Londres volvió a vestirse de gala este domingo para acoger la 79ª edición de los Premios BAFTA en el Royal Festival Hall del Southbank Centre, con el Támesis como telón de fondo y la industria del cine pendiente de cada sobre.
La gran vencedora fue la producción estadounidense Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson, que partía como favorita con catorce nominaciones y terminó la velada con seis galardones, incluidos mejor película y mejor dirección. Una demostración de fuerza que consolida el filme como uno de los grandes fenómenos de la temporada y lo coloca en una posición privilegiada en la carrera internacional de premios.
Anderson reivindica el cine “sin miedo”
Inspirada en la novela Vineland de Thomas Pynchon, la película -protagonizada por Leonardo DiCaprio y con Sean Penn como antagonista- narra la historia de un antiguo revolucionario que intenta proteger a su hija del acoso de un coronel militar reaccionario e implacable. Anderson construye así un relato sobre la memoria política, la desilusión y la herencia ideológica que conecta de manera incómoda con el presente.
Al recoger el BAFTA a mejor película, el cineasta lanzó un discurso de tono combativo que fue uno de los momentos más comentados de la noche: “Cualquiera que diga que las películas ya no son buenas puede irse directamente al diablo, porque este es un año increíble”. Anderson reivindicó el riesgo creativo citando a Nina Simone: “Sé lo que es la libertad, es no tener miedo. Sigamos haciendo cosas sin miedo”.
El director también dedicó su premio a mejor dirección al productor Adam Somner, fallecido en 2024, en un emotivo homenaje que recordó el carácter colectivo del cine. “Puede que penséis que vuestra mayor exportación fueron Alfred Hitchcock o Charlie Chaplin, pero para mí fue Adam Somner”, afirmó, en una frase que arrancó aplausos y alguna lágrima en el auditorio.
Penn, por su parte, se llevó el BAFTA a mejor actor de reparto, imponiéndose en una temporada marcada por la dispersión de premios entre los Critics Choice y los Globos de Oro. La Academia británica optó así por un reconocimiento distinto al de otras citas, reforzando la personalidad propia de su palmarés.
Hamnet, orgullo británico
Si el dominio cuantitativo fue estadounidense, el corazón de la gala habló con acento británico. Hamnet, adaptación de la aclamada novela de Maggie O’Farrell sobre la muerte del hijo de William Shakespeare, se alzó con el premio a mejor película británica y otorgó el BAFTA a mejor actriz protagonista a Jessie Buckley por su interpretación de Agnes, la esposa del dramaturgo.
Buckley ofreció uno de los discursos más celebrados de la noche al subrayar la dimensión colectiva de su trabajo: “Este premio pertenece a las mujeres del pasado, del presente y del futuro que me enseñaron y siguen enseñándome a hacer las cosas de otra manera”. En una gala donde el discurso sobre la libertad creativa estuvo muy presente, su reivindicación de la genealogía femenina resonó con fuerza.
La gran sorpresa: Robert Aramayo
Pero si hubo un momento de auténtica sorpresa fue el anuncio del premio a mejor actor. Contra todo pronóstico, el BAFTA fue para Robert Aramayo por Lo juro (I Swear), donde interpreta a John Davidson, un activista con síndrome de Tourette cuya historia se conoció gracias a un documental de la BBC en 1989.
Aramayo se impuso a nombres como DiCaprio o Timothée Chalamet en una decisión que rompe quinielas y confirma el gusto de la Academia británica por premiar interpretaciones intensas y comprometidas. Visiblemente emocionado, el actor apenas pudo articular un “Sinceramente, no puedo creerlo”, antes de agradecer a la familia de Davidson y al equipo de la película. El intérprete ya había sido distinguido como revelación, pero este segundo reconocimiento consolida su salto definitivo a la primera línea.
En las categorías de reparto femenino, el premio fue para Wunmi Mosaku por Los pecadores, completando un cuadro interpretativo poco previsible y muy distinto al de otros certámenes internacionales.
España se queda a las puertas
La presencia española llegó de la mano de Sirat, dirigida por Óliver Laxe, que competía en la categoría de mejor película de habla no inglesa. Finalmente, el galardón fue para Valor sentimental, del noruego Joachim Trier, en una sección especialmente diversa y competida. Aunque la producción española no logró el premio, su nominación confirma la buena salud del cine de autor peninsular en el circuito internacional.
En los apartados técnicos, la Academia optó por el continuismo: la música de Los pecadores, el maquillaje de Frankenstein, el sonido de F1 y el montaje de Una batalla tras otra recayeron en los favoritos. Quizá el único matiz inesperado fue el premio a mejor fotografía para la película de Anderson, que competía con títulos de gran potencia visual como Train Dreams.
Más explícito fue el gesto político al otorgar el BAFTA a mejor documental a Mr. Nobody Against Putin, una obra abiertamente crítica con el Kremlin. En contraste con la prudencia vista en otros festivales europeos, la Academia británica no rehuyó el posicionamiento.
Con un palmarés que combina músculo industrial estadounidense, orgullo británico y una inesperada sacudida interpretativa, los BAFTA 2026 dejan una conclusión clara: lejos de cualquier nostalgia paralizante, el cine contemporáneo atraviesa un momento de efervescencia creativa. Y, como reclamó Anderson, quizá la clave esté precisamente en eso: filmar -y premiar- sin miedo.