Durante años, una cifra ha marcado la frontera entre la calma y la sospecha en muchas analíticas: umbral 60, línea roja, mensaje tranquilizador. Por encima de 60 ml/min/1,73 m², el filtrado glomerular estimado (eGFR) suele interpretarse como “bien”. Por debajo, aparecen etiquetas como enfermedad renal crónica (ERC), derivaciones y controles más estrechos. Pero esa lectura binaria —normal/patológico— empieza a chirriar a medida que acumulamos evidencia de que el riñón puede deteriorarse sin dar señales claras.

El eGFR se calcula a partir de la creatinina, una sustancia que proviene del metabolismo muscular y que el riñón elimina: cálculo indirecto, valor orientativo, no infalible. El resultado se ajusta por edad y sexo, y se expresa como una estimación de cuánta sangre filtran los riñones por minuto. El problema es que dos personas con el mismo eGFR pueden no estar igual: la cifra puede encajar en lo “esperable” para una y ser sorprendentemente baja para otra.

La pregunta, entonces, no es solo “¿está por encima o por debajo de 60?”, sino “¿dónde cae esa cifra en comparación con la mayoría de personas como yo?”: contexto poblacional, riesgo oculto, lectura personalizada. Ahí entra una propuesta que cambia el enfoque: interpretar el eGFR como se interpretan otras medidas biomédicas con variabilidad natural, usando percentiles (como en las curvas de crecimiento). No se trata de sembrar alarma, sino de detectar antes a quienes podrían beneficiarse de una evaluación adicional cuando todavía hay margen para actuar.

Más allá del umbral de 60: el riesgo que no se ve

En este contexto se enmarca una nueva calculadora que traduce el eGFR a percentiles por edad y sexo: percentil renal, comparación real, señal temprana. El Dr. Alberto Ortiz Arduan, jefe del Servicio de Nefrología del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, explica que “La nueva calculadora del percentil de función renal permitirá identificar personas con mayor riesgo de ERC, que podrían beneficiarse de una medición de la albuminuria”.

La idea tiene un punto de sentido común: el riñón, como casi todo en biología, no se comporta igual a los 45 que a los 80: edad importa, sexo influye, variabilidad normal. El estudio que sustenta esta herramienta analizó casi siete millones de mediciones repetidas de eGFR en una cohorte enorme del área de Estocolmo: más de 1,17 millones de adultos entre 40 y 100 años, con cobertura de alrededor del 80% de esa población en algún momento del periodo estudiado. Con esos datos, los investigadores construyeron curvas de percentiles (10, 25, 50, 75 y 90) y observaron cómo la mediana del eGFR desciende con la edad: alrededor de 104–106 a los 40 años y en torno a 45–50 a los 100.

Lo relevante no es solo dibujar curvas bonitas, sino asociarlas a desenlaces: riesgo medible, vida real, pronóstico. Al seguir a los participantes durante una mediana de 10 años, el trabajo registró miles de eventos de fallo renal que requirió tratamiento sustitutivo (diálisis o trasplante) y cientos de miles de muertes. Y el hallazgo clave para el enfoque de este reportaje es directo: estar por debajo del percentil 25 se asocia a más riesgo de progresar hacia insuficiencia renal avanzada, incluso si el eGFR absoluto todavía está por encima de 60. En otras palabras, “normal” no siempre equivale a “seguro”.


El Dr. Alberto Ortiz Arduan, jefe del Servicio de Nefrología del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz
 

Prevenir antes que sustituir: el cambio de enfoque

La ERC se ha convertido en uno de los grandes problemas silenciosos de salud pública: silencio clínico, progresión lenta, alto impacto. No suele doler, no da síntomas específicos al principio y, cuando aparecen signos claros, a veces el daño ya está consolidado. Además, la ERC se cruza con otras epidemias modernas —hipertensión, diabetes, obesidad— que actúan como aceleradores. Por eso, la prevención ya no es un eslogan: es una necesidad práctica, igual que ocurre en la prevención cardiovascular, donde se insiste en actuar antes de que el cuerpo “pida auxilio” con un infarto o una insuficiencia cardiaca.

El Dr. Ortiz Arduan lo sitúa en un plano global: “Tanto la OMS como las Naciones Unidas subrayaron en 2025 que no es suficiente con sustituir la función renal mediante diálisis o trasplante cuando los riñones fallan por completo: es fundamental actuar antes, tratar precozmente o, mejor aún, prevenir la ERC”. En el fondo, este mensaje resume el cambio cultural que persigue la herramienta: actuar antes, no llegar tarde, ganar años. Si la medicina dispone de una prueba rutinaria (creatinina/eGFR) y de un modo más fino de interpretarla (percentiles), la pregunta pasa a ser cómo usarla para seleccionar mejor a quién conviene estudiar más.

Es el mismo principio que ha ido ganando terreno en otras enfermedades donde el tiempo es decisivo: ventana de oportunidad, detección precoz, mejor pronóstico. En patologías neurodegenerativas, por ejemplo, el valor de identificar señales tempranas ha dejado de ser un debate académico y se ha convertido en una prioridad clínica, como ocurre con el diagnóstico temprano en el alzhéimer. Con el riñón sucede algo parecido: cuanto antes se localiza a quien está en riesgo real, más opciones hay de frenar el deterioro.

El papel clave de la albuminuria

El estudio introduce otra pieza incómoda: el infradiagnóstico de daño renal temprano por falta de pruebas complementarias: albuminuria clave, prueba olvidada, diagnóstico incompleto. La albuminuria —la presencia de albúmina en orina— es una señal de daño renal y un marcador potente de riesgo cardiovascular. Medirla no suele ser complejo, pero en la práctica se solicita menos de lo que recomiendan las guías, incluso en personas con factores de riesgo.

