“No sé por qué esta gente odia las cámaras”, se pregunta el zopenco transalpino cuando le planta el objetivo en la cara a unos pobres sin hogar; mientras, el otro palomo insípido suelta una de sus risas de muelle flojo, de bufoncete victoriano desdentado, sin enterarse de si es martes o sábado. Habréis visto ya el vídeo. Si no, da igual, os lo explico rápido: estoy hablando de Zazza el Italiano y Willyrex, dos ganapanes de Youtube que se dedican a recorrer y estigmatizar barrios obreros el primero, con su chaleco de chivato cobarde sin ser policía ni nada parecido, aunque tenga ímpetu parecido e inteligencia incluso menor, y a jugar Minecraft y Call of Duty el segundo, un niño pera con el carisma de un pellizco que habrá hecho mucho dinero en Internet, ya ves tú, pero mantiene la misma presencia estética de un tiernísimo adolescente de treinta y cinco años algo flojo de entrañas.
Pues estos dos majaderos han tenido la brillante idea de plantarse en el madrileño barrio de Lavapiés, lugar conocido entre otras cosas por su tasa de sinhogarismo y drogodependencia elevada, para grabar a la gente en su día a día y hacer retos con los menesterosos. Lo que escribo, sí: para hacer retos, para montar una yincana, para pasárselo bien en el lodazal de la pobreza ajena y ponerse a prueba. El uno y el otro se han rodado retándose a despertar mendigos que dormitaban para pedirles pasta, o se han disfrazado ellos mismos de vagabundos para “comprobar” el virtuosismo del resto, y luego lo han subido a Internet sin pixelar la cara o proteger la identidad de nadie, porque qué les va a importar a estos desustanciados la privacidad de esos que considerarán utilería callejera.
Recalco en este nuevo párrafo la palabra sociópata porque es lo que a mi juicio son, aunque no sea yo patólogo ni necesite serlo; son dos meningíticos digitales con la madurez moral de un niño burbuja que ignoran las normas sociales y carecen de empatía para ponerse en la piel de los pobrecillos a los que graban; nadie les ha dicho a tiempo, por las buenas o por las malas, que buscar a desprotegidos para lucrarse de ellos está mal. El vídeo es el cénit de la infamia pública en 2026 y solo estamos en septiembre; da puto asco, y me perdona el respetable lector el adjetivo, ver a estos dos majaderos buscar a seres humanos en las peores condiciones imaginables para despertarlos y pedirles dinero, recompensándoles luego con diez euros – son rácanos, además de desgraciados – si el mendigo les da una limosnilla, como si la pareja de palomos prematuros fuera un tribunal moral con jurisdicción para valorar y recompensar la generosidad de las personas sin hogar. Todo esto, por cierto, mientras de fondo suena musiquilla épica o ñoña, depende del momento.
Cuanto más veo y comento como cronista, como narrador de lo que sucede en la calle, menos cronista quiero ser y menos creo entender lo que sucede en la calle. Estos dos imbéciles son el paradigma de una sociedad digital enferma, sin escrúpulos ni empatía, cuya primera ocurrencia al ver que una persona lo pasa mal es grabarla para luego enseñarlo en Internet a la comunidad de adolescentes que los mantiene a base de clics y algoritmos adictivos. Tal y como las grandes empresas, que están regidas por ejecutivos psicópatas que han conseguido su posición tras triturar a la competencia, las redes sociales son una Arcadia para que los peores sociópatas puedan medrar gracias a su falta de escrúpulos y respeto por los semejantes. La diferencia es que para esto no hay que ser muy listo: cualquier payaso con chaleco antibalas o pajero gangoso puede lograr una sustanciosa recompensa si asimila su comportamiento al de un completo hijo de puta.
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