Te lo mandan leer, normalmente A sangre fría, y uno empieza pensando que tiene delante otro clásico obligatorio de esos que vienen con subrayador, examen y bostezo preventivo. Luego aparecen una familia asesinada, un pueblo diminuto, dos criminales, una prosa que avanza como si supiera exactamente dónde hacer daño y una pregunta bastante incómoda para cualquiera que quiera dedicarse al periodismo. ¿Hasta dónde se puede contar la realidad sin traicionarla?

Ahí sigue Capote, cuarenta y dos años después de su muerte.

No tanto como una reliquia literaria, sino como ese autor que todavía se cuela en las conversaciones sobre cómo narrar, cómo mirar y cómo convertir un hecho en una historia sin dejar de hablar de hechos.

Y los periodistas tenemos especial culpa de que siga vivo. Porque, seamos sinceros, a quién de nosotros no le han mandado leer A sangre fría en algún momento de la carrera. Cambia la universidad, cambia el profesor y cambia el curso, pero Capote reaparece con una puntualidad casi académica. No es casualidad.

Entendió antes que muchos que contar bien una historia no significa inventarla. Que la realidad, si uno sabe observar, ya viene cargada de personajes, silencios, contradicciones y finales incómodos.

El niño que ya estaba tomando notas

Truman Streckfus Persons nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924 y pasó parte de su infancia en Monroeville, Alabama. Allí coincidió con Harper Lee, futura autora de Matar a un ruiseñor. No está mal como amistad infantil.

Capote empezó a escribir muy pronto. Mientras otros niños coleccionaban cromos, él observaba a los vecinos y convertía sus pequeñas tragedias domésticas en relatos. Ya había algo muy suyo en aquello.

Su primera novela, Otras voces, otros ámbitos, apareció en 1948. Más tarde llegarían El arpa de hierba y Desayuno en Tiffany’s, publicada en 1958. Esta última terminaría asociada para siempre con Audrey Hepburn, aunque la Holly Golightly de Capote tenía más esquinas que la versión cinematográfica. Más contradicción, menos escaparate de joyería.

Capote ya era un escritor reconocido. Pero todavía no era Capote con mayúsculas.

En noviembre de 1959, una pequeña noticia llamó su atención. Cuatro miembros de la familia Clutter habían sido asesinados en su casa de Holcomb, Kansas. Capote decidió viajar hasta allí acompañado por Harper Lee.

Lo que parecía material para un reportaje terminó convirtiéndose en una investigación de años. Habló con vecinos, policías, conocidos de la familia y con los propios asesinos, Perry Smith y Richard Hickock. De aquella inmersión nació A sangre fría.

Y aquí aparece el Capote que interesa especialmente a quienes hemos pasado por una facultad de Periodismo. Capote llamó a aquello novela de no ficción. Los hechos eran reales, pero la estructura, el ritmo, las escenas y la construcción de personajes tenían ambición literaria.

El periodismo no tenía por qué sonar a acta notarial. Podía tener atmósfera. Podía detenerse en un gesto. Podía utilizar el silencio. Podía construir tensión sin abandonar los hechos.

Hoy, cuando el true crime llena plataformas, podcasts y documentales, la fórmula parece casi evidente. En los años sesenta no lo era tanto.

Truman entra en sociedad

El éxito de A sangre fría terminó de convertirlo en una celebridad. Frecuentaba fiestas, aparecía en televisión y cultivaba amistades con algunas de las mujeres más poderosas de la alta sociedad neoyorquina. Babe Paley, Gloria Guinness o Lee Radziwill formaban parte de aquel universo que luego sería conocido como el de los cisnes de Capote.

Durante años trabajó en Plegarias atendidas, una novela destinada a retratar aquel mundo de dinero, apariencias, adulterios y secretos. Cuando algunos capítulos comenzaron a publicarse en Esquire en 1975, varias amistades reconocieron demasiado. Hay una regla no escrita entre los ricos y los escritores. Puedes sentarte a su mesa, pero procura no publicar el menú.

Capote lo publicó entero y muchas de aquellas amistades desaparecieron.

El precio de convertirse en personaje

En sus últimos años, la frontera entre Truman Capote escritor y Truman Capote espectáculo empezó a desdibujarse demasiado. Sus problemas con el alcohol y otras sustancias se hicieron cada vez más visibles. Aparecía en televisión, protagonizaba episodios incómodos y su salud empeoraba.

Mientras tanto, Plegarias atendidas, el libro que debía convertirse en su gran obra final, nunca llegó a completarse. El hombre que pasó media vida convirtiendo a los demás en personajes acabó convertido en personaje de sí mismo.

Cuarenta y dos años después de su muerte, seguimos hablando de Truman Capote porque muchas de las discusiones que abrió no se han cerrado.

Capote pasó su vida entrando en habitaciones donde probablemente no debía entrar, escuchando conversaciones que quizá no debía escuchar y contando historias que más de uno habría preferido mantener cerradas. Muy elegante todo. Muy cuestionable también. Pero tremendamente periodístico.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora