Marc Colell (Barcelona, 1975) pasó cinco años en Argentina y descubrió allí un paraíso para la creación literaria. Esta experiencia vital está en el origen de ‘Las crines' (Siruela), la novela con la que ha ganado el Premio de Novela Café Gijón 2025, donde relata el viaje de un hombre a la Pampa en busca de soledad. Contra todo pronóstico, acaba descubriendo que ni siquiera allí, perdido en medio de la inmensidad, puede estar solo. La novela se convierte así en una crónica íntima de un desplazamiento físico y emocional. “Es un personaje que lleva una orfandad y busca compañía, pero no sabe cómo encontrarla”, nos explica el autor en una entrevista. Esa tensión entre el deseo de aislamiento y la necesidad del vínculo recorre todo el libro.

'Las crines' es sobre todo un relato bonito, poético diría, en el que aparentemente no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa todo: la vida y lo que verdaderamente importa. El autor convierte el viaje de su protagonista en un ensayo sobre la existencia y la fragilidad humana, nuestros deseos y cómo todo cambia según la mirada con la que observes.

Colell asegura que para él escribir es una necesidad vital, a veces dolorosa. Frente a la idealización del escritor y el fetichismo tecnológico, defiende una creación basada en la mirada personal y en la honestidad. “Para escribir hacen falta palabras, nada más”, afirma. Y añade criticando el consumismo que nos rodea: “No es necesario un MacBook, no hay un escritorio, no hay un ventanal”.

El autor reflexiona sobre el alto precio que pagamos, como sociedad, por ese consumismo que impide que disfrutemos de aquellas actividades que nos planteamos: “Nos olvidamos del deseo para consumir una idea preconcebida del mismo”. 

Entrevista Marc Colell: "Estoy condenado a escribir"

P.- 'Las crines', el libro con el que has ganado el premio Café Gijón, es una obra muy personal y diferente. ¿Cómo lo calificarías tú?
R.- Es una pregunta difícil, todo libro debe ser muy personal, justamente la literatura o el ejercicio de la escritura tiene que plasmar un sujeto, una subjetividad radical. A mí los libros que me interesan son los que muestran una mirada de un autor, aunque sea a través de un personaje inventado, que tiene que ser único o dar la sensación de que lo es. Aquí está la magia del artificio literario de la ficción, es decir, algo falso, pero que tenga todos los visos de parecer verdadero. Ahí es donde encuentro la magia de la literatura, más allá de grandes peripecias o de libros con grandes acontecimientos, que no me interesan tanto. Busco como lector relatos en los que hay una voz real y eso es lo que intento como escritor.

P.- La novela relata un viaje físico, a la Pampa argentina, pero es también un viaje interior.
R.- Todo libro de narrativa implica un movimiento y un viaje interior. En este caso, es muy llamativo, el personaje se va a un lugar desconocido, donde las cosas son realmente sorprendentes para él. A mí me fascinan los libros de grandes viajes que son entretenidos, nos llaman a la aventura, pero también hay libros que tratan de cuestiones más pequeñas o familiares, que implican también una ruptura con lo establecido y por tanto algún tipo de algún tipo de viaje. 

En la literatura gauchesca también está muy presente siempre la noción del viaje, ir al desierto, como se llama en la literatura argentina a la Pampa. Argentina se ha hecho a sí misma con viajeros de otros mundos, sobre todo españoles e italianos. Los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de los que viven allí hoy en día, se despidieron de sus seres queridos hace años para huir de sus vidas, generalmente de la escasez y el hambre, e ir a probar suerte a otro lugar del mundo, donde no existían los mecanismos actuales de comunicación. Ellos no tenían la posibilidad siquiera de volver. He escuchado testimonios muy dolorosos: mi abuela me contaba que cuando la gentes se subía a los barcos, sus familias se quedaban en el barco llorando, porque esa marcha era para siempre. Esa memoria está interiorizada en el inconsciente colectivo de Argentina. 

P.- ¿Qué es Argentina para ti?
R.- Argentina ha sido un lugar donde he descubierto muchas cosas: afectos que no tenía, una nueva familia que se ha convertido en la mía también, un paisaje físico que me abrumó y me encanta, también un paisaje lingüístico, porque la lengua castellana en Argentina muestra una vitalidad saltarina casi. El argentino es muy expresivo y tiene una una vinculación muy especial con la palabra, con el chiste, con el doble sentido, con la polisemia, es una constante de jugar con el lenguaje e inventar expresiones. Me encanta ese juego con la palabra.

El argentino busca el contacto social que aquí lo hemos ido relegando poco a poco sin darnos cuenta, el compartir

No es de extrañar, por ejemplo, que existan estas comidas siempre em compañía, tan largas. Allí la sobremesa es crucial, tomar mate, que implica un montón de cosas: pasárselo, que vaya rondando, si lo tienes mucho tiempo en la mano, enseguida te te acusan -'Que no es un micrófono'-. Yo diría que el argentino busca el contacto social que aquí lo hemos ido relegando poco a poco sin darnos cuenta, el compartir. Allí en una comida se va incorporando gente y no pasa nada. Hay una permeabilidad al otro que yo sentí casi cuando fui como una caricia.

P.- El libro es un compendio de momentos compartidos y muchas ceremonias. 
R.-  Sí, incluso algo tan tonto como el beso. Allí se da solo uno y se besa mucho más. Si llegas a una casa, donde hay una mesa de 15 personas sentadas, das un beso a cada uno. Incluso me ha pasado siendo profesor, si llegan alumnos tarde, antes de sentarte te dan un beso. Si entras, por ejemplo, a una sala de profesores y hay ocho profesores, das un beso a cada uno y si es muchísima gente te tienes que disculpar. Este gesto tan trivial, acerca.

P.- Uno de los temas que atraviesa la novela es la soledad y ese personaje central que no tiene nombre, algo que parece terrible.
R.- Sí, es un personaje que lleva una orfandad, un peso, el de sentirse solo, que acarrea desde muy pequeño. incluso recuerda que en algún momento de su vida había sido un número más que un nombre. No tiene nombre porque no se me presentó en toda la novela, pero si lo rebautizan como 'Calesita' (tiovivo), siguiendo la costumbre argentina de poner apodos a todo el mundo. Cada persona tiene en su círculo querido un apodo o varios. Es una forma de acercarse. 

La soledad abunda en este libro y en todos los anteriores. Es uno de los temas principales que abordo: siempre hay personajes que están medio solos, al margen, con carencias muy claras. No sé por qué lo hago, pero normalmente van por ahí. Son personajes con un punto de sufrientes, que buscan la compañía y, a veces, no saben cómo encontrarla por sus propias limitaciones.

En 'Las crines' el personaje principal llega a una soledad buscada, pero resulta que las personas que van apareciendo le penetran. Podría rehuirlas, pero las busca, al principio con recelo, y con cierto cinismo que se va modificando a lo largo de la novela. Busca esa compañía, pero mantiene sus propias limitaciones a la hora de desarrollar ese vínculo.

P.- La acción es contemporánea, pero no hay móviles ni redes sociales.
R.- No me gusta escribir anacrónicamente, es decir, si tienen que aparecer teléfonos aparecerán, pero yo hace 10 años, que es el periodo en el que imaginé la novela, tenía uno de los que servían simplemente para llamar. 

Me gusta mucho la sensación de ir al supermercado y que no haya siete dentífricos, me encanta elegir solo entre dos

Los móviles hoy en día en esa región son como aquí, pero si hablamos un poco del consumo de objetos, son sociedades evidentemente capitalistas y consumistas, pero no llega al 100%. Me gusta mucho la sensación de ir al supermercado y que no haya siete dentífricos, me encanta elegir solo entre dos. Yo, que rehuyo un poco la compra, digamos que me visto bien para venir a las presentaciones y son mis dos mudas, a diario soy más croto [persona descuidada en su vestimenta y en su aspecto exterior], como dicen allá, paso de comprar.

El consumo en Argentina no abarca el 100% lleva a otras cosas. El consumo masivo lleva principalmente a una pérdida del deseo y es un precio muy alto. Por ejemplo, alguien que quiere montar en bici tiene que comprarse una bicicleta de 2.000€, un traje especial que no te irrite las ingles, luces de noche, luces de día, una gran equipación, etc., cuando lo que en realidad lo que quería era disfrutar de montar en bici.  Es un ejemplo tonto, pero demuestra nos olvidamos del deseo para consumir una idea preconcebida del mismo.

Pasa lo mismo con escribir. Para escribir hacen falta palabras, nada más.

P.- Palabras y también algo que contar. No todo el mundo tiene ese don.
R.- Sí, pero es una palabra detrás de la otra. No es necesario un MacBook, no hay un escritorio, no hay un ventanal, no existe nada de eso. Es una mentira, digamos. A veces hago un chiste con esto, digo: 'ahora la gente que está esperando el ordenador de las navidades para escribir un gran libro'.  Se escribe en cualquier lugar y las manías a la hora de escribir, tienen que con este consumismo occidental.

Se puede escribir en los lugares más inverosímiles

P.- ¿Dónde escribes tú?
R.- Se puede escribir en los lugares más inverosímiles. De hecho, me he preparado a mi casa un baño con una tablita para poder escribir, porque sí necesito un lugar, pero me da igual cuál, no necesito un despacho. Yo me levantaba por la mañana en el campo argentino y me preparé en una causarina, que es un árbol gigante precioso, parecido al abeto, una tablita fijada al árbol con dos clavos y por el otro lado unos ladrillos. Ese escritorio es insuperable: tenía campo, teritos -un pájaro que camina-, un ternero y un cerdo que se habían hecho amigos. Todas las mañanas venían a verme y el ternerito me miraba cómo escribía.

Cada libro te hace renacer otra vez como como escritor o como aspirante a escritor

P.- Antes decías que cualquiera puede escribir, pero es necesaria una mirada especial. Esta escena que acabas de relatar, no todo el mundo es capaz de verla.
R.- La mirada justamente se consigue rehuyendo de los tópicos, de las imposturas. Es un trabajo que tiene que hacer cualquier escritor, tienes que abandonar el alarde. El gran Borges decía que uno de los pecados de los escritores noveles era el manierismo, el barroquismo, enseñar que escribes bien. Creo que hay que esconder las herramientas y cada vez que te enfrentas a un libro tienes que hacerlo como si nunca hubieras escrito uno. Cada libro te hace renacer otra vez como como escritor o como aspirante a escritor.

P.- ¿Qué buscabas con este libro?
R.- Quería escribir un libro sin pretensiones, sencillo, elegir una voz clara y que las palabras fueran suaves, que mantuvieran una flotabilidad, como que se empujaran y que no hubiera extremos. Me tomé como un propósito que si tenía dos opciones, elegiría la más sencilla. A veces escribo más complicado, mezclando voces, pero en este caso quise hacer algo sencillo.

P.- El libro se titula 'Las crines' y hay caballos dentro de él, entre ellos uno muy especial. ¿Qué representa el caballo para ti?
R.- El caballo es un animal que no controlo. En Argentina me sorprendió el vínculo que tienen con este animal. Ha sido un animal tradicionalmente de trabajo y en la Pampa los gauchos los utilizaban para trabajar con el ganado. El gaucho ha amado mucho a los caballos.

En la novela me sirvió para poder hablar de algunas cosas: de las relaciones entre las personas o cómo les cuidamos.

No hago libros animalistas, el animal tiene importancia en relación con el humano

P.- Los animales son una constante en tu obra literaria.
R.- Sí, pero me he dado cuenta tarde. Hay perros, gatos, caballos... Pero lo que salen son personas, siempre. No hago libros animalistas, el animal tiene importancia en relación con el humano. Son el ejemplo de algo que hace el humano, por tanto siempre hablo de personas.

Cuando estoy cansado, en dos días escribo un relato y puede que sea lo mejor que haga en todo el año

P.- Antes decías que cada novela debía afrontarse como si nunca se hubiera escrito ninguna. ¿Cómo te ves en este momento?
R.-  No quiero que haya ningún peso que marque mi camino. Hasta ahora me ha ido bien con la libertad. No sé cómo me imagino como escritor, sí sé que me gustan la novela y el relato y la diferencia está en la relación que tienes con cada libro. Una novela es una especie de de pasajero exigente que se te instala y lo tienes que llevar durante mucho tiempo. El relato me sirve para descansar escribiendo. Cuando estoy cansado, en dos días escribo un relato y puede que sea lo mejor que haga en todo el año. Es un fogonazo, una intuición, como una brecha de luz por la que tiras,

Estoy condenado, entre comillas, a escribir, porque no puedo dejar de hacerlo

Espero que mi relación con la literatura sea de libertad. Ya que estoy condenado, entre comillas, a escribir, porque no puedo dejar de hacerlo, pues por lo menos que sea en un lugar fronterizo con una especie de placer doloroso.

P.- ¿Placer doloroso?
R.- Sí, suelto lastre escribiendo y, por otro lado es un proceso en sí mismo, que puede resultar tortuoso.

P.- ¿Has escrito desde que eras pequeño?
R.- No. No fui un niño lector, empecé relativamente tarde, en la adolescencia y fue una voracidad tan grande, que adoraba a los escritores. Tenía la certeza absoluta de que tarde o temprano me dedicaría a escribir libros.

P.- ¿Con qué libros te iniciaste en la lectura?
R.- Eran libros variados, los que había en mi casa de mi padre. Empecé a picotear de ahí. Podía haber un libro de relatos de Kafka junto a otro de Vázquez Montalbán o Ítalo Calvino. Unos me fascinaban, otros los dejaba y a los 17 años me senté con una máquina de escribir de estas eléctricas por una necesidad física, tan grande como la del agua cuando estás sediento. Era una sensación de que iba a hacer para lo que había nacido. Escribí unos cuantos cuentos que ya no conservo. Más tarde empecé a estudiar Humanidades y a leer de una manera más formal. Durante esos años dejé de escribir, pero seguía con esa certeza de que volvería.