Durante años, el podcast tuvo una ventaja casi revolucionaria frente al resto de la cultura digital. No pedía nuestros ojos. Podíamos escucharlo caminando, cocinando, conduciendo o mirando por la ventana. Mientras internet competía por mantenernos pegados a una pantalla, el podcast se conformaba con acompañarnos. Pero eso está cambiando.

Desde este miércoles, The Martha Stewart Podcast también puede verse completo en Netflix. El programa seguirá distribuyéndose en audio, pero la plataforma incorpora su versión filmada como parte de una apuesta creciente por los videopodcasts.

El movimiento parece pequeño. Una cámara más, una plataforma más. En realidad señala una transformación mucho mayor. El podcast está dejando de ser un formato que ocasionalmente se graba para convertirse en un producto que también debe funcionar como televisión.

Y no ocurre porque de repente necesitemos observar durante hora y media a dos personas hablando alrededor de una mesa. Ocurre porque las plataformas sí lo necesitan.

Spotify lleva años empujando el vídeo. En abril aseguraba disponer de unos 590.000 podcasts con imagen dentro de un catálogo de alrededor de siete millones de programas. Sus propios datos anteriores mostraban además que el 40 por ciento de los usuarios que descubrieron un nuevo programa en 2024 eligieron uno con vídeo.

YouTube juega con una ventaja todavía más evidente. Allí una conversación larga puede convertirse en un programa completo, pero también en diez clips, veinte fragmentos verticales y una sucesión casi infinita de miniaturas diseñadas para llamar nuestra atención.

Un podcast pensado únicamente para el oído puede permitirse silencios, divagaciones o cierta despreocupación estética. Cuando aparece una cámara entran en escena la iluminación, el decorado, la ropa, los gestos y hasta la posición del cuerpo. La persona que habla sabe que está siendo observada. El invitado también. Lo que parecía una conversación empieza a adquirir las convenciones de un plató.

Un estudio realizado por investigadores de la universidad Politécnica de València sobre más de cien videopodcasts españoles encontró precisamente esa aproximación al lenguaje televisivo. Cerca de ocho de cada diez formatos analizados eran conversaciones y buena parte incorporaba grafismos, realización visual y estrategias específicas para redes sociales. Más del 60 por ciento utilizaba TikTok para distribuir fragmentos.

Una frase llamativa de veinte segundos puede llegar a alguien que nunca escucharía una conversación de dos horas. Una reacción facial puede funcionar mejor en Instagram que una reflexión perfectamente construida. Una discusión encuentra una segunda vida en TikTok. Una entrevista puede producir decenas de pequeños contenidos independientes.

Para los creadores eso supone una oportunidad enorme. El vídeo permite descubrir programas, poner rostro a voces desconocidas y circular por espacios donde el audio tiene más dificultades para abrirse camino. Incluso puede enriquecer ciertos géneros.

La cámara tampoco elimina necesariamente una cualidad íntima del podcast, pero sí la modifica. Escuchar una voz a solas crea una extraña cercanía. No sabemos dónde mira el invitado, qué hace con las manos o qué expresión adopta mientras piensa. Nuestra imaginación completa esa ausencia. El vídeo rellena todos esos espacios. Gana información y pierde misterio.

Por eso quizá la pregunta interesante no sea si los videopodcasts son mejores o peores. Tampoco parece realista imaginar un regreso masivo al audio puro. Las cifras, las inversiones de Spotify y la entrada de Netflix indican que la dirección de la industria es otra. Incluso YouTube está reaccionando ante el interés creciente de Netflix por los creadores y los contenidos nacidos fuera de la televisión convencional.

La pregunta es qué tipo de medio acabará siendo el podcast después de su conquista por la imagen.

Tal vez sobrevivan dos formas bajo el mismo nombre. Una pensada para nuestros ojos, con platós, realización, invitados reconocibles y fragmentos preparados para viajar por las redes. Otra más modesta y radicalmente sonora, que seguirá hablándonos mientras hacemos cualquier otra cosa.

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