Hay libros que uno recuerda haber comprado. Otros, haber pedido prestados. Y luego están esos pocos que aparecen en tu vida casi por accidente.
Este 2026 se cumplen 25 años de La sombra del viento y la sensación no es solo la de celebrar un aniversario literario, sino la de volver a un lugar íntimo. A una edad concreta. A una mesa de clase. A una edición algo gastada que alguien -un profesor, un plan de estudios, el azar- puso delante de nosotros. Por ejemplo, a mí me obligaron a leerlo en el colegio, y menos mal. Porque lo que parecía otra lectura obligatoria terminó siendo, para muchos, la primera vez que un libro nos atrapaba de verdad.
Un comienzo pequeño que abre un mundo enorme
Carlos Ruiz Zafón construyó la novela sobre un gesto mínimo: un padre lleva a su hijo, Daniel Sempere, a un lugar secreto en la Barcelona de posguerra, el Cementerio de los Libros Olvidados. Allí el niño debe escoger un libro para protegerlo del olvido. Elige uno cualquiera. Y, como en los buenos cuentos, ese gesto diminuto lo cambia todo.
El volumen pertenece a un escritor misterioso, Julián Carax, y pronto aparece una figura oscura decidida a destruir todos sus ejemplares. Lo que empieza como curiosidad infantil se convierte en investigación, luego en obsesión y finalmente en una historia mucho más grande: una red de amores imposibles, heridas que atraviesan décadas, amistades que salvan cuando todo parece perdido.
Zafón entendía algo esencial del arte de narrar: que el misterio no está solo en lo que ocurre, sino en cómo nos hace sentir mientras ocurre. Por eso la novela avanza como un susurro que se vuelve tormenta sin que el lector apenas lo note.
La Barcelona que muchos conocimos primero en la ficción
Para muchos lectores, la Barcelona de La sombra del viento fue una ciudad conocida antes incluso de visitarla. Una geografía de callejones húmedos, librerías polvorientas, pensiones en penumbra y edificios que parecen guardar secretos en las grietas. No la postal turística, sino la ciudad herida de la posguerra, donde la belleza convive con la pérdida.
Ese paisaje no era simple decorado. Era emoción. Zafón convertía las calles en memoria y la memoria en atmósfera. Quizá por eso tantos lectores sintieron que caminaban dentro del libro, como si la ficción tuviera textura.
El raro milagro de hacer lectores
El éxito de La sombra del viento fue enorme, pero su verdadera dimensión no está solo en las cifras. Está en algo más difícil de medir: la cantidad de personas que volvieron a leer -o empezaron a hacerlo en serio- gracias a esa historia.
Zafón escribía con una ambición clara y sin complejos: quería atrapar al lector. Quería que pasara páginas de madrugada. Quería que la literatura volviera a sentirse como una aventura. Y lo consiguió en una época que ya empezaba a llenarse de distracciones rápidas.
Lo extraordinario es que lo hizo sin cinismo, sin ironía distante, creyendo profundamente en el poder de contar historias. Algo que, visto desde hoy, resulta casi revolucionario.
Con el tiempo, la novela dejó de ser solo un bestseller para convertirse en una especie de memoria común. Cada lector guarda su propia escena: el descubrimiento de Fermín, una frase subrayada, una noche en vela. No es frecuente que un libro contemporáneo alcance ese lugar emocional.
Tal vez porque hablaba, en el fondo, de algo muy sencillo: que los libros pueden salvarnos. No siempre de forma espectacular. A veces solo acompañan. A veces solo iluminan un poco.
Cumplir 25 años en un mundo distinto
Un cuarto de siglo después, el contexto ha cambiado por completo. Pantallas, inmediatez, historias que duran segundos. Y, aun así, La sombra del viento sigue encontrando lectores nuevos con una calma casi obstinada, como si perteneciera a otra velocidad del tiempo.
Celebrar su aniversario es volver a ese instante en que alguien abre el libro sin saber que está a punto de cruzar una frontera invisible: la que separa a quien lee por obligación de quien descubre que ya no quiere dejar de hacerlo.