Iba en el tren leyendo el magnífico último libro de Hans Laguna publicado este año, Yo siendo yo, un clarividente ensayo que trata sobre el teatrillo de autenticidad que las estrellas musicales del pop construyen en torno a su figura para ser consideradas "especiales". En el libro se habla de la autenticidad -o la apariencia de ella- como el valor supremo que rige el arte, que ya no tiene tanto que ver con el resultado final ni con su ejecución técnica, sino con el aura que transmite su autor. En pocas palabras: importa más quién hace la obra que la obra en sí. El caso es que leí lo siguiente y un par de ideas me asaltaron a la cabeza: "La idea de autenticidad se trata de una idea surgida en Europa en la época moderna. "Si no soy mejor, al menos soy diferente", escribió a finales del siglo XVI Jean-Jacques Rousseau en sus memorias donde se atrevía a contar "toda la verdad" sobre su persona. Rousseau no se animó a explicarnos su vida por haber participado en grandes acontecimientos de la historia. Tampoco lo hizo porque su ejemplo fuera a servir para que los lectores se acercaran a Dios, como pretendió san Agustín. No: Rousseau se consideró merecedor de nuestra atención simplemente por ser como era. Inauguró una desfachatez que tan bien formulara una conocida marca de champús: "Porque yo lo valgo".

Esto me recordó inmediatamente a la facilidad pasmosa con la que muchas personas se autodefinen como artistas, en el mejor de los casos porque bien, mal o regular se expresan a través de un micro; en el peor de los casos porque simplemente él o ella lo vale. ¿Podría ser esta otra desfachatez de la que habla Laguna en su libro? Más allá del respeto romántico que le tengo a la palabra "artista", si todo el que coge un pincel por primera vez y pinta una jirafa es artista; si cualquiera a las primeras de cambio que coge un micro ya se denomina artista; o si una persona escribe un poema solo con frases cortas y decenas de saltos de línea ya se considera artista, o poeta (esta palabra sí que está maltratada), creo que algo falla. ¿Responde identificarse como "artista" en el perfil de redes sociales a la necesidad intrínsecamente humana de sentirse especial? ¿Se ha convertido el arte, concretamente con la facilidad de crear música y jugar a ser cantante, en un mero cosplay para inyectar de interés tu persona? ¿Se ha convertido la música en un juego pasajero donde, valga la redundancia, los minijuegos son anunciar un pre-save o el lanzamiento del videoclip de un tema a tus seguidores para sentirse por un tiempo, igual que sus ídolos? ¿No salían los niños del cine pegándose a las paredes del cine queriendo Spiderman? ¿Alimentan y validan las redes y sus notificaciones dopamínicas toda esta ilusión?

Es más, si el capitalismo salvaje y la sociedad del espectáculo han canibalizado la obra de arte y han puesto en el centro de la conversación a la persona, ¿está el arte entonces volviéndose peligrosamente ombliguista e individual, sin rastro vocacional o de espíritu colectivo? Albert Camus dejó caer una idea parecida en su conferencia El artista y su tiempo*:* "Si el artista contemporáneo rechaza la tradición de su arte llega a hacerse llega a hacerse la ilusión de crear sus propias reglas y acaba creyéndose Dios. A la vez, cree poder crear por sí mismo su realidad. Sin embargo, alejado de su sociedad, no creará sino obras formales o abstractas, interesantes en cuanto que experimentos, pero privadas de la fecundidad del arte verdadero, cuya vocación es la de reunir". Y continúa remarcando la necesidad del arte de hablar sobre realidades universales que atañen a todos: "Es necesario hablar de lo que todos conocen y de la realidad que no es común. El mar, la lluvia, la necesidad, el deseo, la lucha contra la muerte, eso es lo que nos reúne a todos. Nos reunimos en lo que vemos juntos, en lo que conjuntamente sufrimos. Los sueños cambian con los hombres, pero la realidad del mundo es nuestra patria común". Esta amputación que une al arte con el cordón umbilical de su realidad explica, entre otros factores, el vaciamiento del hip hop de sus valores y su compromiso social. Cuenta Laguna en su libro que "el filósofo Charles Taylor llamó "expresivismo" a esta obsesión por definirnos en base a aquello que supuestamente nos hace especiales, a este empeño por potenciar nuestras diferencias individuales".

Al final, todo se reduce a la condición humana: dotar de sentido la vida de cada uno. Solo que ahora, el capitalismo salvaje, la borrachera de individualidad y la accesibilidad a las redes han convertido el arte en la forma más barata de ser alguien usando el comodín de la cultura.

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