Hace unos años, cuando una editorial quería vender la idea de que la lectura estaba en crisis, tiraba de una estadística sobre hábitos culturales, algo abstracto, fácil de discutir en una mesa redonda y de olvidar al día siguiente. Esta semana ya no hace falta ese esfuerzo retórico. La OCDE ha puesto un número encima de la mesa que habla directamente de nosotros, del sector cultural, y no solo de las aulas. Un adolescente español de quince años entiende hoy un texto escrito peor que en cualquier otro momento desde el año 2000.
La lectura del informe PISA como pelea entre partidos por la ley educativa de turno ya está servida en otras secciones, y probablemente ocupará semanas de tertulia. Pero hay una pregunta que ese debate deja fuera y que a nosotros, como redacción cultural, nos toca de lleno. Si una generación entera llega a los libreros, a las bibliotecas y a las librerías con menos capacidad para sostener la atención en un texto largo, ¿qué clase de vida lectora, y por tanto qué clase de industria editorial, literaria y crítica, vamos a tener dentro de diez años?
España cae a 451 puntos en comprensión lectora, veintitrés menos que hace tres años, por debajo incluso del anterior suelo histórico de 2006. Lo llamativo no es solo la cifra absoluta, sino la velocidad de la caída y, sobre todo, un matiz que cambia el sentido de toda la historia. Durante años, la industria del libro se consolaba pensando que el problema de la lectura era sobre todo un problema de clase, de acceso a bibliotecas, de renta familiar. Ese relato ya no aguanta. El deterioro se ha extendido a todos los niveles socioeconómicos, lo que apunta a un cambio de fondo en cómo una generación entera se relaciona con el texto escrito, tenga o no libros en casa.
No es que esta generación lea menos palabras, probablemente lea más que ninguna otra, entre mensajes, subtítulos, publicaciones y notas de voz transcritas. Lo que parece estar erosionándose es otra cosa, la capacidad de sostener la atención el tiempo suficiente para construir un argumento, seguir una trama con giros, entender una metáfora que no se explica sola. Esa competencia, la que mide PISA, es justo la que necesita cualquier novela, cualquier ensayo, cualquier obra de teatro que no se resuelva en dos escenas. Es la materia prima de la que vive la literatura, y también el periodismo cultural que la acompaña.
La pregunta lógica es qué hace la industria cultural con esto, más allá de lamentarse. Porque hay ahí una historia poco contada, la de un sector, el del libro infantil y juvenil, que lleva años intentando competir por la atención de los adolescentes contra el móvil, con estrategias que van del formato manga y las novelas gráficas al auge de BookTok, que en los últimos años ha conseguido lo que ninguna campaña institucional logró, que chavales de quince años hagan cola para comprar una novela el día de su lanzamiento.
Buena parte de la crítica literaria, de la programación de clubes de lectura, de los propios formatos periodísticos con los que contamos historias culturales, sigue asumiendo una capacidad de concentración que el propio informe demuestra que se está reduciendo. No se trata de rebajar la exigencia, sino de preguntarse con honestidad si el problema es solo de quien lee o también de cómo seguimos contando la cultura sin adaptarnos a cómo se lee ahora.
Merece la pena, además, salir del ombligo español y mirar con algo más de curiosidad a los países que sostienen mejor el nivel lector pese al mismo entorno digital y las mismas pantallas, más allá del socorrido ejemplo de Estonia o Corea del Sur. Qué hacen distinto sus bibliotecas, sus editoriales infantiles, su forma de acercar el libro a un adolescente que también tiene el móvil en el bolsillo.
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