Están siendo días intensos alrededor de la figura de Tupac. Y no es para menos: a pocos días de que se cumplan 30 años de su muerte, la semana pasada arrancó en Las Vegas el histórico primer juicio por el asesinato del rapero, que falleció el 13 de septiembre de 1996 a causa de los cuatro disparos que seis días antes recibió desde un vehículo mientras iba de copiloto en un BMW negro conducido por Suge Knight, el CEO de su sello discográfico, Death Row Records. Series documentales como Unsolved, decenas de reportajes y varios ríos de tinta se han vertido acerca de uno de los crímenes más enredados y mitificados de todos los tiempos, con la sombra siempre de fondo del asesinato, en circunstancias similares, de Notorious B.I.G un año después en Los Ángeles. Un caso que tres décadas después continúa sin resolverse, dando enormes quebraderos de cabeza tanto a la policía como a curiosos investigadores, entrando ahora en una fase judicializada absolutamente crucial con Duane “Keffe D” Davis como principal sospechoso, un expandillero y líder de los Southside Compton Crips detenido en 2023, y al que se le acusa de ser el autor intelectual del asesinato. Según las investigaciones y, sobre todo, según las sorprendentes confesiones autoinculpatorias del acusado en sus memorias Compton Street Legend y en las entrevistas que ha ido concediendo a lo largo de los años, Davis reconoció que se encontraba en el Cadillac desde el dispararon a Tupac, siendo el que proporcionó el arma a Orlando “Baby Lane” Anderson, su sobrino, que apretó el gatillo como venganza por la paliza que horas antes había recibido de Pac y su pandilla por haber robado presuntamente una cadena de diamantes a un miembro de Death Row. La pronta muerte de Anderson en 1998 —quien no fue juzgado pese a ser el principal sospechoso material del asesinato— por un ajuste de cuentas entre bandas fue el primer gran escollo para el esclarecimiento del caso. El abogado de Davis, Michael Sanft, centra su defensa en argumentar que las declaraciones de su cliente eran “basura narrativa” y que fueron “exageradas e inventadas con el único fin de ganar dinero y notoriedad”.
Con el juicio en el foco público, estas últimas semanas se han conocido más detalles de las horas posteriores al fallecimiento del rapero relacionados con su incineración. En 2011, Outlawz, el grupo fundado por Tupac y colaborador cercano a él, confirmó a través de dos de sus miembros que se fumaron sus cenizas: “Le hicimos un pequeño homenaje con su madre y su familia. Fuimos a la playa y lanzamos al agua un montón de cosas que le gustaban. Marihuana, alitas de pollo, refresco de naranja; le dimos nuestra propia despedida [...] mezclamos Grandaddy Kush con las cenizas de nuestro colega, así que aquí está, fluyendo en nuestra sangre”, confesó Young Noble. “Si escuchas la canción Black Jesuz, él dice: «Que me incineren; mi último deseo es que mis colegas fumen mis cenizas». Fue una petición suya. Ahora bien, ¿qué tan en serio lo decía? Nosotros lo tomamos en serio”, comentaba EDI Mean. Su deseo en esa canción se cumplió y fue incinerado. Aquí viene la actualización del asunto. Hace escasos días, Suge Knight reveló a TMZ que inmediatamente después de su muerte su madre lo quiso incinerar así que él mismo se puso en contacto de madrugada con un empleado de una funeraria. En primera instancia, el trabajador le dijo que estaba muy ocupado, así que el ex-CEO de Death Row pasó al ataque: consiguió la dirección de su casa y se plantó allí con dos bolsas con dinero, una con 200.000 dólares y otra con un millón. Le ofreció primero la de 200.000, pero se negó, así que ofreció las dos: un millón doscientos mil dólares en total. Aceptó y Tupac fue incinerado al instante esa misma noche. Knight cuenta que fue la propia madre de Tupac, Afeni Shakur, la que invitó a amigos y allegados a su habitación de hotel en Las Vegas para mezclar sus cenizas en varios porros y fumárselas entre todos los presentes.
El carácter lúdico de su funeral es algo a lo que ya hacía referencia en sus canciones. Nunca quiso llantos ni solemnidad; la mejor forma de honrarlo era bebiendo Hennessy y fumando hierba en compañía. En Life Goes On rapea “Enterradme sonriendo, con billetes en el bolsillo / Haced una fiesta en mi funeral / que todos los raperos se lo pasen en grande / Que las chicas que solía conocer desde hace mucho tiempo me besen de la cabeza a los pies / Dadme un papel y un bolígrafo para que pueda escribir sobre los pecados de mi vida / y un par de botellas de ginebra por si no consigo entrar al cielo / Decidle a toda mi gente que soy un chulo callejero / Nadie llora cuando morimos, somos los Outlawz”. Pero la relación de Tupac con la muerte va más allá. Incluso tuvo un reverso muy oscuro cuando pensó y planeó su suicidio como se desveló en 2023 con la publicación de la primera biografía autorizada del rapero, escrita por Staci Robinson, este año traducida a nuestro idioma por Miguel Stamp y publicada por Liburuak:
“Sentado en el sofá de Jasmine —una amiga— durante días, deprimido, desesperado y angustiado por haber sido condenado por un delito que negaba rotundamente haber cometido, Tupac llegó a un punto crítico. Una tarde, cuando Afeni —su madre—, Glo —su tía — y Louisa, una amiga de la familia, fueron a verlo, se toparon con algo impensable. Entraron en casa de Jasmine y miraron a través de la oscuridad mientras se adentraban en el salón. Se sorprendieron al encontrar a Tupac sentado en el sofá, a oscuras, con una escopeta en una mano y una pistola del calibre 45 en la otra. En su frente había escrito con rotulador negro «fuck the world». «Había algo a su alrededor —explicó Glo—, como un demonio sobre su hombro. Tupac estaba muy deprimido» Los tres se trasladaron en silencio al cuarto trasero para recuperar el aliento. Momentos después, Afeni volvió al salón y se arrodilló ante su único hijo. Le pidió que fuera fuerte y le dijo que era una persona necesaria para «luchar por el bien en este mundo». Fue una conversación de alto riesgo, y más tarde Afeni recordaría lo decisiva que había sido esa charla. «Ese fue el día en que me senté a hablar con mi hijo y lo traje de vuelta a la vida». Al día siguiente estaban allí Katari, Yaki, Malcolm, Mutah, Glo y Yaasmyn. Todavía muerto de dolor, Tupac les habló sentado en el sofá y les hizo una petición espeluznante. Lo había planeado todo al detalle de forma siniestra. Quería que lo llevaran al bosque, donde compartiría un último canuto con Yaki, Mutah, Katari y Malcolm. Luego lo dejarían allí con su escopeta. «Y cuando suceda -dijo Tupac-, no dejéis que toquen mi cuerpo. No quiero que toquen mi cuerpo. Vosotros os encargáis de recogerlo” [...] No había nada morboso en sus palabras, no se quejó, no lloró”, narra Robinson en el libro.
La cascada de datos inéditos, vivencias y testimonios sobre Tupac parece no secarse; alimentada por el brillo incontestable de su legado artístico y cubierto por el manto legendario de su prematura muerte, la figura del rapero ha regresado de pleno a las mentes de millones de personas a raíz de un juicio que, parece, irá para largo y que busca, definitivamente, hacer justicia más de tres décadas después de su asesinato.
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