Un libro puede estar escrito, corregido, impreso y preparado para llegar a las librerías y, aun así, no existir para los lectores. Eso fue lo que ocurrió en marzo de 2025 con El odio, la obra que Luisgé Martín construyó después de años de correspondencia con José Bretón, condenado por asesinar a sus hijos Ruth y José en 2011.
Ahora Martín vuelve al lugar del conflicto. El próximo 30 de septiembre publicará Desde el odio, un ensayo editado por Altamarea y prologado por Sara Mesa en el que reconstruye lo ocurrido y reflexiona sobre la libertad de creación, la censura y el miedo de las instituciones culturales ante una polémica pública.
La historia resulta incómoda precisamente porque no permite escoger con facilidad un bando. Por un lado está un escritor que defiende que la literatura debe poder entrar incluso en los lugares moralmente más desagradables. Por otro, una madre cuyo exmarido asesinó a sus dos hijos y que vio cómo ese hombre volvía a ocupar titulares gracias a un libro construido alrededor de su testimonio.
¿Escuchar a un asesino para intentar comprenderlo significa necesariamente darle un altavoz?
El libro que nunca llegó
El odio tenía prevista su publicación en Anagrama en marzo de 2025. Martín había mantenido durante años correspondencia con Bretón y utilizó ese material para construir una obra centrada en el crimen, la personalidad del condenado y su explicación de lo ocurrido.
Ruth Ortiz se opuso a la publicación al considerar que podía vulnerar derechos relacionados con la intimidad, el honor y la memoria de sus hijos. La Fiscalía también pidió medidas cautelares para intentar paralizarla.
Anagrama defendió inicialmente que tanto el autor como la editorial tenían derecho a publicar la obra. Recordó además que la literatura ha entrado muchas veces en la mente de criminales y citó antecedentes como Truman Capote o Emmanuel Carrère. Su posición era que acercarse al mal no equivale a justificarlo.
Pero la editorial frenó voluntariamente la distribución. Después llegaron los tribunales.
La petición de paralización cautelar fue rechazada primero por un juzgado y posteriormente por la Audiencia de Barcelona. Esta última advirtió del riesgo que supondría impedir preventivamente la publicación de una obra y recordó la protección de la libertad de creación. No hubo una prohibición judicial del libro. Anagrama, sin embargo, decidió no continuar.
El 16 de abril extinguió el contrato con Martín y le devolvió los derechos. La propia editorial explicó que había mantenido voluntariamente la suspensión incluso después de las decisiones judiciales y defendió la necesidad de equilibrar libertad creativa, respeto y sensibilidad cuando una obra utiliza hechos reales.
Lo legal no termina la discusión
Sería sencillo convertir el episodio en una historia sobre censores y censurados. También sería sencillo contarlo como el intento de una víctima de impedir que el asesino recuperase protagonismo. Ambas versiones dejan cosas fuera.
Que un libro pueda publicarse legalmente no obliga a una editorial a publicarlo. Y que una editorial tenga derecho a retirarlo tampoco hace desaparecer la discusión sobre las razones que la llevaron a hacerlo.
Martín ha sostenido que la presión social pesó decisivamente y llegó a calificar la no publicación como un síntoma propio de sociedades que empiezan a temer determinadas ideas. También reconoció un error importante. No haber avisado previamente a Ruth Ortiz de la existencia del libro.
Porque una cosa es preguntarse si un escritor necesita permiso de una víctima para investigar un crimen. Otra distinta es preguntarse qué responsabilidad adquiere cuando su trabajo puede devolver a esa víctima al centro de un trauma público.
Capote convirtió el asesinato de una familia en A sangre fría. Carrère ha escrito sobre criminales, víctimas y procesos judiciales. La literatura lleva siglos entrando en la violencia. Pero citar esos precedentes no resuelve automáticamente el caso Bretón.
El segundo libro
Desde el odio llega ahora con una diferencia fundamental. El centro ya no es Bretón. El centro es lo que ocurrió cuando alguien intentó escribir sobre Bretón.
La presentación editorial del ensayo plantea lo sucedido como una polémica atravesada por la presión mediática, las redes sociales y un debate sobre los límites de la creación. Martín quiere convertir su experiencia en una discusión más amplia sobre quién decide qué puede circular dentro de una sociedad democrática.
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