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Casa Rosario, en Vallecas, es un lugar marcado por la belleza y la sencillez. Por la tradición, los buenos modales, la conciencia de clase y el orgullo de barrio. Por el Rayo Vallecano y el antifascismo. En pleno 2026, sigue siendo posible abrir una taberna en Madrid para que la gente se siente a comer, converse y alargue la sobremesa sin ser estafados. En el caso de Casa Rosario, todo comienza con un nombre y una memoria.
A mediados del siglo XX, Rosario dejó Jaén y llegó a Madrid para escapar de la pobreza y la marginación de la posguerra. Se instaló en Vallecas, donde, como tantas familias de clase trabajadora, levantó con sus propias manos una casa junto a su marido, en un barrio en el que, recuerda su nieto David, había viviendas que "no tenían ni baño ni agua”. Muchas décadas después, David, orgulloso vallecano, decidió ponerle el nombre de su abuela a la taberna que acababa de abrir. Era su forma de rendir homenaje a Rosario y a la historia de su familia. "Al final es Andalucía y el Rayo", dice sobre los pilares del local. A ellos suma algo que no cabe en una carta: "El ir a comer a casa de tu abuela y el cómo te sientes en su casa". Esa familiaridad, con su comida, su calor y sus sobremesas, es la que quiere ofrecer en Casa Rosario.
Historia de un barrio marcado por la conciencia de clase
De niño, recuerda los fines de semana en los que se bajaba al bar a tomar el vermú y unas raciones antes de ir al fútbol. Un mundo ahorcado por un falso sistema que nos ha vendido como modernidad el desarraigo de nuestra cultura popular. En su memoria, la taberna y el Rayo forman parte de una misma vida barrial en peligro de extinción mientras las franquicias sustituyen a los negocios de los vecinos que se jubilan. También le incomoda la idea de que haya que desplazarse al centro para tomar una gilda, beber un buen vino, que te corten jamón o comer un arroz con bogavante. "Esto es para todos", dice.
En Casa Rosario, esa convicción se expresa en el plato y en la manera de servirlo. David pone como ejemplo un arroz que ofrece, según explica, a 16,90 euros por persona, aunque en otros barrios costaría bastante más. Y mira a su equipo, que trabaja con chaleco y corbata, cuando se pregunta por qué esa atención tendría que reservarse a determinadas direcciones de Madrid: "Parece que hay cosas que solo se pueden disfrutar en el barrio Salamanca. ¿Por qué esta gente no va a poder comer bien en su propio barrio y que se lo sirvan como en Conde de Peñalver?". Para él, los modales, la estética, comer y beber, también son asuntos de clase. No quiere que la elegancia llegue a Vallecas como una novedad importada para otros clientes; quiere que la disfrute la gente que vive allí. Belleza o Barbarie, como diría Vittore Montesco.
El vermú de grifo, que preparan con una fórmula propia, y la carta de vinos, responden a la misma idea. David cuenta que trabaja con el sumiller Alejandro Leal para dar a conocer a pequeños productores, entre ellos viticultores de la Sierra de Gredos y Alicante. Para las compras cotidianas prefiere acudir al frutero, al carnicero y al pescadero del entorno, aunque pudiera recurrir a un gran proveedor. Su propósito, explica, "es que el dinero se quede en Vallecas y circule entre las familias y los negocios del barrio”. David también teme que muchos vecinos acaben sin poder vivir allí por el precio de la vivienda. Habla de familias que tienen que buscar casa cada vez más lejos y de un barrio que podría perder los negocios y las relaciones que lo sostienen: "El problema de la vivienda hay que controlarlo y regularlo. Porque, si no, se despersonaliza el barrio. Y cuando eso sucede, los que salen perjudicados son sus vecinos. A este paso, de aquí a cinco años, Vallecas es Madrid centro".
Esa forma de entender el negocio alcanza, según David, a quienes trabajan en él. Habla de doce puestos de trabajo, de salarios, jornadas y días de descanso, y sostiene que un camarero, un cocinero o un sumiller deberían poder decir a qué se dedican con orgullo. "Yo tengo que comulgar con lo que predico", afirma. Es una exigencia que se impone como empresario: si Casa Rosario reivindica la dignidad del trabajo, también tiene que demostrársela a su equipo: "No puedo hablar de la lucha de clases y la dignificación si lo que estoy haciendo es tener a la gente explotada".
Rayo Vallecano y antifascismo
El Rayo Vallecano atraviesa la taberna como atraviesa su conversación. "Las fiestas populares y las jornadas de rayismo las organiza el barrio. Si los jugadores van a visitar a niños enfermos en el hospital, eso lo organiza el barrio y no los dirigentes del club”, recuerda. Para David, la franja y el estadio importan porque hay vecinos que han hecho del equipo una parte de su vida, y porque "el Rayo es Vallecas y Vallecas es el Rayo”, refleja. Y añade: “La gente de aquí es combativa, tiene ideales y sabe que el Rayo es suyo". Ese rayismo reluce cuando escucha el nombre de Martín Presa: "Si no compartes los valores que tiene un equipo, ¿qué haces ahí? No te voy a pedir que un presidente de un equipo de fútbol sea bolchevique, pero por lo menos que respete a la afición. Tú no puedes venir aquí a desarraigar todo y sacar al club de Vallecas”
Es imposible no tocar el tema político y la degradación de la izquierda española: ”Ha dejado totalmente de lado lo que es la conciencia de clase. No tiene nada que ver con los barrios. Ni nos representan ni van a defender lo nuestro”. Según David, las familias necesitan una beca de comedor y no que les hablen con lenguaje inclusivo. "Eso se hace desde una posición de privilegio. No puedes ir con esas cuestiones a gente que no llega a fin de mes”, señala.
Su antifascismo nace de esa misma idea de pertenencia, aunque él lo expresa sin rodeos. "Tengo un niño de cuatro años y no voy a normalizar que mi hijo vea nazis por la calle ni que sea testigo de cómo agreden a gente por cuestiones racistas, homófobas, xenófobas o machistas", afirma. Y es tajante con ese tipo de gente cerca de Casa Rosario: "No te voy a dar espacio aquí ni voy a respetar tu opinión si estás atentando contra un derecho fundamental". Su defensa del barrio incluye a quienes han llegado a vivir y trabajar en él. David recuerda que Vallecas fue levantada, entre otros, por familias procedentes de Andalucía y Extremadura, como la de su abuela Rosario, que llegó de Jaén. Es, dice, "un barrio construido por migrantes”.
Casa Rosario lleva esa historia en el nombre, pero David quiere que se note igualmente en la manera de tratar a quien entra, a quien trabaja y a quien abre un negocio al lado. Que Vallecas siga siendo un lugar donde vivir, comer bien, animar al Rayo y si te apetece, sentarte a tomar un Espresso Martini entre bloques del sur de Madrid.



