España no solo está sufriendo una ola de incendios. Detrás de las más de 61.000 hectáreas arrasadas por las llamas hay casas abandonadas a toda prisa, familias evacuadas, vecinos que siguen sin aparecer y doce personas que han perdido la vida en uno de los incendios más mortíferos que se recuerdan en Andalucía.

El fuego ha golpeado diferentes puntos del país casi sin descanso. Primero fueron los incendios simultáneos en Cataluña. Después llegaron las llamas a Huelva y Huesca. Y finalmente, la tragedia se concentró en la provincia de Almería, donde el incendio de Los Gallardos ha dejado 12 fallecidos, 23 personas sin localizar y miles de evacuados en diferentes localidades. Solo en este municipio, alrededor de un millar de personas han abandonado sus hogares.

Las cifras dibujan una situación especialmente grave. Desde que el calor severo comenzó a instalarse sobre la península ibérica en mayo, la superficie quemada ha pasado de unas 27.000 hectáreas a principios de ese mes a más de 61.000, según el análisis de las últimas imágenes por satélite del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS). En apenas 70 días, alrededor de 34.000 nuevas hectáreas han sido devoradas por incendios favorecidos por unas condiciones meteorológicas extremas.

Más del doble de la superficie que suele arder 

El balance de 2026 se encuentra ya muy por encima de lo habitual. Las más de 61.000 hectáreas quemadas suponen más del doble de la media registrada durante las últimas dos décadas, situada en torno a las 25.000 hectáreas para estas fechas. A 10 de julio, únicamente 2012, 2022 y 2023 habían registrado una superficie quemada superior.

Pero detrás de cada hectárea aparece una realidad que las estadísticas no pueden reflejar por completo. Están las personas que han perdido la vida, quienes continúan sin ser localizados, los vecinos obligados a dejar atrás sus viviendas y los equipos de emergencia que trabajan durante horas frente a incendios cada vez más difíciles de controlar.

“Nos hemos acostumbrado a hablar de récords de temperatura, de olas de calor y de incendios extremos, pero esto es una crisis en la que el cambio climático es una clave fundamental”, ha reflexionado la responsable de incendios en Greenpeace, Mónica Parrilla. Tras la tragedia de Almería, la ingeniera forestal advierte de que “los fuegos han evolucionado de un problema ambiental y social a un problema de protección civil”.

Territorio listo para arder

La situación actual tiene detrás una combinación especialmente peligrosa. El invierno fue muy húmedo en España, con precipitaciones que alcanzaron el 140% de la media. Esa abundancia de agua favoreció el crecimiento de la vegetación y, con ella, aumentó la cantidad de biomasa disponible. Después, el escenario cambió.

La primavera meteorológica fue la segunda más cálida desde que existen registros y, al mismo tiempo, resultó seca. Las precipitaciones quedaron un 25% por debajo de la media. A continuación llegó un junio extremadamente cálido, el segundo más caluroso registrado, con temperaturas 3,2 ºC superiores a lo habitual y unas lluvias que apenas alcanzaron el 39% de lo normal. El resultado ha sido una enorme cantidad de vegetación que primero creció gracias al agua y después fue perdiendo progresivamente su humedad bajo semanas de calor intenso.

“En la región mediterránea, periodos pronunciadamente húmedos pueden generar una producción de biomasa por encima de la media, que lleve a tener más combustible cuando se dan otros secos, lo que resultará en incendios más extremos”, ha explicaddo un análisis de las precondiciones para los incendios forestales del Instituto de Ciencia Climática y Atmosférica de Zúrich.

En términos sencillos, el monte acumula combustible. Cuando esa vegetación se seca y aparece una chispa, las llamas encuentran las condiciones necesarias para avanzar con enorme rapidez. En el incendio de Almería, la principal hipótesis que se maneja por el momento apunta a la caída de un poste eléctrico como posible origen del fuego. La causa concreta puede ser puntual, pero el contexto en el que se produce determina hasta dónde pueden llegar las llamas.

A esta situación se suma otro problema: cada vez existen más viviendas situadas en la denominada interfaz urbano-forestal, zonas en las que las urbanizaciones y las casas se encuentran directamente junto al monte. Cuando el fuego avanza por estos territorios, la emergencia forestal se transforma también en una amenaza inmediata para la población.

“En los incendios forestales hay un componente humano que es tan importante como lo meteorológico y el combustible”, ha aclarado la catedrática y experta en ordenación del territorio Cristina Montiel. La investigadora ha subrayado que “estamos en un momento complejo, porque el riesgo depende hoy aún más de la preparación, no solo del sistema de defensa, también de la sociedad”.

La experta en incendios de WWF, Lourdes Hernández, ha insistido en que “es urgente avanzar en autoprotección para que los municipios sean zonas seguras. Y, a corto plazo, invertir en prevención social, es decir, que la población sepa cómo actuar en caso de incendio”.

Una emergencia que ya no termina cuando se apagan las llamas

Tras este escenario, los especialistas reclaman actuar antes de que aparezcan las llamas. Mónica Parrilla ha aportado que “para evitar este desastre humano, ambiental, social y económico hay que reducir la siniestralidad, es decir, los incendios provocados por accidentes o negligencias, además de rebajar la vulnerabilidad del territorio por el que avanzan las llamas”.

Y ha añadido un tercer pilar: “Es imprescindible la planificación urbanística que tenga en cuenta el riesgo de incendio durante los últimos años”. La tragedia de este verano ha vuelto a mostrar que el problema ya no puede medirse únicamente en hectáreas. España ha superado las 61.000 arrasadas, pero el balance más doloroso se encuentra en las vidas perdidas, las personas todavía sin localizar y los miles de vecinos que han tenido que huir mientras el fuego avanzaba hacia sus casas.

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