ElPlural.com ofrece a sus lectores un adelanto de Las élites que dominan España, el libro del sociólogo y analista político Andrés Villena que se ha convertido en uno de los ensayos más comentados del momento. La obra examina con detalle cómo se configuran y se reproducen las redes de poder que operan en los principales centros de decisión del país, desde la economía hasta la política y las instituciones. A partir de un exhaustivo trabajo de investigación, Villena traza un mapa de las conexiones entre las élites españolas y su influencia en la vida pública. El libro, que está despertando un notable interés entre lectores y analistas, se encuentra ya en pleno camino hacia su tercera edición tras su reciente lanzamiento en librerías: 

 

Una historia sobre el poder para salir de la neblina

Es para estar asustados. La actualidad mundial se ha con- vertido en un gigantesco cómic de terror. Un tebeo poblado por supervillanos que esgrimen, orgullosamente, el saludo a la romana, y que emiten proclamas propias de una parodia política. La ultraderecha espera su momento para ganar las elecciones que tenga pendientes en cualquier plaza europea. Y, de fondo, las guerras, las amenazas climáticas y las pandemias nos observan confundidos y divididos, esperando al próximo bombardeo. Otro tanto sucede en nuestro país. Obstruyendo cualquier explicación sensata más allá de las consignas, los titulares chillones y las descalificaciones de los adversarios, presenciamos un sonoro enfrentamiento, un griterío ensordecedor de unos contra otros. Los partidos políticos colisionan así en un espectáculo teatralizado en el que han de ganarse la gracia de los jueces, de los medios de comunicación y de las grandes empresas que pilotan la economía, además de captar la atención y el favor de los votantes. No parece quedar espacio para el diálogo. Nos queda poco tiempo para olvidar a nuestros enemigos y preguntarnos con honestidad por qué la democracia parece fracasada. Por qué las estructuras de mando petrifican cualquier intento de cambiar las cosas. Y qué hace que países como el nuestro sean lugares tan poco acogedores para el progreso.

El presente trabajo ofrece un respiro a tanta agitación digital y contribuye a un debate sosegado que podría tener lugar cuando el estruendo amaine. Se propone ofrecer una historia de nuestro país que se aleje de todo combate maniqueo, y que se centre en el papel que juegan las diversas élites nacionales e internacionales. Se trata de los grupos de poder que han adoptado las decisiones más importantes en el curso de los cincuenta o sesenta años previos, y que, en muchas ocasiones, siguen siendo determinantes. Su historia no comienza hoy, ni empezó hace diez años. Analizarla nos permite entender mucho más de lo que las portadas de los medios nos gritan a diario.

Redes, dinero y discurso

Para entrar en esta historia, conviene dar un primer paso: no olvidaremos a sus protagonistas, ni sus nombres y apellidos, pero subrayamos tres elementos que van a estar continuamente presentes: las redes de poder, el dinero o capital, y el discurso legitimador que hace toda dominación aceptable. Dichos elementos conforman un sistema que tiende a la estabilidad, y que en España se mantiene desde el final de la guerra civil hasta la actualidad de nuestra democracia.

En primer lugar, las redes de poder son el conjunto de vínculos y lazos entre nuestros gobernantes, los dirigentes políticos, los altos cargos estatales y los tecnócratas de un lado y otro de la puerta giratoria, esa frontera difusa entre el sector público y el de las grandes empresas privadas por la que tantas personas transitan. Esta noción sirve para enfocar el papel del Estado como supremo árbitro de la economía y la política nacional, y extender su estudio a sus relaciones con las grandes corporaciones. De esta manera se supera la dicotomía Estado- mercado, esa separación imaginaria entre el capital privado y la Administración Pública, analizando el Leviatán, el Estado, como algo más que una élite de políticos y una gran masa de funcionarios públicos; el Estado es también un ámbito de relaciones entre personas de distinto grado técnico que, además, cruza con frecuencia los confines entre lo público y lo privado. En segundo lugar, el capital, que agrupa a las grandes empresas nacionales e internacionales que han establecido con nuestras redes de poder acuerdos e intercambios clave desde los años cincuenta. Con el capital nos referimos a las gran- des corporaciones industriales, financieras y de servicios, pero también a entidades de un menor tamaño, pero con incidencia económica y política significativa. Redes de poder y capital interaccionan profundamente; si las primeras tienden a la perpetuación de sus mandatos y de sus posiciones, la segunda categoría registra una conducta que responde a la maximización del beneficio económico a corto y largo plazo. Mientras que las primeras se restringen normalmente a un ámbito nacional, las segundas cuentan con un grado de flexibilidad añadido y en expansión, sobre todo cuando la libertad de capitales y la globalización han servido para hacer de la empresa capitalista una entidad difusa y sin patria.

