Detrás de la interfaz limpia de la inteligencia artificial no hay magia, sino un engranaje brutal de explotación de recursos y mano de obra barata. El periodista de eldiario.es Carlos del Castillo desmonta en su nuevo libro, Inteligencia Artificial: Cartografía de una Revolución, los mitos del progreso inevitable que vende Silicon Valley. En esta charla, analizamos el coste real de una tecnología diseñada para el beneficio del gran capital.

Converso con Carlos del Castillo sobre el impacto ecológico, laboral y geopolítico de la IA. Desde la sequía provocada en Taiwán hasta el trauma de los moderadores de contenido en Kenia, el autor revela cómo las corporaciones tecnológicas acumulan un poder que ya compite directamente con la soberanía de los Estados.

 

Pregunta: Hola, Carlos. Nos venden la IA como algo inmaterial, pero en tu libro demuestras que es una industria muy pesada. ¿Cuál es el coste físico que se oculta tras esa pantalla limpia?

Respuesta: La IA no flota en el éter, Rubén. Depende de una industria extractivista global. El gran ejemplo es Taiwán, donde se fabrica el 90% de los chips avanzados. Para producirlos, necesitan millones de litros de agua ultrapura. En las últimas sequías, el gobierno priorizó dar agua a las fábricas antes que a los cultivos de arroz. Prefieren importar comida que perder su "escudo de silicio", esa dependencia tecnológica que creen que les protege de China. Se secan campos para alimentar tu prompt.

P: Y mientras tanto, las multinacionales se visten de verde. ¿Cómo se sostiene ese discurso ecológico mientras reabren centrales de carbón para alimentar los servidores?

R: Es pura propaganda comercial para que no hagamos preguntas. En Virginia, capital mundial de los centros de datos, se vuelve al carbón para sostener el consumo. En España pasa algo parecido. Amazon te promete que usará energía solar, pero las renovables no funcionan las veinticuatro horas. Cuando se va el sol, esos centros consumen gas y nuclear de la red general, encareciendo la factura de la luz de toda la ciudadanía.

P: Detrás de la interfaz también hay humanos explotados. Háblame de las oficinas de Nairobi y de la miseria humana que sostiene la IA.

R: Esa es la parte más oculta. La IA necesita el aprendizaje por refuerzo para no mostrar contenidos aberrantes. Para que el chat no te enseñe mutilaciones, abusos o terrorismo, miles de trabajadores mal pagados en Kenia deben filtrar y catalogar esas imágenes monstruosas durante jornadas enteras. Esas personas sufren estrés postraumático grave y, si colapsan, las subcontratas las despiden sin miramientos. Su salud mental paga la limpieza de la pantalla.

P: También desmontas la profecía del despido masivo inmediato, pero alertas de una degradación silenciosa de las condiciones de trabajo. ¿Qué está pasando realmente con el empleo?

R: El peligro real es el secuestro del conocimiento. Antes, el saber pasaba de los trabajadores senior a los junior. Ahora, la IA acapara ese conocimiento. Las empresas ya no contratan perfiles junior porque la máquina hace sus tareas básicas, como ocurre en la consultoría. Al final, el trabajador depende de la máquina para todo. Esto ya genera una repulsa social que se llama neoludismo, una respuesta de defensa de los derechos laborales frente al algoritmo.

P: Hablemos de nombres propios. ¿Quién es verdaderamente Sam Altman y por qué su regreso a OpenAI tras ser despedido marcó la derrota de los idealistas de la industria?

R: Sam Altman no es un tecnólogo, es un inversor que sabe buscar dinero. Cuando la junta de OpenAI, formada por científicos preocupados por la seguridad, le despidió por mentirles, los grandes fondos y Microsoft presionaron para su readmisión en una semana. Fue el momento exacto en el que el dinero venció a la ética. Altman volvió, purgó a los científicos y transformó un laboratorio sin fines de lucro en una empresa privada que ahora incluso meterá publicidad en el chat.

P: Y el caso de Palantir es de película de terror. ¿Qué es esta empresa y por qué es una de las mayores amenazas a la democracia?

R: Palantir nació tras el 11-S para cruzar y analizar bases de datos. No tiene datos propios, procesa los de los gobiernos para predecir comportamientos. Sus herramientas sirven para coordinar las deportaciones masivas de migrantes en Estados Unidos o para que el ejército israelí elija qué edificios bombardear en Gaza. Es alarmante que usemos dinero público para que empresas privadas extranjeras gestionen la seguridad nacional o nuestros hospitales. Por suerte, en Europa ya se empieza a ver que las tecnológicas de Estados Unidos no son socios fiables para infraestructuras críticas.

P: Terminemos con el poder de Elon Musk. ¿El peligro real de estos tipos es su dinero o su capacidad para intervenir directamente en la soberanía de los Estados?

R: Su poder real está en el control de infraestructuras críticas. En 2022, Musk apagó el sistema Starlink para impedir unilateralmente un contraataque de Ucrania en Crimea porque temió una respuesta nuclear de Putin. Un solo empresario privado decidió anular la defensa de un Estado soberano en guerra porque le dio la gana. Ese es el nivel de corporatocracia digital al que nos enfrentamos si no regulamos de verdad esta tecnología.

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