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El primer envite de la carrera electoral deja a un PP de espaldas a la calle

Sánchez abraza la vivienda y el choque con los grandes intereses económicos mientras Feijóo abre la precampaña con su promesa de una “reconstrucción nacional”

Pistola apuntando al cielo y disparo al aire. Este fin de semana ha arrancado oficialmente la carrera electoral con el 29 de noviembre como meta. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo ya han escogido su estrategia para la maratón. El presidente del Gobierno marcó la pauta en Dos Hermanas, vertebrando la narrativa sobre la vivienda, los desahucios y el choque con los grandes poderes económicos, personificándolos en los fondos buitre. El líder del principal partido de la oposición, en cambio, se posiciona de espaldas a las protestas callejeras, abonando el campo de batalla con la corrupción, la seguridad y una “reconstrucción nacional” con la que promete cerrar la etapa socialista. Mientras tanto, la izquierda a la izquierda del Partido Socialista sigue en barbecho, aunque asoman tímidas ramas que no son más que un atisbo de la configuración final de un espectro secuestrado por el recelo.

El primero de esos marcos, en realidad, no nació en la sala de máquinas de un gabinete de campaña. La vivienda ya estaba en la calle antes de entrar en los mítines. De hecho, fue la chispa que prendió la llama electoral en el Palacio de La Moncloa. Las protestas de las últimas semanas, la acampada de la Puerta del Sol y el impacto político del fallecimiento de Maricarmen Abascal tras su desahucio obligaron a los partidos a tomar posiciones antes de los grandes actos electorales. Tanto para marcar una posición clara con respecto a una de las crisis de más impacto en la sociedad española, como para desplazar el marco hacia otras narrativas.

Sánchez dio sus primeros brochazos tras la caída de los decretos de vivienda en el Congreso. Un fin de semana de reflexión que concluyó con la madrugadora comparecencia del presidente del Gobierno citando a la ciudadanía con las urnas el 29 de noviembre. Toda una semana de trabajo quirúrgico para impactar en el primer acto de la precampaña socialista. Junto a quien fue durante muchos años su escudera, María Jesús Montero, el jefe del Ejecutivo abrió las hostilidades políticas en Dos Hermanas (Sevilla), reivindicando las iniciativas aprobadas por el Gobierno y comprometiéndose a “mantener y reforzar” sus medidas tras las elecciones. “La política de vivienda no tiene fecha de caducidad”, lanzó el secretario general del PSOE, que volvió a confrontar la protección de inquilinos y pequeños propietarios con los intereses de grandes tenedores y fondos de inversión.

No se trató de una referencia pasajera. La segunda parada de este inicio de precampaña le llevó hasta Ponferrada, donde prometió que combatirá a los fondos buitre y situó el acceso a una vivienda entre los asuntos centrales de la próxima legislatura. Discurso similar al que agitaría Salvador Illa en Cataluña. El president de la Generalitat planteó las generales como un plebiscito entre “la gente normal” y las “élites que quieren más y más”, con la vivienda nuevamente como elemento vertebrador de la narrativa socialista y la vinculación de PP y Vox con mencionadas oligarquías.

Los socialistas tratan así de convertir una protesta nacida fuera de las fronteras de los partidos en el principal conflicto de la campaña. El discurso busca la unión del precio de los alquileres, los desahucios y la dificultad de acceso a una casa bajo la premisa de quién paga las consecuencias de un mercado tensionado y quién se beneficia de él. Operación que, al mismo tiempo, arroja una dimensión electoral evidente. Sánchez necesita que el malestar social no alimente la abstención o a otras formaciones de la izquierda. No al menos en su totalidad. La intención es que sirva para reconstruir los cimientos de la mayoría progresista.

La vivienda es una carpeta idónea para la confrontación con un Partido Popular que circula a rebufo de Vox y que es preso de un extraño silencio. Máxime después de que ambas formaciones, de la mano de Junts, rechazaran las iniciativas del Ejecutivo. Lo cual no quita para que en Génova no tengan diseñado su plan de vivienda, aunque sus propuestas distan de las demandas sociales al pivotar sobre el aumento de la oferta y el ataque a la gestión del Gobierno durante estos ocho años.

Corrupción, “reconstrucción nacional” y “sacrificio”

El caballo de batalla en Génova tiene otro fin. El PP eligió este sábado otro punto de partido. Mientras Sánchez hablaba ante los socialistas sevillanos, Feijóo reunía en Ifema a su militancia, acompañado por José María Aznar, Mariano Rajoy y, especialmente, una Isabel Díaz Ayuso empeñada en marcar la línea al candidato conservador. Sobre las pantallas, un lema que no deja nada a la imaginación: “Por fin España”. Desde el atril, la promesa de “reconstrucción nacional” alejado de las “cloacas, saunas y las joyas”. Los conservadores afilan el cuchillo de lo personal para lanzárselo directo al jefe del Ejecutivo.

