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Vivimos en el delirio. En Madrid hemos normalizado la enajenación. Si el Joker llegara a la ciudad, en lugar de provocar el caos, huiría espantado; saldría corriendo, chillando despavorido por la Puerta de Toledo. Soportamos niveles de psicopatía extremos como un guipuzcoano soporta los veranos sin sol: con naturalidad y resignación; casi olvidándonos de que existe otra cosa, otra vida.
Que te ocupen uno de los emblemas de la ciudad durante una semana forma parte del día a día del madrileño. Hoy es una marca poniendo una lona publicitaria hortera y mañana un hippie con una pancarta. Uno sale de la boca de metro de Sol y ve doscientas tiendas de campaña y miles de personas echando el rato y no sabe si es una acción de Decathlon o una protesta, y solo le queda sonreírse y volver a sus obligaciones. Supongo que les gustaría que nos escandalizáramos; la maldición del provocador es siempre la indiferencia.
Madrid se ha acostumbrado al esperpento, sí, pero sobre todo a la novedad. Lo de Sol es como la apertura de otra cafetería de especialidad en Malasaña o un nuevo restaurante asiático en la zona alta de Lavapiés. En cualquier otro lugar del mundo estaríamos aterrorizados de vivir en un país, en una ciudad, donde, dependiendo de tu ideología política, puedes tomar por asalto, y sin problema, el espacio público durante días y días, ponerte a cocinar con hornillos y hacer un nuevo trazado urbano entre los parasoles. En Madrid no. Sales de casa, haces la compra y haces voluntad para ir al gimnasio. Cuando llegas allí, levantas la cabeza y miras a las televisiones desde la elíptica; te enteras de que hay unos tipos quejándose de no sé qué. Aquí siempre hay alguien quejándose de algo.
Tienes la cabeza embotada: has currado mucho, te gusta una chica y no sabes cómo entrarle, a tu madre le está durando el resfriado algo más de la cuenta… Aun así entiendes que debe estar pasando algo importante y prestas atención. Un tipo vestido de naranja y con cara de no haber hecho nunca el amor, un tipo con un apellido que grita abolengo por los cuatro costados, un tipo, en definitiva, un varón, aparece dando explicaciones sobre la acampada de Sol y diciendo algo sobre los fondos buitre. Paradójicamente, el portavoz del Sindicato de Inquilinas es un hombre. Paradójicamente, es un hombre cuya familia tiene decenas de millones de euros en inversiones inmobiliarias. En cualquier otro sitio sería un escándalo, pero en Madrid solo es un día más en la capital.
Es difícil hacer un retrato robot del madrileño, pero creo que sobre todo somos gente a la que nos da todo un poco igual. Buena prueba de ello es que en las manifestaciones y en las acampadas por el precio de la vivienda en Madrid no hay ni un solo madrileño. La gente que ha tomado el corazón de la capital son, básicamente, un colectivo de pequeñoburgueses de provincias que se atiborraron de películas de Jonás Trueba y de capítulos de Friends y decidieron venirse a Madrid a soñar con la bohemia, un pisito en el barrio de Las Letras con techos altos y balcón a una tienda de cerámica y un trabajo creativo estilo Carrie Bradshaw. Se quejan porque se creían que siendo diseñador gráfico o product manager en una firma de moda podrían vivir solos antes de los veintiocho. Como si fuera normal vivir solo en un pisazo del centro de la capital del país antes de los veintiocho. Sobre todo cuando eres de Lugo y ninguno de tus antepasados ha vivido jamás en la Villa y Corte.
Se comportan como si Madrid les debiera algo. Los principales afectados por la situación de la vivienda en la ciudad son parte del problema. Cada persona que llega a Madrid y tensa un poco más la ratio pisitos-personas es causante de los altísimos precios que los madrileños tenemos que pagar para vivir en nuestra propia ciudad. Luego te vas una semana de vacaciones a Murcia a tomar el sol y comer marineras y tienes que aguantar el rollo de que los madrileños invadimos y tal. Me ofrezco voluntario para echar las cuentas de quién aguanta más a quién.
El centro de Madrid tiene las mismas viviendas que hace treinta años, pero hace treinta años todos los hijos de funcionario de Albacete no se venían a probar suerte al centro de Madrid. Que me digan quiénes fueron los primeros en alquilar por habitaciones, subiendo el precio del metro cuadrado en los barrios allende la Ciudad Universitaria, mucho antes de los pisos patera del extrarradio y el auge de Airbnb.
A ellos les da igual convertir la ciudad en el campo de batalla donde se libren los lances definitivos contra el fascismo porque cuando todo termine tendrán un sitio al que volver. Un sitio lejos de Madrid, un sitio donde sus padres suelen tener una casita adosada, jardín y piscina. Mientras, nosotros tendremos que quedarnos; sin tener adónde ir, rodeados de trincheras y de cadáveres.
Todo el mundo que llega a Madrid tiene ideas magníficas para cambiar Madrid. Paradójicamente, para que se parezca más a las ciudades de las que se fueron. No quieren o no saben darse cuenta de que quizás encontraron aquí un lugar donde vivir un sueño que se les negaba en casa precisamente porque no somos como ellos. Como a los madrileños nos da todo un poco igual, nos acodamos, pedimos una caña, que ha sido un día muy largo, y les dejamos que cuenten su película. Protestan con la boca todavía llena de bocata de calamares. Desagradecidos.
A los madrileños nos da todo un poco igual, pero todo tiene un límite. Hay días que uno se despierta enfadado y piensa que ojalá nos dejaran aquí con nuestros fondos buitre, con nuestra corrupción, con nuestros áticos, rodeados de especuladores y con la boina de contaminación flotando sobre nuestras cabezas. La realidad es un secreto a voces, por mucho que intenten acallarla subiendo el volumen de la batucada en clave de Sol. Nadie os obliga a vivir aquí. Pienso en Madrid desesperada como Lola Flores, pidiendo, por favor, si me queréis, irse.



