, obtenidos de la savia de una acacia o de la semilla de una legumbre, que dan a muchas chucherías su textura blanda y elástica.
A ellas se suman los alérgenos alimentarios de siempre, que a veces aparecen donde nadie los espera. Hay casos publicados de alergia a golosinas que contenían patata, leche o frutos secos, ingredientes que no siempre figuran de forma clara en el etiquetado o que no se consideran alérgenos comunes. Con los snacks ocurre algo parecido: pueden llevar alérgenos ocultos y, en muchos casos, sulfitos.
Los helados merecen mención aparte. Además de la leche, el huevo o los frutos secos que contienen muchos de ellos, se han descrito reacciones a aditivos como la carboximetilcelulosa, un espesante derivado de la celulosa que ayuda a que el helado no forme cristales, y a algunos colorantes alimentarios.
E 120: el colorante rojo que sale de un insecto
Si hay un ingrediente que se repite en golosinas, snacks y refrescos es el carmín de cochinilla, responsable del tono rosado o rojo de infinidad de productos. Su origen sorprende a casi todo el mundo. "Es un colorante natural legal, autorizado para uso alimentario, extraído de la hembra del insecto cochinilla, que vive en el cactus conocido como chumbera", explica la alergóloga.
Que sea natural no lo convierte en inocuo para todos. En las personas sensibilizadas puede provocar "síntomas como urticaria, inflamación de labios o lengua". La urticaria son esas ronchas rojizas que pican y aparecen y desaparecen en la piel; la inflamación de los labios o la lengua, conocida como angioedema, es una señal que conviene no pasar por alto.
Identificarlo es más sencillo de lo que parece, aunque no siempre aparezca con su nombre. "Su código en la reglamentación de etiquetado es el E 120", precisa la especialista. Esa combinación de letra y número es la pista que debe buscar una familia con un niño alérgico a este colorante.
Sulfitos, menta y cafeína: reacciones raras pero reales
Los sulfitos son otro viejo conocido de las consultas de Alergología. Están presentes en el vino y otras bebidas alcohólicas, pero también en muchos snacks. La doctora recuerda que su uso no supone ninguna irregularidad: "Es un conservante totalmente legal y aprobado para su uso alimentario en comidas, bebidas, zumos, etc.". Cuando provocan una reacción, lo hacen sobre todo en la piel, con síntomas que describe como "principalmente calor facial, rojez".
Los chicles también aparecen en la lista, por sus colorantes y por extractos como la menta, la hierbabuena o la canela. La especialista pide poner estas reacciones en su justa medida: "Son poco frecuentes, afortunadamente, pero pueden existir, también con determinados sabores como la menta o la hierbabuena. Síntomas como picor bucal, hinchazón de lengua o labios".
El caso de la cafeína es más curioso, y la propia doctora lo ha estudiado de cerca. "La sensibilización siempre quiere decir que existe un mecanismo alérgico. Son reacciones poco frecuentes a las bebidas de cola, en concreto yo tengo publicado un caso así, o al café o té. Produce urticaria o hinchazón de la boca", explica.
Conviene no confundir esa alergia, muy rara, con algo mucho más habitual. No toda reacción a un alimento es una alergia. Las palpitaciones o el temblor que algunas personas notan tras un refresco de cola responden a otra cosa: se trata del "efecto de la cafeína en determinadas personas que manifiestan más los síntomas: taquicardia, temblor, etc., pero eso no es una sensibilidad".
Leer la etiqueta entera
Si hay un consejo que la alergóloga repite es mirar con lupa lo que se compra. "Leer la etiqueta entera, averiguar el listado de conservantes E. Ante la duda, nunca consumirlos", resume.
Los códigos E son la forma en que la normativa europea identifica los aditivos autorizados: colorantes, conservantes, espesantes o edulcorantes. Llevan la letra E seguida de un número, y conocer los que afectan a cada niño permite descartar un producto en segundos. La regla de oro es la última parte del consejo: si falta información o no hay envoltorio, mejor no probarlo.
En esa tarea, las familias no están solas. "Las asociaciones de pacientes o padres de pacientes son claves como nexo entre los especialistas y las familias. Ofrecen información para la vida real con tips y consejos concretos sobre marcas seguras", destaca la doctora. Muchas de ellas mantienen en sus webs listados de productos seguros, una herramienta muy útil cuando toca preparar una fiesta o revisar la compra.
La adrenalina no espera
Aun con todas las precauciones, un descuido puede ocurrir. Por eso, quienes tienen prescrita adrenalina deben llevarla siempre encima, normalmente en forma de autoinyector, un dispositivo con aspecto de bolígrafo que se aplica en el muslo y libera el fármaco en segundos. La doctora insiste en no dudar: "La adrenalina salva vidas si se administra precozmente. Nunca hay que esperar la evolución de los síntomas, pues puede ser tarde".
La adrenalina actúa en pocos minutos: abre las vías respiratorias, eleva la tensión arterial y frena la inflamación. En una reacción alérgica grave, conocida como anafilaxia, cada minuto cuenta.
Saber cuándo usarla no es cuestión de improvisar. "Estos pacientes y sus familias tienen informes donde se indica cuándo y cómo administrarla: cuando hay mareo, sudor, o urticaria generalizada, o hinchazón de la lengua, labios o dificultad para respirar. Siempre después de su administración hay que acudir al hospital", explica la especialista.
Ese último paso no es opcional. Aunque el niño mejore tras el pinchazo, en algunos casos la reacción puede reaparecer horas después, y en Urgencias pueden vigilarlo y completar el tratamiento. Conviene, además, que el autoinyector acompañe al niño a la fiesta y que el adulto que va con él sepa utilizarlo.
Halloween sin sustos
Todo lo anterior cobra especial sentido la noche del 31 de octubre. En una celebración en la que las chuches cambian de manos una y otra vez, el problema ya no es solo el ingrediente, sino la falta de información. "En cuanto a las golosinas o snacks, salvo que la fiesta sea en un entorno cerrado de participantes, donde se controle qué golosinas se van a ofrecer y su composición, hay que extremar el cuidado. Puede que nadie de los participantes conozca la composición real de las golosinas y entonces el riesgo se multiplica", advierte la Dra. Fernández-Nieto.
Por eso, su propuesta pasa por cambiar el menú. "Se trata de una fiesta importada en la que, como sanitarios, recomendamos que se ofrezcan alimentos de verdad como frutas, bocadillos, etc.", señala. Una mesa con fruta cortada, bocadillos o preparaciones caseras de ingredientes conocidos reduce el margen de error y, de paso, el exceso de azúcar.
Nada de esto obliga a un niño alérgico a quedarse en casa. Basta con cambiar algunos hábitos: hablar antes con los organizadores, preguntar qué se va a repartir, preparar una bolsa propia con golosinas de composición conocida para intercambiarla por las que llegan de fuera y revisar todas las etiquetas antes de probar nada. Si un producto no tiene envoltorio o no se sabe de dónde viene, se aparta.
El resto depende de estar preparados. Llevar siempre la adrenalina prescrita, conocer las señales de alarma y consultar con el alergólogo ante cualquier síntoma sospechoso tras comer uno de estos productos son gestos sencillos que marcan la diferencia. Halloween puede seguir siendo una noche de disfraces y sustos inventados; el objetivo es que ninguno de ellos sea real.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
