Federico García Lorca lleva noventa años desaparecido. La frase resulta extraña porque conocemos su obra, su rostro, sus cartas, las casas en las que vivió y buena parte de sus últimos movimientos. Sabemos que fue asesinado en agosto de 1936 en algún punto entre Víznar y Alfacar, en Granada. Sabemos incluso quiénes estaban probablemente junto a él.
Lo que no sabemos es dónde está su cuerpo. Pero buscar a Lorca hoy significa algo muy distinto de resolver el último misterio de uno de los grandes escritores españoles. Porque bajo la tierra de Granada no está solo Lorca.
Desde 2021, el proyecto Universidad y Memoria de la Universidad de Granada trabaja en el Barranco de Víznar, uno de los grandes escenarios de la represión franquista en la provincia. Allí se han localizado 29 fosas comunes y recuperado los restos de 194 personas. Solo 17 habían podido ser identificadas a finales de julio.
Entre las últimas personas que recuperaron su nombre están Brígida Pardo López, trabajadora del campo de 32 años, Francisco Amigo Pla, dependiente de 21, Francisco José Arturo Muñoz Toral, mecánico de autobuses de 23, y José Antonio Calero García, concejal y trabajador agrícola.
Durante décadas, la búsqueda de los restos de Lorca ha ejercido una fascinación casi detectivesca. Se han seguido testimonios, realizado excavaciones y abierto diferentes hipótesis sobre el lugar exacto donde pudo ser enterrado. Algunos sondeos realizados en Alfacar terminaron sin encontrar restos humanos. El terreno, además, ha sufrido importantes transformaciones con el paso del tiempo.
El resultado ha alimentado una de esas preguntas que periódicamente regresan a los periódicos. ¿Dónde está Lorca?
Quizá noventa años después haya que formular otra. ¿Qué significa que todavía tengamos que buscarlo?
España conserva alrededor de 6.000 fosas vinculadas a la Guerra Civil y la dictadura, según el proyecto de RTVE elaborado con información oficial sobre estos enterramientos. El problema, por tanto, no empieza ni termina con un poeta famoso.
Abrir una fosa significa retirar tierra cuidadosamente, documentar cada objeto, estudiar huesos, determinar edades y lesiones, recoger muestras genéticas y compararlas con las de familiares que en muchas ocasiones llevan décadas esperando.
No siempre hay identificación. No siempre existe un descendiente directo. No siempre queda ADN suficiente. Y, aun cuando todo funciona, el proceso puede tardar años.
Por eso el trabajo que se desarrolla en Víznar tiene algo de arqueología y algo de reparación administrativa, pero también algo mucho más sencillo. Consiste en devolver nombres allí donde durante décadas hubo números, rumores o silencio.
El pasado julio, seis nuevas identificaciones elevaron a 17 el número de víctimas reconocidas genéticamente entre los restos recuperados. El equipo prevé regresar al barranco en septiembre para continuar buscando nuevas fosas.
Mientras tanto, algunas familias han comenzado a declarar ante la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria Democrática de Granada. El objetivo no es únicamente recuperar restos. Los procedimientos pueden servir también para avanzar en la reparación jurídica y simbólica de personas que fueron represaliadas por las autoridades franquistas.
En el 90º aniversario del asesinato de Lorca esa discusión continúa abierta. El poeta Luis Muñoz ha defendido que mantener intacta la ausencia del escritor conserva la enorme fuerza simbólica del lugar y de su asesinato. La historiadora Pilar Mera sostiene, en cambio, que buscar e identificar a las víctimas forma parte de una obligación democrática vinculada a la verdad, el reconocimiento y la reparación.
Las dos posiciones permiten entender por qué Lorca sigue siendo un caso tan particular. Encontrarlo cerraría uno de los grandes enigmas culturales de España. Pero también podría reducir nuevamente toda aquella tierra a un solo hombre.
Lorca fue asesinado junto a otras personas. Durante años se ha situado junto a él al maestro Dióscoro Galindo y a los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Sus nombres aparecen mucho menos. Y alrededor de ellos hubo muchos otros. Trabajadores del campo, empleados, políticos locales, mujeres, jóvenes e incluso menores han aparecido en las fosas excavadas por los investigadores.
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