Y en tercer lugar, un componente ideológico, discursivo, mítico o de creencias sin el que los dos anteriores no podrían subsistir. La dominación se ejerce a través de la fuerza, pero esta no es suficiente en ningún caso. Se hace también necesario el consenso, convencer y persuadir a los dominados. Y esto se logra con un conjunto de ideas y enunciados que todos acabamos por creernos. España necesita ser periódicamente salvada y rescatada de sus demonios interiores. Las versiones dominantes de la historia todavía mantienen que nuestro país es una nación inevitablemente atrasada y con una tendencia al enfrentamiento fratricida. Por todo ello, es mejor dotarnos de unas élites fiables que, pese a tender a mandatos autoritarios, podrán mantenernos a raya y liberarnos de nuestro canibalismo político.

Este componente ideológico se mantiene como una persistente sombra sobre los asuntos de nuestro país y su influencia no depende precisamente de la veracidad de sus postulados. Se compone de los discursos que señalan la necesidad que la nación tiene de ser intervenida frente a cada desafío para evitar males mayores. La salvación nacional es un sustrato ideológico del que no hemos logrado aún desprendernos. Dicho discurso mantiene importantes líneas de continuidad a lo largo del periodo analizado, así como modificaciones que se deben a la alteración de las circunstancias históricas, pero también a la necesidad de lograr la complicidad y el consenso con las cambiantes audiencias electorales y con los distintos grupos de poder. Se trata de un discurso prefabricado y parcial, concebido y difundido desde las mencionadas altas instancias del poder, legitimado y reproducido a través de los distintos medios de comunicación de masas, así como desde otro tipo de instancias socializadoras, como la escuela, la fa- milia o la universidad. No podemos olvidar, por supuesto, el papel culturalmente hegemónico y creciente de las grandes plataformas, los feudos de la red, para imponer y recordar los sentidos comunes mayoritarios, y para multiplicar el impacto de las ideologías y creencias dominantes.

La combinación de estas tres fuentes de poder —tecnocrático, capitalista y discursivo— nos permite observar un campo de fuerzas que se propone como explicación alternativa a la promovida por cada partido o conjunto de ideologías más o menos excluyentes. Un sistema que además puede explicar el poder y la desigualdad en nuestro país.

Este planteamiento subraya una nueva narrativa que pue- de enseñarnos cómo se gobierna España. Desde el discurso de salvación nacional de los tecnócratas del llamado Plan de Estabilización, aprobado en 1959, y considerado el inicio del milagro económico, la presente obra analiza las formas de legitimidad de los gobiernos del último período autoritario, el de la transición, los de los progresistas y conservadores de la etapa dorada de la democracia, transcurrida entre 1982 y 2004, y los de las fases más recientes.

La narrativa dominante es una cortina verbal que oculta la irracionalidad de las principales operaciones económicas y medidas políticas, que han provocado en numerosas ocasiones un expolio de recursos, y una especialización productiva perjudicial a largo plazo, cuyas consecuencias llegan hasta el presente. Señala, además, un déficit democrático y un enorme quebranto en la separación de poderes.

