Empecé a leer prensa con seis o siete años. Antes, ya me inventaba que entendía algo cuando me asomaba por encima del hombro de mi abuelo, como el mono Amedio a Marco, cuando leía el ABC. Mi abuela Pilar empezó a comprarme el AS o el Marca -incluso alguna vez el Sport, cuando se agotaban los diarios deportivos de Madrid: sí, se agotaban, eran definitivamente buenos tiempos- como capricho después de las jornadas de Liga y Champions en el kiosko que había cuando la calle Virgen del Sagrario se encuentra con Virgen del Portillo. El kiosko de La Bizca.

El Kiosko de La Bizca fue para mi uno de esos pocos lugares fundacionales que tenemos a lo largo de nuestra vida. A veces es una cabaña en una selva perdida donde te tomas un brebaje y mientras vomitas bilis entiendes por qué llevas media vida siendo un capullo. En mi caso fue un despacho de periódicos y revistas a medio camino entre el colegio y las casas de mis abuelas que pasaron mi infancia esforzándose en que me convirtiera en el sibarita que soy a base de no dejarme pisar jamás el comedor escolar. El enclave perfecto para cumplir los sueños de ser mayor de un niño pobre que, además de sibarita, se convertiría en un tipo que encontró en aquel kiosko no solo una pasión sino una forma de ganarse la vida.

La Bizca regentaba el negocio con su hermano, que no padecía de ningún problema de visión física pero sí de negocio. Era bastante poco agradable con un niño que cada vez que pasaba por allí miraba el stand como si estuviera delante del Santo Grial y que quería ser su mejor cliente. No le valieron los esfuerzos al hermano de La Bizca. Poco después, en uno de mis embelesamientos, descubrí más objetos de deseo más allá del mundo del deporte. La revista Pokémon, que venía como suplemento especial de la Nintendo con un montón de historias y claves de los juegos; la revista de Los 40 Principales, donde leí mi primera noticia musical: Coldplay prepara nuevo disco en Barcelona,… Estaba tan colgado por las revistas que hasta compraba de vez en cuando la Dibus, de dibujo y pintura, cuando era un niño que falsificaba las notas de plástica en primero de primaria, solo para pasar las páginas.

En el mismo kiosko de la misma Bizca, mi otro abuelo compraba religiosamente el periódico cada mañana. Siempre fue un lector de ABC. El ABC tiene un estilo propio de articulista y un estilo de propio de lector, y mi abuelo era los dos. Él, en cambio, no me compraba el AS ni el Marca cuando me recogía del colegio. En cambio, tenía el sillón de su despacho lleno de los suplementos del grupo Vocento. Crecí leyendo consultorios de psicología femenina y artículos de escritoras superventas sobre la menopausia en Mujer Hoy. Pero sobre todo crecí leyendo el XL Semanal.

Ahí escribía desde siempre, y hasta hoy, Arturo Pérez-Reverte, que acaba de ser protagonista de un cambio de cromos con Andrés Trapiello, que deja El Mundo, para sumarse a la cabecera conservadora. Recuerdo perfectamente un día en el que, estando yo entrando en el despacho de mi abuelo, mi madre que salía de allí me tendió una de esas revistas con la página abierta por un artículo de Reverte sobre cómo -y sería 2003- se estaban perdiendo los modales a las mesas de los restaurantes y cómo los padres estaban empezando a dejar de educar a los niños, que vociferaban por la sala que querían calamares fritos o algo así.

Fue mi primer acercamiento al columnismo serio pero sobre todo al mundo adulto. Los sábados cuando llegábamos a comer a casa de mis abuelos, yo me abalanzaba sobre el sillón verde y rebuscaba entre el montón de periódicos y revistas a ver si encontraba el último semanal para poder leer una nueva aventura de Reverte. El tipo navegaba, el tipo se sentaba en terrazas en Sevilla y observaba al paisanaje, el tipo hablaba de políticos corruptos y miserables que no conocía pero que entonces aprendí a identificar, el tipo hablaba de un tal Javier Marías que terminó siendo uno de mis pilares. Como un niño de barrio que no sabe nada del mundo exterior, los artículos de Reverte se convirtieron en una fuente fiable de lo que me podía encontrar ahí fuera, y de lo que me había perdido: dinero, poder, envidias, muerte, guerras que no conocía, picas en Flandes, cosas que quedan muy lejos del itinerario casa-colegio-kiosko-casa al que me reducía.

Un buen periodista, así como un buen medio de comunicación, tiene que ser como un episodio de los Simpsons o una película de Pixar: se ponga delante de él un niño o un adulto, tiene que poder agarrarse a algo para no querer soltarlo. A mí, en este caso, además de Reverte me atrapó la última página en la que los famosos entrevistados comentaban cuál era su desayuno favorito, porque los desayunos sí que entraban en mi mundo. En el caso del AS hubo un momento en el que también me atrapaba la última página, pero los motivos eran otros. Ay, los despertares de la adolescencia. Ay, la España de los 2000. Qué peligro.

"Todos los niños crecen, excepto uno.” No fui yo. Por suerte. Mis abuelos, mamá y Reverte me ayudaron a no ser un Peter Pan. Si no, me hubiera quedado atrapado en un cuerpo de manitas pequeñas que no tendrían revistas que sostener, ni artículos que escribir, ni entrevistas que cerrar en El Plural. Seguiría soñando con ser solo un lector que no tiene quién le escriba. Ya ni siquiera encontraría a Reverte en el XL Semanal, que con veinticinco lustros a las espaldas ha hecho honor a la frase misma que le encumbró: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente."

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