En Epifanía (Temas de Hoy), Israel Merino se adentra en el corazón áspero de la España rural para desmontar cualquier postal complaciente. Su nueva novela combina la tensión del thriller con una mirada moral incómoda, casi quirúrgica, sobre la culpa compartida que sostiene a un pueblo entero. No hay paisaje idílico ni costumbrismo amable. En el páramo en forma de hojas de papel conviven polvo, rabia, silencios heredados y una juventud que crece entre la precariedad, la ansiedad y la sensación constante de que, para sobrevivir, hay que escapar.
Tras explorar el reverso oscuro de la ciudad en Más allá de la noche, Merino traslada ahora el foco a los pueblos de la meseta, a esa llanura donde —según su propia definición— “no hay nada más por descubrir” y donde las leyes morales paralelas pesan más que cualquier código escrito. En una conversación con Revista Bando, habla de sexo y depravación, de masculinidad herida, de inmigración y rencores enquistados, de ancianos “tronados” por una vida de trabajo árido y de jóvenes obligados a seguir checkpoints invisibles si no quieren quedarse fuera. También reflexiona sobre la nostalgia, el ego y la escritura como ajuste de cuentas.
Pregunta: Tiene mucho mérito haber hecho que Pedro Vallín y Alberto Olmos coincidan en una opinión.
Respuesta: Es algo que le ha sorprendido muchísimo a la editorial. Vallín es amigo personal y Olmos es compañero en El Confidencial. Sin embargo, quiero pensar que no he sido yo quien les ha convencido sino el libro. Te reconozco que cuando me dijeron que iba a ser Olmos quien me iba a reseñar, me acojoné.
P: La he leído y saliste bien parado. Más allá de Olmos, hay unanimidad en torno a Epifanía: es un buen libro. ¿Te cuidas del narcisismo?
R: Llevo bastante tiempo viviendo de la escritura y eso me ha servido para gestionar el egocentrismo. No es lo mismo escribir columnas que novelas, pero mi obsesión es que el ego no me posea. He visto a gente muy lista completamente reventada por su culpa. Tener eso en perspectiva me sirve para saber dónde no quiero llegar. De todas formas, tampoco soy Ken Follet.
P: En tu anterior obra, Más allá de la noche, analizabas la cara b de las ciudades. Con Epifanía, muestras la de los pueblos.
R: Al final, una obra literaria te debe enseñar algo y no quedarse en algo inane. Por supuesto, debe hacerte disfrutar y estar bien escrita, pero qué menos que hacerte pensar sobre ciertas cosas. Esto no quiere decir que sea un libro social o panfletario, ya que todo esto me da pereza. Más allá de la noche fue un reportaje novelado y eso lo estructuraba más cerca del periodismo. Ahí mostré el lado más chungo de de la ciudad y ahora he querido hacer lo mismo con los pueblos con una obra totalmente ficticia. No me gusta contar lo bello. En lo sórdido también hay cierta belleza y de ello se pueden sacar cosas bonitas. Hay gente que cuenta lo bonito mucho mejor que yo. A mí lo que se me da bien mirar el lado negativo.
P: Se te da bastante bien relatar la depravación. Y ahí, englobo el sexo.
R: El sexo es como el dinero y todo gira a su alrededor. Una persona es conservadora por un motivo económico, material y sexual. Si quieres contar algo humano debe haber sexo. El problema es que el sexo está tan jodiamente trillado y machacado que no se puede contar el sexo en una obra literaria de una forma positiva sin dar un puto lache de la hostia. A mí un relato erótico no me pone cachondo. Me hace gracia. ¿Qué mejor forma de contar sexo que llevarlo a lo sórdido, a lo extremo y a lo asqueroso? Me encanta la depravación y es una palabra que la izquierda debe arrebatar a la derecha. Ellos dicen: "Ah, esto es de depravados". Anda que no hay depravación en los sitios conservadores y en las cosas raras que hacen.
P: Me gusta del libro su atemporalidad. Uno puede colocarlo en la actualidad por elementos como los patinetes eléctricos, la música de Abhir o el consumo de codeína. Sin embargo, varias generaciones pueden verse reflejados en la historia.
R: Fíjate que ahora los modernos van con chándales de los 90, pero esta gente los lleva de forma genuina. Es su chándal. Cuando escribí Más allá de la noche, me pasó un poco lo contrario. Al ser periodismo, lo ubiqué justo después de la pandemia y se quemó superrápido. Pensaba que la pandemia iba a generar una cicatriz de la hostia y a cambiar la forma de entender el ocio. Me di con un canto en los dientes.
P: Te has alejado de la romantización de la vida rural y hablas del desierto de La Mancha.
R: Es muy fácil decir que tu pueblo es la hostia cuando se llama Cudillero, por ejemplo. El mar hace que todo sea mejor. No conozco ninguna ciudad costera que sea fea en España. Bueno, Alicante quizás. Pero el mar, el bosque o las montañas son elementos fascinantes para vivir porque te invitan a la imaginación. Si eres un niño que crece en ese entorno tienes un enorme hueco para el misterio. De hecho, que las zonas con su propia mitología estén en el norte es por algo. Lo que sois de allí no entendéis cómo es la meseta castellana. ¿Tú sabes lo que es subirte a la iglesia de tu pueblo, mirar a tu alrededor y que no haya nada? ¿Que la vista se te pierda en el horizonte? De hecho, miras algunas direcciones y no ves ni otros pueblo. Viendo eso, ya sabes que no hay nada más por descubrir. Te genera una especie de sensación de tener que ir agachado para que no te disparen. Es un rollo psicológico bastante raro.
P: Eso forja.
R: Genera personas más duras y resilientes. También seca y sin espacio para la fantasía. Y para poder estar bien, tienes que idealizarlo. Idealizas la matanza, por ejemplo. Mi pueblo, Fuensalida, tiene características similares al pueblo del libro, y en San Blas desollan libres. Tienes que romantizarlo porque, si lo piensas fríamente, es una salvajada que apesta a sangre. Hay que hacerlo porque hay que comer, pero no es simpático. Romantizamos las matanzas para no volvernos locos. Al final, la gente vive de sus relatos y narrativas.
P: ¿Este libro te ha ayudado a reconciliarte con algo o alguien?
R: Me ha servido un poco para reconciliarme y también para ajustar cuentas.
P: Estarán hablando de ti en el pueblo.
R: No lo sé. Es curioso porque mi pueblo tiene 12.000 habitantes y no hay ninguna librería. No sé que dice eso, pero algo dice.
P: Epifanía reflexiona sobre la juventud en el entorno rural
R: En los pueblos se puede vivir muy bien siendo joven si sigues el carril que te marcan. Tampoco es lo mismo vivir que habitar. Quien lo habita debe recorre una especie de circuito. Empiezas a los 16 años haciendo la confirmación y a esa edad es cuando tus padres te permiten salir. Entonces, empiezas a ir a los bares de copas del pueblo y a salir donde sale el resto. A los 18 años te sacas el carnet de conducir porque sin él no haces una mierda.
P: No puedes ni follar.
R: En mi pueblo la gente va a unas calles abandonadas que se hicieron en 2008. Es gracioso porque el Ayuntamiento construyó unos muretes para impedir el paso y casi queman el pueblo. Bajó la natalidad ese año.
P: Hostia.
R: Si eres joven tienes que seguir esos checkpoints. Y si no lo haces, vas a tener un problema muy grande de integración. El otro día lo pensaba. El instituto de mi pueblo tiene 1.200 alumnos y no hay ni una persona gay. Obviamente hay, pero la gente no quiere salirse de los cánones. Y si lo haces, te tienes que ir.
P: En el libro hay un personaje que lucha contra su realidad sexual.
R: Si eres gay en un pueblo tienes dos caminos: ocultarlo o aceptar que eres el maricón del pueblo. En ese caso no te van a pegar mucho, pero vas a tener ese sanbenito toda la vida. Entonces, ya no es que la gente lo tape, es que lo niega. De ahí toda esa mierda de las terapias de reconversión. Por culpa de estas situaciones, optas por negarlo y evitarlo. La gente no quiere pasarlo mal.
P: También te muestras severo con los ancianos. Los que a priori deberían ser los patriarcas, sabios y guías morales del grupo, son dibujados como seres severos, oscuros y depravados.