La eterna salvación de España no parece estar nunca en nuestras manos, sino que se convierte de manera periódica en la propiedad privada de pequeños grupos bien estructurados que adoptan medidas muchas veces dolorosas y de difícil explicación sincera: tanto grandes empresarios como tecnócratas suelen figurar en esos grupos. La composición de dichos grupos es volátil y variada: sus conexiones con el capital nacional e internacional permiten el establecimiento de distintas redes de intercambio; su homogeneidad interna, con la procedencia común de muchos de sus miembros, es compatible con la renovación y la introducción periódica de nuevos elementos, favoreciendo una circulación elitista que consolida a los grupos dominantes, en ocasiones absorbiendo energías sociales contestatarias. Su ramificación a distintas áreas de la sociedad, como los partidos políticos, el Ejército, la Iglesia, la gran empresa, los cuerpos de altos funcionarios, o incluso y recientemente, algunas vertientes de los movimientos sociales, representa una aplicación de la mencionada circulación de las élites, lo que añade fuentes de legitimidad añadidas a la élite dominante. Y su discurso emancipador varía sus argumentos en función de la fuerza política en el poder, de las circunstancias y del periodo, pero contiene un innegable factor común: descarta la emancipación, por gradual que esta fuera, del pueblo español, al que se juzga incapaz de adquirir cuotas superiores de autogobierno y al que se adjudica un pasado trágico y autodestructivo. Un enfermo social y político al que se exige una entrada periódica en una unidad de cuidados intensivos de la que salir regenerado.

Una pequeña caja de herramientas

Para entender este mapa, partimos de las élites, es decir, de un grupo reducido de personas que toman las decisiones que más nos afectan. Esas personas ocupan posiciones clave en las que se relacionan con amigos, compañeros de escuela, parientes, amantes, colaboradores, y también futuros adversarios. De todo ello podemos deducir que forman redes sociales, es decir, vínculos, lazos y conexiones que determinan estructuras que van cambiando con el paso del tiempo.

Para comprender cómo funcionan las élites, es preciso que salgamos cuanto antes del retrato individualizado para observar la conducta del conjunto. Una vez definido el ámbito social, nos ocuparemos de los rasgos de las redes que estas forman. Podemos entender la historia de España como una serie de acontecimientos; también, como el cambio continuo en una serie de variables, como la población, la renta per cápita, la inflación, la desigualdad o el consumo. Pero asimismo podemos analizarla a partir de los cambios operados en las redes de poder, las élites o clases dominantes que han adoptado las decisiones de más calado.

En España, una vez entrada la década de 1950, y debido a diferentes circunstancias, se fue abandonando el totalitarismo fascista y militar para dar lugar a otras formas de dominación más perdurables, sin que los principios fundacionales del régimen franquista se vieran significativamente alterados. Las élites de los años sesenta no fueron las mismas que las de la década de 1940. Su procedencia y redes habían cambia- do. Otro tanto sucedió con las décadas de los años setenta, ochenta y noventa del pasado siglo. Pero todas ellas nos han insuflado creencias irrebatibles, o lo que el politólogo Gaetano Mosca denominó a finales del siglo XIX «fórmulas políticas», los enunciados para hacer la dominación más digerible.

De la victoria en la guerra civil, se pasó a una salvación tecnocrática, que consistió en abrir el país a unos flujos de capital que aprovecharían el clima de represión militar y laboral sobre la ciudadanía. Del desarrollo cortoplacista de un tardofranquismo centrado en vender al exterior que España era diferente, se condujo a una transición que, gobernada por nuevos tecnócratas instruidos en la dictadura, contuvo una crisis capitalista para pasar de un sistema autoritario a uno de partidos. De la instauración de la democracia y la entrada en la alianza militar pasamos a la integración en Europa, baluarte de la estabilidad política. Y, de ahí, a los fastos de Barcelona y Sevilla en 1992; de la entrada en la zona euro como fundadores, a la enorme expansión económica especulativa de los primeros años de este siglo. Y, finalmente, al salvamento europeo de la economía española en plena crisis financiera. En todo momento deberíamos estar agradecidos: podríamos habernos vuelto a aniquilar.

