Atención, noticia de última hora: analizar algo ya lleva implícito darle valor, sea cual sea la conclusión, positiva, negativa o regulera. Da igual. El tiempo es lo más preciado que tenemos así que dedicarlo a estudiar un fenómeno cultural y social escribiendo un texto de forma seria y argumentada significa brindarle el mayor de los respetos. El caso Disobey me llevó a pensar en todo esto a raíz de su reciente sesión con Red Bull Surco, y es que varios comunicadores y divulgadores musicales expusieron sus respectivos análisis sobre dicha sesión y, de paso, sobre la fenomenología del grupo heredero del antiguo Coldmalaga e integrado por Yyynestrosa8belial, Cybernene y roomtrash, con lazos sonoros clave con los productores Virtual Flavor, Ezewkiel, El WiWi y JOHNNYFUU

“No es tan profundo, tío”, “no tienes ni puta idea”, “hay que dejar camelar a los chavales”, son algunos de los comentarios que sus fans dejaban en las publicaciones de estos análisis, como en el de Doc Jota. Y a mí todo esto me lleva a pensar en lo siguiente: nos hemos pasado desde 2014 reclamando a los medios y la gente de la cultura seriedad al valorar este tipo de propuestas, pero ahora cuando se hace es esa misma gente la que le resta valor al análisis ¿Tiene algún tipo de lógica esto cuando, repito, dedicar tiempo al propio análisis ya inyecta de valor algo que merece ser objeto de conversación? Muchos nos quejábamos del paternalismo, los “artículos tutoriales”, la mofa y la condescendencia con la que se trataba al trap en los medios tradicionales a mitad de la década pasada con titulares como Trap, el rap de los ninis o ¿Es este el grupo que adoran tus hijos? en referencia a Pxxr Gvng, incluso hay artículos más recientes en pleno 2026, como el del diario El Debate, cuyo título reza ¿Qué es el «trap», el subgénero musical cutre y amoral, espejo de lo peor de Occidente, que triunfa en el XXI?. Pues bien, puede haber más paternalismo de cascarón de huevo en “dejen camelar” que en un artículo analítico, incluso mordaz, sobre Disobey en concreto o sobre este paisaje sonoro y social en general. 

Los propios fans, en su obsesión por hacer que los que no son de su tribu levanten sus sucias manos y bolígrafos de sus adorados, intentan neutralizar no solo la crítica, sino algo más peligroso que, paradójicamente, puede ir en contra de sus propios ídolos: su peso cultural y social, porque, al ser vaciado, se corre el riesgo de que se desande la legitimidad formal que tantísimo trabajo costó andar para que estas generaciones de artistas fuesen tomadas en serio cuando empezaron a surgir hace más de una década. ¿O es que ya no se acuerdan de la influencia que tuvo El Bloque TV cuando fue de los primeros medios en cubrir de manera analítica, rigurosa y más allá del meme la eclosión de la neogalaxia urbana española? Fue la primera vez que muchos dijeron: “ah, que esta música va en serio”. La legitimación de lo urbano no cayó del cielo, costó horrores, quien estuvo lo sabrá. Lo más complicado ya se hizo, y ahora hay que hacer curaduría dando el siguiente paso: los análisis críticos

Que Disobey haya aparecido en prestigiosos medios como Código Nuevo, GQ, Rockdelux o Europa Press y haya actuado en festivales de pedigrí cultural como Primavera Sound significa que, llámenme loco, algún tipo de relevancia y fama tendrán. Probablemente estén viviendo de su música, pero la fama también conlleva benditos precios a pagar, y el grupo, pese a su retórica desenfadada y su ignorant rap, no está blindado ante los análisis y las reseñas que se les hagan, por mucho que a sus fans les moleste no tanto lo que se dice sobre ellos como quién lo escribe. Y eso, es la mayor muestra de respeto que un artista puede recibir: ser tomado en serio

 

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