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Corría el año 1951 cuando el director general de Guinness estaba en Irlanda con unos amigos de cacería, echando la mañana mientras limpiaban el cielo de pájaros. Cuando ya no quedaban ni pájaros ni cartuchos, ya de relax, con sus puros, sus copas, sus Burberrys, sus boinas de lana, sus perros y sus vainas de la campiña irlandesa, alguien del grupo soltó una pregunta que se le pasó por la cabeza: Oye, dijo, ¿Cuál será el ave más rápido del mundo?
Al segundo se inició un debate que nos suena a todos. No hace falta estar forrado ni tener una finca en Irlanda para discutir durante horas con los amigos sobre un tema que en realidad nadie conoce pero del que todo el mundo suelta datos y teorías inventadas mientras van cayendo cervezas.
En ese momento, Sir Hugh Beaver, el jefazo de la Guinness, se dio cuenta de algo, a más conversación, más alcohol, y a más alcohol, más dinero para su empresa. Fue entonces cuando se le ocurrió una de las mejores campañas de publicidad de la historia. Contrató a dos periodistas y les pidió que recopilaran datos curiosos sobre tema diversos y, con ellos, crearan un librito. Ese librito lo repartieron por los bares para que los clientes pudieran animar la charla con preguntas como cuánto mide el humano más alto o cuánto pesa el bocadillo más grande jamás preparado. Ese folletillo en cuestión es el origen del Libro Guinness de los récords, y su finalidad no era otra cosa que aumentar el tiempo que los parroquianos se pasan empinando el codo haciendo la experiencia más entretenida. Así de sencillo. Las ventas, por supuesto, se dispararon.
El móvil y la polarización política son dos enemigos que nos han robado muchas cosas, pero una de ellas es precisamente el tiempo con los amigos en el bar discutiendo sobre quién metió tal gol o sobre cuánta distancia hay a tal ciudad mientras se van pidiendo cañas. El problema es que ahora que los debates absurdos duran lo que alguien tarda en sacar el móvil, y pasamos cada vez más tiempo discutiendo sobre política con un tono cada vez más alto y radical. Esto, en un país como el nuestro, con cierta querencia a dispararnos entre nosotros, es muy peligroso porque afecta a algo tan frágil y necesario como la convivencia que puede desaparecer de repente y como si nada. Ahí están los datos, que dicen que las generaciones más jóvenes no están dispuestas a compartir su vida con gente que opine de manera diferente.
La única idea, simple como ella sola, que se me ocurre frente este problemón es volver a los bares a echar la tarde hablando con los amigos de estupideces como por ejemplo cuál es el mayor número de palillos que alguien ha metido en su barba mientras nos vamos invitando a birras, con el móvil en silencio o directamente en casa. Eso es lo realmente antisistema: no jugar a lo que quieren que juguemos los canallas que nos están radicalizando, crear convivencia frente a los que siembran odio. No hacer caso a la gentuza que quiere convertir a un buen tío en nuestro enemigo solo porque un día, cada cuatro años, coge una papeleta diferente a la nuestra en un colegio.
Por cierto, son 3500 palillos. La hazaña pertenece a Joel Strasser, lo hizo en 2018 y tardó tres horas y 13 minutos. Poca broma con Joel.




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