En todos los casos anteriores, la salvación, la reforma y la regeneración política y económica han venido impulsadas por colectivos elitistas compuestos por dirigentes políticos, tecnocráticos y con vínculos con el sector empresarial nacional e internacional. En dicha salvación no interviene nunca el grueso de la población española ni cabe su organización en sindicatos, asociaciones de vecinos, movimientos sociales u otros colectivos. Esta explicación no anula el espíritu rebelde del pueblo español, latente a lo largo de los últimos siglos, presente en el periodo republicano y también en las distintas fases de la dictadura.

Cabe mencionar asimismo el movimiento protestatario 15M originado en 2011 y las primeras etapas de la formación política Podemos como desafíos al statu quo político y económico. Que estas alternativas hayan sido sofocadas o reintegradas a nuevos equilibrios políticos no significa que no hayan existido nunca, como también hubo un movimiento vecinal, feminista y obrero en la España de los años setenta.

Las formas de la élite dominante

El protagonismo de la compleja élite que nos domina exige estudiar sus características presentes y pasadas. En primer lugar, destacamos su cohesión interna, que consiste en el conjunto de lazos y similitudes que dan coherencia al conjunto de los gobernantes y dirigentes empresariales. Dicha cohesión deja espacio a distintos tipos de diferenciación sectorial, lo que delimita distintas facciones —empresariales, ejecutivas, burocráticas, o políticas—. Entre dichas facciones cabe tan- to el acuerdo como el conflicto, y también la existencia de perfiles mixtos que combinan distintas posiciones sociales al mismo tiempo: un militar del Opus Dei, un ministro católico con carnet de la Falange o un abogado del Estado afiliado al Partido Socialista, algo menos frecuente.

En segundo lugar, conviene subrayar la circulación o re- novación de las élites. La circulación elitista se define como un proceso de renovación de los miembros de la élite que actualiza las características de esta en cada periodo. Dicha actualización responde a los cambios del entorno, pero también a la maduración, jubilación e incluso fallecimiento de los miembros de las clases dominantes. La circulación es una característica inherente a las élites, lo que perpetúa la estabilidad de la dominación elitista. Al garantizar que los dominantes se actualizan, la categoría de la dominación se vuelve intemporal y constante: pase lo que pase, siempre habrá alguien al mando y una multitud que tenga que obedecer.

En tercer lugar, los procesos de circulación pueden venir desafiados por las distintas crisis, lo que puede dar lugar a una variante que podemos denominar fusión de élites. Los periodos de transición, las ocasiones en las que se producen eventos desafiantes o choques internos entre élites, son oportunidades para que tengan lugar fusiones. Estas consisten en procesos mediante los cuales componentes antiguos y nuevos de las clases dominantes se combinan para favorecer determinados cambios. La fusión resultante representa un acuerdo para superar un conflicto y, al mismo tiempo, un proceso de circulación más complejo gracias al cual se configura una clase dominante con unas características alteradas pero con unas funciones parecidas. Que un partido comience desafiando un sistema y unos años después forme parte de este describe un caso particular de dicho proceso de fusión.

Este somero conjunto de ideas permite articular el relato del periodo seleccionado aportando una coherencia interna a este y extrayendo significados pocas veces destacados. Nos permite ahorrarnos detalles y contribuir al resultado final: detectar una teoría que explique el funcionamiento de nuestras élites, y con ello, sus fallos, debilidades y oportunidades alternativas.

En lo que sigue se desarrolla el ensayo. El lector debe tener paciencia, pues se recorren más de ochenta años sobre el papel. Algunos hechos son más conocidos y se podrán encontrar referencias a estudios monográficos o más profundos. Algunos otros acontecimientos son menos renombrados. Muchos de estos se ponen en relación para contribuir a la explicación que en estas páginas hemos esbozado. Por eso era tan importante leerlas y, por eso, el lector debe comprender que nuestro viaje en el tiempo mira al pasado, por supuesto, pero también trata de extraer lecciones para entender el presente y para actuar en el futuro”.