“España necesita abrir un nuevo tiempo, reconstruir nuestras instituciones, nuestra economía, las expectativas de futuro, los servicios públicos, la seguridad y la confianza”. Ni rastro de la vivienda. A la retahíla de promesas, el gallego incorporó de inmediato la de poner fin a la “mentira”, a la “impunidad”, a “los corruptos”, a “la delincuencia”, a “la decadencia” y al “muro”. Al margen de recuperar los contrapesos institucionales y reforzar las fronteras, agitando la espada ceutí para laminar la imagen del presidente del Gobierno con una crisis eclipsada por la movilización social por la vivienda.

Que el PP entierre la vivienda entre otros lemas electorales no implica que la dejen de lado. Feijóo asume el debate a su modo, calificándola como “el gran fracaso” del Gobierno, pero con el compromiso de convertirla en “el éxito del siguiente”. La diferencia estriba en la jerarquía otorgada a cada cuestión durante este primer embate electoral. En contraposición con los socialistas, los conservadores vertebran su discurso sobre la crisis migratoria y la corrupción que le atribuyen tanto a Sánchez como a su entorno familiar y político.

La distancia se amplificó cuando la voz de Isabel Díaz Ayuso impactó con los micrófonos del atril. La presidenta madrileña aprovechó el mitin en Ifema para dirigirse a los acampados en la Puerta del Sol. Con ironía, mandó un “saludo” porque “ya son las doce”, asegurando que allí no sólo se encontraba “lo mejor de cada casa”, sino que además acusó a algún grupo de tener “antecedentes terroristas propalestinos”. De ahí, que exigiera a la Delegación del Gobierno aclarar si estos corpúsculos gestionan la protesta social. “No hay Estado de derecho debajo de esas tiendas”, espetó.

Desprecio que mantuvo el Gobierno madrileño durante todo el fin de semana. Su consejero de Vivienda, Transportes e Infraestructuras, Jorge Rodrigo, calificó la acampada de “totalmente anárquica” e incluso habló de “descontrol absoluto”, lamentando la imagen “tan nefasta” que, a su juicio, podía trasladar Madrid a los turistas durante el puente de la Hispanidad. La vivienda, desplazada del marco argumental por el turista.

En cualquier caso, la fotografía que deja el fin de semana no es la de un PP sin política de vivienda, sino la de dos partidos que han ordenado de manera muy distinta sus prioridades electorales. Feijóo quiere que las generales sean, sobre todo, una enmienda al ciclo político de Sánchez y a los escándalos que le han acompañado en el final de la legislatura, vendiendo un futuro Gobierno que pedirá directamente a la ciudadanía más “sacrificio”.

Mientras tanto, a la izquierda del PSOE…

En el puzle de la izquierda alternativa se empiezan a colocar algunas piezas, pero está lejos aún de completarse. Mientras PP y PSOE fijan sus respectivos campos de batalla, el progresismo ha terminado el fin de semana resolviendo alguna pequeña incógnita sin arrojar el resultado final de su ecuación de segundo grado. Una de las principales ‘X’ despejadas fue la de Gabriel Rufián, que tras un runrún constante ha sellado la paz con Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) para repetir como cabeza de lista de la formación independentista por Barcelona. Acuerdo que, por tanto, cierra la puerta a su integración en el Frente Amplio.

Cogiendo el puente aéreo, en Madrid apareció otro movimiento. Más Madrid propuso a Emilio Delgado como número uno de una candidatura conjunta, seguido de Mónica García, dentro de una fórmula que sobre el papel presenta una salida de consenso. La propuesta incluye también la incorporación de otras fuerzas y perfiles del espacio progresista para romper el candado de una negociación en la que el reparto de los primeros puestos se había convertido en uno de los principales recelos entre partidos.

El giro implica que Más Madrid mantiene su aspiración de encabezar la papeleta madrileña, justificando así su liderazgo de la oposición a Ayuso en la Asamblea regional. El movimiento, sin embargo, retira a su principal dirigente de la primera posición para colocar a Delgado por delante. No hay todavía, sin embargo, un acuerdo definitivo. El Frente Amplio continúa negociando tanto el liderazgo como la integración de Podemos, mientras Ada Colau ha condicionado su disponibilidad a encabezar el espacio a que la alianza sea realmente más amplia que en pasadas experiencias.