Hay dos posibles imágenes de Felipe VI ante la crisis de Ceuta y las dos apuntan en direcciones aparentemente opuestas. En una, el rey cruza el Estrecho y visita la ciudad autónoma para mostrar la presencia de la Jefatura del Estado en un territorio cuya soberanía Marruecos sigue cuestionando. En la otra, permanece en Madrid y descuelga el teléfono para hablar directamente con Mohamed VI en busca de una salida a una crisis que ha vuelto a poner a prueba las relaciones entre ambos países.

Las dos opciones han estado sobre la mesa durante las últimas semanas. Alberto Núñez Feijóo ha pedido al Gobierno que facilite una visita del jefe del Estado a Ceuta y asegura estar convencido de que el monarca quiere desplazarse hasta allí. “Estoy convencido de que el Rey quiere ir a Ceuta”, sostuvo el líder del PP, que ha situado el gesto dentro de la defensa de la soberanía y la integridad territorial de España.

Desde la propia ciudad también se ha alimentado esa posibilidad. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, explicó después de reunirse con Felipe VI en Marivent que el Rey tiene intención de acudir a Ceuta, aunque sin fecha determinada. 

Pero casi al mismo tiempo se ha conocido que el Gobierno llegó a sondear a la Casa del Rey sobre la conveniencia de que Felipe VI llamara a Mohamed VI durante la crisis. La conversación finalmente no se produjo y Zarzuela mantiene tanto esa posibilidad como una eventual visita sometidas a las decisiones del Ejecutivo y a que resulten “útiles y razonables”. 

No deja de ser una paradoja. El mismo rey al que se reclama como símbolo de soberanía frente a Marruecos es también una de las figuras que pueden servir como puente con Marruecos. Y no es una contradicción nacida con Felipe VI.

La diplomacia personal de Juan Carlos y Hassan II

Durante buena parte del último cuarto del siglo XX, las relaciones entre Madrid y Rabat tuvieron una especie de segunda diplomacia instalada en los palacios. Por debajo estaban los gobiernos, los ministros, las embajadas y una lista de conflictos que nunca terminó de desaparecer: el Sáhara Occidental, la pesca, la inmigración, las aguas territoriales, Ceuta y Melilla. Por encima, la relación personal entre Juan Carlos I y Hassan II.

En Marruecos se hablaba abiertamente de aquellos vínculos como una ventaja política. En 1983, el entonces ministro de Exteriores marroquí, Mohamed Bucetta, destacaba en una entrevista la “estima recíproca” y la “comunión de espíritu” que unían a ambos monarcas y sostenía que aquellos “lazos fraternales” habían contribuido a superar dificultades entre los dos países. 

La imagen de aquella relación sobrevivió durante décadas. No significaba que Hassan II hubiera renunciado a las reivindicaciones territoriales de Marruecos ni que Juan Carlos I pudiera solucionar por teléfono aquello que los dos Estados no conseguían resolver. Significaba que existía un canal adicional cuando la política convencional empezaba a atascarse.

La escena que probablemente mejor condensó esa cercanía llegó en 1999, durante el funeral de Hassan II. Las lágrimas de Juan Carlos I en Rabat quedaron incorporadas a la iconografía de aquella relación. Según ha recordado El País, el entonces rey español habría trasladado después al recién entronizado Mohamed VI una frase que sintetizaba aquella dimensión casi familiar: Hassan II había sido para él como un hermano mayor y, desaparecido este, Juan Carlos pasaba a asumir simbólicamente ese lugar ante su hijo. 

Pero aquella fraternidad tenía siempre una frontera. Hassan II fue precisamente quien sugirió a Juan Carlos I la creación de una “célula de reflexión” sobre Ceuta y Melilla, una propuesta que mostraba hasta dónde podía llegar la relación personal y dónde comenzaban los intereses de Estado. Marruecos podía considerar al monarca español casi de la familia y al mismo tiempo mantener una reivindicación sobre dos ciudades españolas. Las dos cosas convivieron.

Del afecto real a miles de millones en negocios

Sería incompleto explicar esa relación únicamente a través de amistades familiares, llamadas telefónicas o gestos de afecto. A medida que España y Marruecos profundizaron sus vínculos, la economía convirtió la buena relación bilateral en algo cada vez más difícil de separar de los intereses materiales.

Las visitas reales han servido repetidamente como escenario para encuentros empresariales, acuerdos económicos y mensajes dirigidos a inversores de ambos países. En 2013, Juan Carlos I viajó a Marruecos acompañado por una nutrida representación empresarial y defendió ante empresarios españoles y marroquíes la construcción de un “espacio de prosperidad compartida”. La Casa Real destacaba entonces áreas como el transporte, la energía o el agua, sectores en los que empresas españolas buscaban participar en la modernización marroquí.

Felipe VI mantuvo esa línea después de llegar al trono. Durante su visita de Estado a Rabat en 2019, agradeció a Mohamed VI el “afecto fraternal” recibido y definió a España y Marruecos como “verdaderos socios estratégicos” ante representantes empresariales de ambos países. 

