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La primera vez que vi en persona a Joan fue en la primavera de 2021. Llevábamos meses intercambiando mensajes casi a diario. Para entonces, ya creía que nos conocíamos relativamente bien. Cuando uno escribe, más que cuando uno habla, aunque sea un hola, deja inequívocamente un rastro de sí mismo en cada palabra escogida. A lo largo de los siglos se forjaron imperios, masacres y conquistas nacionales y personales al ritmo del metrónomo de la correspondencia.
Yo había entrado a colaborar en Mondo Sonoro en septiembre de 2019, para escribir de música y de todo lo que fuera preciso. Manu me había echado un cable con Luis y con el resto de la redacción de Madrid, pero Joan y el resto del equipo estaban en Barcelona. Lo normal habría sido abonarse al Puente Aéreo, pero los meses que empecé a conocer a Joan las leyes nos impedían visitar a nuestros seres queridos incluso al otro lado de nuestra ciudad. Hubo distanciamiento entre los que éramos próximos, pero también aproximaciones entre los que no habrían coincidido nunca. Lo sé bien.
Islas, soledad. Éramos islas solas que lanzaban y recibían mensajes en botellas al mar. Isolated, esos días encontré en Joan un nuevo sentido de la palabra correspondencia. Con media revista paralizada, con el país en shock, con la necesidad de seguir olvidando el fin del mundo y facturando artículos para pagar el alquiler, empecé a escribir a Joan constantemente con propuestas cada vez más rebuscadas para poder seguir publicando y cobrando. Escribir me daba aire y dinero. No necesitaba más.
"Yo llegué aquí por necesidad. Tú por instinto", había cantado Yung Beef algunos meses antes. Joan debió de ver las dos, instinto y necesidad, además de hambre, literal, en mis correos, y me consintió escribir casi a diario. No solo me permitió proponer temas que no le interesaban a nadie que fuera a invertir dinero para asegurar la supervivencia de la revista en una crisis como esa, sino que me dio libertad para escribir lo que quisiera sobre ellos. Casi siempre. Recuerdo un consejo después de enviarle una reseña sobre un disco, precisamente, de Yung Beef: "No puedes valorar una obra solamente porque sea innovadora. Tienes que ver si está bien o está mal. No por ser distinta es mejor". Se ha convertido en una máxima para mí, y no solo en la música.
"Luis escribió de Madrid porque es el tipo más madrileño de todos", les dijo a todos riéndose la última vez que tomamos una caña. Se refería a mi empeño en hablar de mi ciudad y de su influencia en su representante más internacional en un capítulo del libro que coordinó sobre C. Tangana: Del Rap Crudo a la Alfombra Roja. Volvió a responder a mi llamada. A Joan le debo también mi primer contrato editorial.
Yo me reí también. Fue el pasado viernes. Yo llevaba otro libro de Joan bajo el brazo, pero esa historia no requería de más visiones que la suya. Son cuatro días. Un relato honesto y crudo sobre la ignorancia y la inexperiencia de la juventud, sobre la inocencia y el dolor, sobre el shock que supone para los jóvenes el salto a la vida adulta en un mundo cada vez más complicado, sobre la importancia de la familia, las tentaciones de la evasión y el encasillamiento, sobre el conformismo.
Joan escribe de sí mismo y a la vez de trabajos precarios y de las transformaciones de nuestras ciudades. Barcelona, Madrid, qué más da. De sus habitantes, del ritmo de los tiempos, de la falta de fuerzas para decir hasta aquí, quiero cambiar, para ya. Joan ha escrito en Son cuatro días sobre la condición de la naturaleza humana. Cobarde, limpia, desesperada por encontrar un lugar en el mundo que se nos resiste. Sobre la muerte. Sobre el maldito impulso de acabar con todo. Sobre bromear con las verdades que se nos revelan y que nos aterran. Sobre tomarse muy en serio las bromas; para reírlas, sí, pero aún más para dejar de reírse cuando toca. Sobre el suicidio.
Escribiendo sobre el suicidio, Joan ha revivido a Ismael. Lo revive con la palabra. Hay en las palabras que escribimos mucho más que en las que decimos. Ismael. Un amigo íntimo con el que vivió los años locos de la juventud y la universidad: llenos de cervezas, de fiestas, de aprendizaje, de la crudeza laboral. Ismael terminó con su vida en un monte a las afueras de Barcelona cuando apenas tenían veintipocos años. En un momento dado, en un momento de tristeza, Ismael llama por teléfono a un Joan que finge no estar en casa para poder estar a solas y desplomarse en su propio cansancio, en su propia disociación.
Esa renuncia a mantener el contacto sigue marcándole hasta el día de hoy y se ha convertido en el motor para escribir una historia con la que purgarse. Hay en las palabras que escribimos mucho más que en las que decimos.
Conocer al joven Joan me ha acercado aún más a Joan después de muchos encuentros a lo largo de los años, de muchas conversaciones. Le ha dado sentido a muchas ideas, muchos gestos, sobre la música o el cine que en realidad no trataban sobre la música o el cine, sino sobre la vida. Detrás de cada gesto, de cada guiño inconsciente está la vida, como también lo está la muerte.
El viernes pasado me despedí de Joan hasta otra, después de confesarle, con la timidez del padawan, que creo que ya es el momento de ponerme a escribir libros como él. Me embarco otra vez en la noche madrileña para llegar a tiempo al cumpleaños al que llego dos horas tarde. Llevo su libro bajo el brazo, como un tesoro. Me doy un susto y, para no perderlo, me acerco a casa y lo dejo, y me atrevo a mirar la dedicatoria. "Luis, muchas gracias por todo y por seguir en contacto después de todo este tiempo. Y lo que nos queda".
A la mañana siguiente me desperté casi a mediodía y lo primero que me encuentro en el móvil son dos mensajes de Joan. "Muchas gracias por venir", "Y HAZ ESE LIBRO!!!". Cuando uno escribe, más que cuando uno habla, aunque sea un hola, deja inequívocamente un rastro de sí mismo en cada palabra escogida.
Hay en las palabras que escribimos mucho más que en las que decimos. Joan es un tipo que en los peores momentos de un país, de un sector editorial, de una industria musical agonizante, pero también en los peores momentos de un chico al que le habían quitado la ilusión de la mano, el mendrugo de la vida recién estrenada de la boca abierta, siempre contestó al teléfono o a mis mensajes con una broma o una palabra amable. Siempre atento. Como si todo lo que nos espera fuera siempre bueno. "Y lo que nos queda".




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