Hay divorcios más baratos que esta boda. Desde el pasado 30 de septiembre, Paramount Skydance pierde siete millones de dólares al día por no haber podido cerrar todavía la compra de Warner Bros. Discovery, la empresa matriz de CNN. Son las llamadas "comisiones por demora", una cláusula que las dos compañías firmaron el invierno pasado convencidas de que el trato estaría cerrado mucho antes. No lo está. Y puede que no lo esté hasta 2027.

La operación, valorada en 110.000 millones de dólares, es la pieza que le falta a Paramount para completar el mayor movimiento de fichas en Hollywood desde que Disney compró Fox. El plan de David Ellison, el hijo del cofundador de Oracle que dirige Paramount, era sencillo sobre el papel. Sumar Warner y Paramount, mantenerlas como marcas separadas y presentarse ante el mercado como un rival serio de Netflix y Disney. En CinemaCon prometió hasta 40 películas al año y una ventana de 45 días en salas antes de saltar al streaming, un gesto pensado para tranquilizar a la industria del cine que teme que la consolidación acabe también con las pantallas.

El problema es que una coalición de doce fiscales generales, la mayoría de estados con gobierno demócrata y liderados por California, no se ha tragado el argumento de que menos dueños significa mejor servicio. Su demanda sostiene justo lo contrario. Que la fusión reduciría la competencia en distribución de cine y televisión por cable, y que el resultado sería el de siempre en estos casos, precios más altos y menos opciones. El fiscal general californiano, Rob Bonta, lo resumió sin rodeos ante los medios, apuntando que cuando pocas empresas concentran demasiado poder en mercados esenciales, "los precios suben y los servicios empeoran".

A ellos se ha sumado un aliado inesperado en apariencia, aunque lógico si se piensa un poco. El sindicato de guionistas de Estados Unidos, el mismo que en 2023 protagonizó una de las huelgas más largas de la historia de Hollywood, también ha entrado como demandante. Su razonamiento es directo. Menos estudios compitiendo por proyectos significa menos poder de negociación para quienes los escriben.

Aquí llega la parte que convierte esto en algo más que un pleito de abogados aburridos. Paramount, viendo que el reloj de las comisiones corre en su contra, ha pedido a la jueza que obligue a los estados y al sindicato a depositar una fianza de 1.900 millones de dólares. La idea es que, si Paramount gana el juicio previsto para marzo, ese dinero compense las pérdidas acumuladas por el retraso. Los estados se han tomado la petición casi como una broma de mal gusto. La propia jueza que lleva el caso ya había eximido antes a los demandantes de pagar fianza, argumentando que actuaban en defensa de "importantes intereses públicos", así que no hay motivos para pensar que ahora vaya a cambiar de opinión.

Mientras los abogados discuten cifras, en Hollywood cunde el nerviosismo por razones más terrenales. Warner Bros. viene de una temporada excelente, con treinta nominaciones al Oscar gracias a títulos como Sinners o Una batalla tras otra. Paramount, en cambio, cerró el año pasado sin ninguna nominación y con apenas un 6% de cuota de mercado en taquilla, sostenida casi en solitario por la última entrega de Misión Imposible.

Ese desequilibrio alimenta el temor, expresado ya por profesores de cine y por parte del propio talento de la industria, de que la fusión termine recortando empleo y concentrando aún más las decisiones creativas en muy pocas manos. Tom Cruise, ha optado por el optimismo público, defendiendo que la unión puede traer más películas y más oportunidades para la comunidad del cine. No todos comparten su confianza.

Lo que queda claro, al margen de quién tenga razón en los tribunales, es que estamos ante el enésimo capítulo de una tendencia que lleva más de una década reconfigurando quién decide qué vemos. Cada fusión reduce el número de despachos donde se aprueba o se cancela una serie, se negocia un sueldo o se define qué catálogo estará disponible en tu país el año que viene. La pregunta que casi nadie formula en los comunicados oficiales, ni en los de la empresa ni en los de los fiscales, es qué tipo de cultura audiovisual queda cuando el mercado se estrecha tanto que solo sobreviven dos o tres jugadores. Puede que la respuesta no llegue con la sentencia de marzo, pero el reloj de los siete millones diarios ya está corriendo, y alguien tendrá que pagar la cuenta.

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