La magnitud del hueco se entiende mejor con un dato: entre quienes tenían eGFR por encima de 60 pero caían por debajo del percentil 25, solo alrededor de una cuarta parte se hizo una prueba de albuminuria/proteinuria en el año cercano a esa medición. Es decir: muchas personas con una “alerta estadística” no recibieron el paso siguiente que podría aclarar si hay daño incipiente. Esa brecha importa porque, cuando se suma albuminuria al análisis, el retrato del riesgo cambia: riesgo real, estratificación mejor, decisiones útiles.

El Dr. Ortiz Arduan pone el foco en el momento de intervenir: “Idealmente hay que empezar el tratamiento cuando la albuminuria es alta, antes de que se haya perdido de forma irreversible la función renal. Comenzar en ese momento puede evitar la diálisis o retrasarla hasta tres décadas”. La frase es potente porque aterriza una idea abstracta —prevención— en una consecuencia concreta y comprensible: evitar diálisis, retraso décadas, vida cotidiana. Y además encaja con una realidad clínica: hoy existen tratamientos que han demostrado capacidad para frenar la progresión renal, especialmente cuando se aplican antes de que el daño sea demasiado profundo.

La albuminuria, además, funciona como una especie de “chivato” precoz en muchas situaciones: diabetes activa, hipertensión persistente, daño vascular. No es casualidad que la ERC conviva con otros problemas metabólicos y vasculares. La medicina moderna aprende, una y otra vez, que los órganos no enferman en compartimentos estancos. Por eso no sorprende que la misma lógica de “enemigos silenciosos” aparezca también en el corazón, donde la obesidad y la grasa visceral actúan durante años sin síntomas llamativos, como en los enemigos silenciosos que van minando la salud cardiovascular.

 

¿Envejecimiento o enfermedad?

Una de las discusiones más delicadas en nefrología es diferenciar el descenso “esperable” del eGFR con la edad del descenso que revela enfermedad: envejecimiento renal, no todo normal, matiz clínico. Con los percentiles, la conversación cambia. Ya no se trata solo de decir “es bajo porque tiene 80”, sino de preguntar “¿es bajo incluso para su edad?”. Eso evita dos errores frecuentes: dar por normal lo que puede ser un aviso y, al mismo tiempo, medicalizar en exceso a quien está dentro de lo esperable para su grupo.

Los datos del estudio apuntan a que el umbral de 60 no es un destino inevitable a partir de cierta edad: no es inevitable, curvas reales, mayoría por encima. De hecho, la mediana cae por debajo de 60 en edades muy avanzadas (finales de los 80). Esto añade un argumento al debate sobre definiciones rígidas y abre la puerta a interpretaciones más ajustadas. En una sociedad que envejece, esta discusión se repite en distintos campos: también sucede en la visión, por ejemplo, donde distinguir entre envejecimiento y patología es clave, como muestran los retos de la degeneración macular asociada a la edad.


 

Además, el estudio observó una relación en forma de U con la mortalidad: tanto percentiles muy bajos como muy altos se asocian a mayor riesgo de muerte: curva en U, extremos peligrosos, interpretación prudente. En los percentiles altos puede influir, por ejemplo, una creatinina baja por poca masa muscular (fragilidad), lo que “infla” el eGFR estimado. Es un recordatorio importante: el eGFR es una estimación, y su lectura debe incluir clínica, contexto y, cuando convenga, otros marcadores.

Una herramienta complementaria, no alarmista

Conviene subrayar qué es y qué no es esta calculadora: apoyo clínico, no sentencia, mejor contexto. No convierte automáticamente en enferma a una persona por caer en el percentil 20. Tampoco sustituye el diagnóstico formal, que requiere persistencia del hallazgo, evaluación completa y, en ocasiones, confirmación con otras pruebas. Lo que aporta es una forma rápida de “poner la cifra en su sitio” y decidir si merece la pena mirar más allá.

En la práctica, puede servir para priorizar: priorizar pruebas, vigilar mejor, prevenir antes. Si una persona de 45 años tiene un eGFR de 75, puede sonar “bien” en la lectura tradicional. Pero si ese 75 la coloca en un percentil bajo para su grupo, quizá convenga comprobar albuminuria, revisar tensión arterial, optimizar control glucémico o valorar medicación con impacto renal. Es la diferencia entre “todo correcto” y “vamos a comprobar si hay algo empezando”.

También puede ayudar a comunicar: lenguaje claro, riesgo comprensible, decisiones compartidas. Hablar de percentiles suele ser más intuitivo que hablar de números aislados. Decir “estás en el 20% más bajo para tu edad y sexo” puede activar mejor la percepción de riesgo que una cifra suelta. Y, bien usada, esa percepción puede empujar hacia hábitos que protegen el riñón: reducir sal, mantener peso, controlar presión arterial, evitar antiinflamatorios de forma indiscriminada y revisar factores de riesgo con el profesional sanitario.

Al final, el mensaje de fondo es sencillo: escuchar al riñón, no confiarse, actuar a tiempo. La ERC seguirá siendo un reto global, pero herramientas como esta intentan abrir una puerta antes de que la enfermedad sea irreversible. Porque, en demasiadas ocasiones, cuando el riñón “grita” con síntomas claros, ya ha susurrado durante años en la analítica. Y aprender a interpretar ese susurro puede ser una de las formas más pragmáticas de prevención en la medicina cotidiana.