Tokio no suele dormir, pero la noche del sábado tuvo un latido distinto. En el velódromo Tipstar Dome de Chiba, a las afueras de la capital japonesa, cientos de fans aguardaban un momento que hace apenas unos años habría parecido improbable: ver en directo a Bad Bunny cantando en español en pleno corazón de Japón. Y cuando las luces se apagaron y sonaron los primeros acordes, quedó claro que el fenómeno global del artista puertorriqueño ya ha cruzado definitivamente todas las fronteras.

El debut de Bad Bunny en Asia se produjo dentro de la serie de conciertos especiales Spotify Billions Club Live, pensada para celebrar a los artistas capaces de superar el billón de reproducciones en la plataforma. Un club selecto en el que Benito Antonio Martínez Ocasio -nombre real del cantante- juega con ventaja: a sus 31 años acumula más de una veintena de canciones que han superado esa cifra.

Pero más allá de las estadísticas, lo que ocurrió en Tokio fue una demostración cultural de alcance global: un artista latino cantando en español ante un público japonés que coreaba cada palabra.

A diferencia de los macroconciertos que suele protagonizar el artista, el espectáculo en Japón fue deliberadamente más pequeño. Apenas unos cientos de asistentes, entre fans japoneses y latinoamericanos residentes en el país, se reunieron en el recinto para vivir un show de hora y media que tuvo mucho de celebración y de encuentro cultural.

Cuando el recinto se oscureció poco antes de las siete y media de la tarde, los primeros acordes de EoO marcaron el inicio del espectáculo, tal como ocurre en la gira del artista este año. El público respondió con un estallido de gritos que confirmó que, aunque Tokio esté a más de 13.000 kilómetros de Puerto Rico, la energía del reguetón llega con la misma intensidad.

Tras el arranque, la transición fue inmediata hacia Me Porto Bonito, uno de los grandes himnos del cantante. La pista se llenó de saltos mientras fans japoneses y latinoamericanos cantaban cada verso sin perder una sílaba.

El momento de máxima euforia llegó con Safaera, que incluyó una aparición sorpresa de Arcángel y Ñengo Flow. La inesperada colaboración desató un rugido colectivo en el recinto.

La escena resultaba reveladora: un público asiático cantando reguetón en español, moviéndose al ritmo caribeño como si estuviera en una discoteca de San Juan o Medellín.

Sin embargo, el instante más especial del concierto llegó cuando el ritmo frenético dio paso a la emoción. Bad Bunny tomó el micrófono y se dirigió al público con una confesión:

Esta canción es muy especial para mí. Cuando la escribí me imaginé aquí, en Japón

Acto seguido comenzaron a sonar los acordes de Yonaguni, uno de los temas más icónicos de su discografía reciente. El título hace referencia a una pequeña isla japonesa situada en el extremo occidental del país, y la canción incluye un tramo final cantado en japonés.

Cuando llegó ese momento, ocurrió algo que el propio artista pareció disfrutar especialmente: el público completó la letra palabra por palabra. Bad Bunny dejó el micrófono, abrió los brazos hacia el cielo y escuchó cómo la sala entera terminaba el verso en japonés.

El concierto retomó después el pulso del baile con Callaíta, uno de los temas que consolidaron su ascenso global.

En medio de la canción, el artista se quitó el chaleco y lo lanzó al público. Poco después regresó con un esmoquin cuyo reverso lucía en brillantes los kanjis de Tokio, un guiño visual a la ciudad que estaba viviendo su debut asiático.

La despedida llegó con Debí Tirar Más Fotos, el tema que da nombre a su último álbum, un trabajo profundamente marcado por la nostalgia y el homenaje a su Puerto Rico natal. El disco, además, ha hecho historia recientemente al ganar el Grammy al mejor álbum del año, convirtiéndose en el primero íntegramente en español que logra ese reconocimiento.

Dejen los móviles y disfruten. Porque como dice la canción, mientras uno esté vivo, uno tiene que amar lo más que pueda

La música volvió a sonar, el público cantó una última vez y Tokio, por una noche, se convirtió en una extensión inesperada del Caribe. Porque si algo quedó claro en ese pequeño velódromo japonés es que el fenómeno Bad Bunny ya no pertenece a un lugar concreto: pertenece al mundo.

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