Hablar del tiempo con el vecino tiene un pase cuando te lo cruzas en el portal y vienes calado porque te ha cogido tormenta entre el metro y tu casa y tenías demasiado hambre como para esperar a que escampara. Facilita la convivencia y puede dar pie a que, en un par de semanas, cuando brille el sol, os quedéis un rato más hablando, no solo del calor que hace sino de como cambia el tiempo, como si descubrierais la primavera juntos. Quizá en un par de estaciones estéis viendo la Champions un martes en el bar de abajo por empezar a hablar de lugares comunes.
Las rutinas se construyen mediante lo reconocible y lo esperado. Por mucho que Hollywood haya triunfado haciéndonos creer lo contrario -a modo de primado negativo, como diría Mr. Tartaria-, pocas cosas hay tan improbables como empezar algo desde la excepcionalidad. Así empezaste a ligar con tu compañero de oficina, hablando del cambio de hora, antes de preguntarle por qué no tomaba azúcar con el café de la máquina y conocer sus demonios sobre coger peso que tú personalmente te encargaste de hacer desaparecer.
Tu relación con tus padres, con tu familia, está llena de lugares comunes que debemos revisitar, con mayor o menor agrado, dependiendo de la paciencia que Dios nos diera ese día, para que ciertas cosas funcionen. En estos casos, la cotidianidad precisa de ciertos motivos que se repiten y que hasta disfrutamos reconocer, aunque sea para sentirnos ajenos a ellos. Los épicos partidos de tus primos cuando pequeños en los torneos escolares. Las andanzas universitarias de tu tía -prudenciales coqueteos con las drogas incluidos- que ahora es abogada en un bufete de la hostia y te vuelve a contar esa historia con las cuatro piernas de los dos chapoteando en la piscina de su chalet. La historia de cómo tu abuelo le dio la mano a tu abuela paseando por las calles del pueblo y así ambos supieron que serían uno para el resto de sus días.
Ya has pasado por ellos mil veces. Incluso podrías recorrerlos de memoria si perdieras la vista, como las callejas de tu barrio o el pasillo de tu casa. Son lo que queda cuando llega lo malo. Son lo primero que vino.
Unos buenos huevos fritos con patatas siempre nos quitarán el hambre, pero si los comemos demasiado a menudo dejaremos de salivar al meternos la yema al completo en la boca; empezaremos a pensar que hemos frito suficientes patatas aunque el plato no rebose. El problema de los lugares comunes es quedarse a vivir en ellos; entenderlos como una eterna morada y no como un punto de partida. Como de la madre, tenemos que salir de ellos para empezar a vivir.
Las historias que nos conforman son el cordón umbilical que nos une a la memoria; nuestra pequeña mitología compartida. Enaltecemos nuestros lugares comunes como sacamos el trofeo del torneo de mus que ganamos en el instituto, las fotos de la comunión o las medallas del concurso de acuarelas: en privado, y con una suma de vergüenza y orgullo que deviene en timidez y en humildad.
Por eso hay lugar para la rabia íntima por culpa del debate público. Aquellos con un micrófono siempre frente a los labios, sin el pudor que adorna a los anónimos al mostrar sus moralejas, nos hacen revisitar constantemente sus propios lugares comunes y nos seducen para que sean los nuestros. Quieren que nos ocupemos de sus batallas pasadas y no de las que se nos vienen encima. Que le demos un lugar a sus muchísimos ismos, que les dejemos cruzar el umbral de nuestras casas. Y todo sin habernos sentado a la misma mesa a mojar el pan, sin habernos cedido el paso en el ascensor, sin siquiera haber hablado con nosotros jamás del tiempo, ni mucho menos habernos invitado a un puto café.
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