R: La gente mayor de los pueblos está muy tronada. Son personas que llevan toda la vida trabajando para conseguir no demasiado. Además, han trabajado una tierra árida que no da nada ya que que lo único que puedes cultivar es un aceite de segunda y un vino horrible. Es gente que ha mirado mucho tiempo por la ventana y esos se vuelven totalmente chiflados. Entonces, se genera este rollo de que el pueblo es mío. Aquí se hace lo que yo digo porque es mi pueblo. Pero, ¿por qué es tuyo? Se crea una ley paralela a la ley real. Una ley moral extraña. También hay mucho adicto a las benzodiacepinas. Me recuerda al meme de las ciudades de "Ah, te vas a hacer vivir en tu piso de 20 m2 y a cenar lorazepam". ¿Tú te crees que en los pueblos no cenan de lorazepan? Hay gente muy machacada que ha sufrido mucha opresión. También señalamientos. La gente lo ha pasado muy mal en los pueblos de este país.
P: Defines al Dios de Castilla como "cruel, vengativo y rencoroso infantil".
R: Dios es el mismo en todos lados, pero no siempre se le interpreta igual. El Dios de Castilla no suele perdonar y da más importancia a la penitencia que al perdón. Es un Dios que cree que el sufrimiento purifica. Yo creo que es todo lo contrario. El sufrimiento hay que intentar evitarlo porque nunca es bueno. Castilla reza a un Dios que quiere que la gente sude. Esto provoca que haya una ética rara del trabajo. Incluso más protestante que católica. Cuando se muere alguien siempre dicen, "Era muy buena persona y muy trabajadora. ¿Por qué? ¿Porque se tiró 14 horas al día en el campo hasta que murió?. ¿Eso es algo bueno?. No lo sé.
P: ¿La inmigración salva o destruye pueblos?
R: Provoca cambios. Un progresista te diría que cualquier cambio siempre es mejor porque supone una evolución. La inmigración es algo que pasa y punto. A los pueblos ha llegado mucha inmigración rumana, ahora está llegando mucha inmigración latina y marroquí. También española, de gente que no puede pagar el alquiler en las ciudades y se va a vivir a los pueblos. Eso provoca cambios y la gente que vive en el pueblo intenta que esos cambios no permeen. Entonces, ¿qué pasa? Que los pueblos se guetifican y se generan muchísimos conflictos. Donde haya un cambio habrá siempre una reacción. Y y ya está. Hay que ser maduro con esto y tratarlo con absoluta normalidad. Van a pasar cosas y ya está. Lo malo que suceda se intenta solucionar y lo bueno se intenta premiar.
P: También dices sobre la inmigración: "El destino de quien llega antes es odiar al que llega después"
R: Es un poco la batalla del penúltimo contra el último. Las personas más racistas que he conocido son hijos de inmigrantes. Lo tengo súper probado. Llegan y de repente dicen: "He entrado yo, que no entre nadie más".
P: "Las buenas familias de pueblo fijen que todo está bien y hablan siempre lo menos posible".
R: La basura en bolsitas bien cerradas y que no huela. Que las cosas no se hablen y no se quieran solucionar, genera odios enraizados. Hay familias en mi pueblo que no se hablan por cuestiones de los años 50. Es algo muy turbio.
P: A veces veo conflictos en mi pueblo y pienso que si hubiera otra Guerra Civil, tardan 20 segundos en matarse otra vez entre todos.
R: Si tu tienes un conflicto en una ciudad es tu conflicto y el de esa persona. En un pueblo eres tú, tu familia... Se hereda el mal rollo, además. En Castilla la gente se mata por un metro de tierra que luego no va a producir nada.
P: ¿Y la nostalgia?
R: Es algo inevitable. Punto. Idealizar y sentir nostalgia es absurdo. "En 2006 se vivía mejor". Ok, sí. Pero de momento no tengo ninguna máquina del tiempo. Puedo hacer dos cosas: meterme en mi burbujita de romantizar el pasado y no conseguirlo porque es imposible; o puedo mirar hacia delante e intentar que el futuro sea lo más divertido posible.
P: ¿Qué tal se lleva el Israel escritor con el periodista?
R: Conviven y se retroalimentan muy bien. Un buen novelista tiene que ser antes de nada un buen escritor. También debe mirar menos por la ventana y salir a la calle. Ser periodista me ayuda a mirar a la gente, pensar menos en mí mismo y ver que existe más mundo. Pregunta a la gente, habla con ellos, conoce su opinión.
P: Escribes Quetsup, con "q".
R: Tuve alguna disputa con la editora por ello. Simplemente, quería escribirlo así. No hay que darle ninguna victoria al inglés.