Las cifras ayudan a entender hasta qué punto aquello dejó hace tiempo de ser retórica cortesana. España es el primer socio comercial de Marruecos desde 2012. En 2024, los intercambios entre ambos países alcanzaron un récord de 22.693 millones de euros y Marruecos se ha convertido en el principal destino de la inversión española en África. España era además, según los últimos datos recogidos oficialmente por ambos gobiernos, el tercer inversor extranjero en el reino alauí. 

La frontera política convive, por tanto, con una integración económica creciente. Mientras Rabat mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla, empresas españolas producen, venden e invierten en Marruecos y compañías marroquíes hacen negocios en España. Los gobiernos cooperan en inmigración, terrorismo, narcotráfico y seguridad mientras discuten sobre el Sáhara o las aguas territoriales.

Las coronas han ayudado históricamente a envolver esa relación en un lenguaje de continuidad. Los gobiernos cambian; los reyes permanecen. Aunque tampoco los reyes son ya los mismos.

De padres a hijos, pero con menos intimidad

Felipe VI y Mohamed VI se conocen desde la infancia. Coincidieron ya en 1975, durante la proclamación de Juan Carlos I, cuando el actual monarca marroquí tenía 12 años y Felipe de Borbón apenas siete. Sin embargo, su relación no parece haber reproducido el grado de intimidad alcanzado por sus padres.

Hay también una razón institucional que conviene no perder de vista. Hablar de “las dos monarquías” puede llevar a una equivalencia que no existe. Felipe VI y Mohamed VI son reyes, pero no son el mismo tipo de rey.

La Constitución española limita profundamente la actuación política del monarca. Felipe VI representa al Estado y desempeña la más alta representación de España en sus relaciones internacionales, pero la dirección de la política exterior corresponde al Gobierno y sus actos institucionales están sometidos al marco constitucional correspondiente. Mohamed VI dispone de un poder político muy superior, ejerce una influencia decisiva sobre áreas centrales del Estado marroquí y suma además su condición religiosa de Comendador de los Creyentes. Esa asimetría explica también por qué la diplomacia personal de los actuales soberanos tiene límites diferentes.

Y después está Ceuta. Si alguien busca un precedente para medir las consecuencias de una eventual visita de Felipe VI, no tiene que imaginarlo. Ocurrió en noviembre de 2007. Juan Carlos I y la reina Sofía viajaron entonces a Ceuta y Melilla. Era la primera visita de los monarcas como reyes a las dos ciudades y el primer desplazamiento de un jefe del Estado a Ceuta en más de siete décadas. Miles de personas salieron a recibirlos. Juan Carlos I explicó que tenía un “compromiso pendiente” con los ceutíes y, en Melilla, trasladó el “firme respaldo” de la Corona. 

Rabat reaccionó antes incluso de que comenzara el viaje. Marruecos llamó a consultas a su embajador en Madrid y calificó la visita de “lamentable”. Mohamed VI terminaría expresando su “viva condena”, mientras su Gobierno describía el desplazamiento como una provocación.  Pocos días después, sin embargo, Marruecos ya buscaba cómo recomponer la situación. Su portavoz gubernamental utilizó una expresión reveladora: pidió a España que “colocara su mano dentro de la nuestra” para superar la crisis y preservar la relación bilateral. 

Casi veinte años después, la escena vuelve a resultar familiar. La crisis migratoria de este verano ha colocado otra vez a Ceuta en el centro de la política española y ha devuelto al debate la posibilidad de que un rey visite una ciudad cuya españolidad Marruecos cuestiona. Rabat ha reforzado entretanto el control fronterizo para impedir nuevas entradas masivas, mientras el Gobierno español rechaza negociar cualquier cuestión relacionada con la soberanía de Ceuta y Melilla. 

Una visita de Felipe VI tendría inevitablemente una dimensión interior. Después de una crisis que ha golpeado profundamente a Ceuta, la presencia del jefe del Estado podría interpretarse como un gesto hacia sus habitantes y hacia una ciudad que reclama sentirse respaldada por las instituciones nacionales. Pero la experiencia de 2007 permite anticipar que Rabat difícilmente contemplaría esa fotografía como una visita institucional cualquiera.

Por eso la discusión alrededor de Felipe VI trasciende el calendario de Zarzuela. Durante medio siglo, las casas reales española y marroquí han participado en una relación singular: familias próximas, economías cada vez más entrelazadas y dos Estados separados por disputas que nunca terminan de desaparecer. Juan Carlos I y Hassan II construyeron una diplomacia personal que sus hijos no han reproducido con la misma intensidad, pero todavía hoy el Gobierno español contempla al Rey como un posible interlocutor con Mohamed VI cuando la relación atraviesa dificultades.

Felipe VI se encuentra así ante las dos caras de esa herencia. Puede ser el monarca que visite Ceuta y proyecte la presencia de la Corona sobre la ciudad. También puede ser el rey al que un Gobierno recurra para mantener abierto un canal con Rabat. En realidad, esas dos funciones llevan décadas conviviendo en las relaciones entre las dos monarquías, incluso cuando una mirada al mapa basta para recordar hasta dónde alcanza esa cercanía.

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