Un cuadro, a diferencia de una persona, puede sobrevivir a quien lo roba, a quien lo compra sabiendo que no debería y a quien finalmente decide devolverlo. Este Kandinsky lo ha hecho, y ahora le toca sobrevivir también a una subasta. Dentro de unas semanas subirá al estrado de Christie's en Londres con un precio de salida que ronda los 30 millones de dólares, cerrando así, aunque solo en apariencia, un recorrido que empezó con un expolio nazi y siguió con la compra irregular de un museo alemán. La pieza se llama arte. El expediente que la acompaña se parece más a una instrucción judicial.

La historia empieza con la familia Lewenstein, propietarios originales del cuadro, despojados de él durante el régimen nazi como tantas otras familias judías europeas. Décadas después, la obra terminó formando parte de la colección de un museo alemán, que la adquirió en un momento y en unas condiciones que hoy resultan difíciles de justificar. Nadie preguntó demasiado en su día. La procedencia de una obra de arte, cuando conviene, se convierte en un dato que se archiva y se olvida.

El olvido duró hasta 2023, cuando la comisión asesora del gobierno alemán sobre arte saqueado por los nazis revisó el expediente y llegó a una conclusión incómoda para el museo que la custodiaba. La compra no había sido limpia, y la pintura debía volver a la familia Lewenstein. La recomendación se aplicó, y el cuadro cambió de manos por segunda vez en su historia reciente, esta vez de forma legítima.

Ahora llega el tercer movimiento, el que probablemente pocos anticiparon cuando se firmó aquella restitución. La familia ha decidido vender la obra, y Christie's la presentará como una de las piezas estrella de su subasta nocturna de siglos XX y XXI, prevista para el 14 de octubre. Si se cumplen las previsiones, la venta rondará los 30 millones de dólares, aunque el techo real de un Kandinsky en el mercado está bastante más alto. Otra obra del mismo pintor, también devuelta a herederos judíos tras un proceso similar, se vendió en 2023 por el equivalente a unos 45 millones de dólares, la cifra más alta pagada nunca por un cuadro suyo en subasta.

La restitución de arte expoliado se presenta habitualmente como un acto de justicia histórica, casi moral, y en gran medida lo es. Pero casi nunca termina donde uno imaginaría, en un museo dedicado a la memoria o en manos de la familia como legado permanente. Termina, con frecuencia, en el mercado. La reparación se resuelve en efectivo, y el cuadro sigue circulando, ahora limpio de mancha legal y, de paso, revalorizado por la propia historia que lo acompaña. El expolio se convierte, sin que nadie lo diga en voz alta, en un argumento de venta.

Esto no significa que las familias no tengan derecho absoluto a decidir qué hacer con lo que les fue arrebatado. Faltaría más. Significa, en todo caso, que el sistema entero de restitución funciona con una lógica que rara vez se examina de frente. Los museos que compraron mal, muchas veces sabiendo que compraban mal, no suelen pagar más consecuencia que la devolución de la pieza. No hay sanción, no hay reparación adicional, no hay siquiera reconocimiento público más allá de un comunicado. El coste real de haber comprado a sabiendas lo recae, casi siempre, en el silencio institucional.

Los coleccionistas y las casas de subastas han aprendido a convertir la procedencia turbulenta en relato, y el relato, bien contado, sube el precio. Nadie va a escribir en el catálogo de Christie's que el cuadro fue robado a una familia judía y comprado después de forma dudosa por un museo, pero esa historia estará presente en cada nota de prensa y en cada reseña.

Queda por ver qué pasará el 14 de octubre, si el precio final se acerca al techo de los 45 millones o se queda más cerca del suelo previsto por Christie's. Lo que no cambiará, gane quien gane la puja, es el patrón que este caso vuelve a confirmar. El arte expoliado por los nazis sigue apareciendo, ochenta años después, en los catálogos de las grandes casas de subastas, y cada vez que ocurre, la misma pregunta queda flotando sin respuesta clara. Si la devolución cierra de verdad una herida histórica, o si simplemente traslada esa herida al recibo de venta.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora