Aprovechemos que el Dépor es oficialmente un equipo de Primera tras ganar ayer al Valladolid y que media A Coruña todavía debe de estar celebrándolo con esa mezcla de alivio, orgullo y resaca emocional que solo entienden las aficiones que han pasado demasiado tiempo en el barro. Aprovechemos, porque hoy es un buen día para hablar de una película rara, pequeña y más interesante de lo que parece: Galatasaray-Dépor, titulada originalmente One Day in Europe.

La primera reacción ante ese título suele ser una sonrisa. ¿Galatasaray contra Deportivo de La Coruña en una final de Champions? ¿En Moscú? Suena a delirio futbolero, pero también suena, de alguna manera, a aquel Dépor que durante años hizo creíble lo imposible. La película de Hannes Stöhr, estrenada en 2005, parte de esa premisa ficticia, el día en que Galatasaray y Deportivo disputan la final de la Liga de Campeones, distintas historias se cruzan en varias ciudades europeas.

Lo mejor es que la película no va exactamente de fútbol. No hay discursos de vestuario, remontadas épicas ni un delantero que marca lesionado en el último minuto. El partido está casi siempre fuera de campo, como un ruido de fondo, una televisión encendida en un bar o una conversación que todos entienden aunque no hablen el mismo idioma. El fútbol funciona como contraseña común, como idioma europeo no oficial.

One Day in Europe cuenta varias historias repartidas entre Moscú, Estambul, Santiago de Compostela y Berlín. En todas aparecen robos, turistas confundidos, comisarías, maletas perdidas, policías que no terminan de entender lo que ocurre y personajes obligados a explicarse en lenguas que chocan entre sí. La película se mueve en ese terreno tan europeo del malentendido donde nadie controla del todo la situación, pero todos intentan salir adelante.

Vista hoy, esa idea tiene más gracia y más melancolía. En 2005, Europa todavía se contaba a sí misma el relato amable de la integración. Viajar más fácilmente, pagar con la misma moneda, reconocerse en estaciones, aeropuertos y plazas donde nadie entendía del todo a nadie. La película se ríe de esa Europa, pero lo hace con ternura. Sus personajes son ridículos a ratos, pero nunca crueles. Son europeos perdidos en Europa.

Y ahí el Dépor funciona como algo más que un nombre gracioso en un cartel. El Deportivo no era un equipo cualquiera. Era la prueba de que la periferia podía colarse en la fiesta. Era Valerón, Fran, Mauro Silva, Makaay, Tristán, Djalminha o Naybet. Era Riazor convertido en un estadio incómodo para cualquiera. Era la Liga del 2000, el Centenariazo, las noches europeas y la sensación de que una ciudad atlántica podía mirar a los gigantes.

Por eso no chirría tanto que una película imaginase al Dépor en una final de Champions. No ocurrió, pero pudo soñarse.

La elección del rival tampoco es menor. Galatasaray y Deportivo representan dos bordes de Europa: Estambul y A Coruña, el Bósforo y el Atlántico, dos extremos unidos por un balón que rueda en Moscú. Hay algo precioso en esa fantasía. Europa no aparece como una institución fría, sino como una final improbable entre dos clubes de hinchadas intensas, lejos del centro habitual del poder futbolístico.

Hoy, con el Dépor de vuelta en Primera, Galatasaray-Dépor se ve de otra manera. No como una obra maestra escondida, porque no hace falta exagerar, sino como una cápsula de un tiempo en el que el fútbol europeo todavía podía imaginar finales raras. Una película amable, irregular y simpática que usa el balón para hablar de identidad, viajes, fronteras y sueños.

El Deportivo no jugará mañana una final de Champions contra el Galatasaray en Moscú. Pero después de todo lo vivido, tampoco conviene ponerse demasiado racional. El fútbol, cuando quiere, ya se encarga de parecerse al cine. Y en A Coruña lo saben mejor que nadie.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora