Lo que más me perturba del caso Lindsay Clancy es su facilidad para desarticular mis capacidades empáticas. No puedo ponerme en las botas de quien mata a unos niños, más todavía cuando son sus propios hijos; todos mis convencimientos progresistas se desarticulan y me transmuto en un ser macabro y veterotestamentario idéntico al que mata para pedir, no tan en mi fuero interno, un linchamiento en la plaza pública o la más cruel de las vejaciones televisadas. No quiero escuchar a los psiquiatras, no exijo explicaciones ajustadas a la patología humana: quiero venganza. Supongo que este tipo de actos terribles nos escandalizan tanto porque nos transforman en hombres vengativos y primigenios que piden a gritos el ojo por ojo, diente por diente: nos hacen ver que, en el más hondo de los fondos, a veces no somos tan diferentes al fantasear con unas formas sedientas que se asemejan demasiado a las del que ha cometido el crimen.

Este caso concreto, sin embargo, me escandalizó por los varios tuis de la masa influenciadora derechista y el par de artículos de sus reputados columnistas que aseguraban que, en España, aparentemente reconvertido en imbécil el feminismo, se estaba empatizando con la asesina de niños hasta el punto de pedir su absolución. Según estos enardecidos y primeros espadas tuiteros, a los que me creí de primeras porque tengo poco rodaje en el periodismo y soy tan joven como ingenuo y tonto, las charos (sic) habían salido en masa a apoyar a la filicida y justificar su crimen porque, hombre, algo malo estaría haciendo el marido y padre. Eso, repito, decían. 

Como tontín que soy, me enfadé muchísimo al leer estas informaciones, tanto, que rondé la página de afiliaciones de la Falange Española, ya ves tú. No creía posible que esos pollinos misóginos y trasnochados, que van de malotes y edgys aunque vivan entre los arrabales del periodismo, los despachos bajos de Génova y el ingresito por tuit de la ACOM, me estuvieran mintiendo. Cómo podía ser que me engañaran, si la mentira no entra en sus carnes y son tan honorables como el pan recién hecho. Así que ahí estaba yo, enfadado con unas no sé qué personas que habían dicho no sé qué cosa para defender a una puta asesina, rechazando todos los principios que creía defender.

Hasta que decidí comprobar, oye tú, si era verdad eso de que las feministas habían salido en masa a apoyar a la criminal, y me puse a rebuscar y rebuscar por las redes y los periódicos, y no encontré más que el vídeo de una tarada mental – vídeo, a la hora de escribir esta columna, ya eliminado – y un par de tuits de unas cuentas de escasos seguidores y poca inteligencia sintáctica que, efectivamente, se ponían de parte de la asesina con unos argumentos propios de un psicópata infantiloide. Pero ya está. Nada más. Si tratáramos matemáticamente el caso, diríamos que la proporción entre los tuits alertando de la locura de las feministas españolas y la verdadera locura de las feministas españolas era de mil por cada uno. 

Es una vergüenza – otra más, qué será una rayita para un tigre – que los sospechosos habituales de siempre hayan succionado la atención mediática del asesinato de tres niños para construir un hombre de paja brutal sobre el que esparcir su saliva mediocre; han aprovechado los huesos de tres niños para cavar un poco más la zanja de su trinchera cultural y meter mierda contra el movimiento político contrario. Eso, amigos, se llama utilitarismo, y consiste en aprovechar la visceralidad y dolor del público, ante un caso tremendo, para agitar un poco más el avispero. Son siempre, qué curioso, los del extremo centro, los que piden prudencia, los que piden raciocinio, los que avisan de la polarización; los que luego no tienen ninguna vergüenza para rapiñar de entre los muertos y poner en la boca de los otros unos argumentos miserables que a cualquiera con su misma nula vergüenza le pueden sonar a proyectada misándrica. Lo de siempre, en fin. 

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