Reino Unido se encamina este 7 de mayo hacia unas elecciones locales y autonómicas que pueden marcar un punto de inflexión en su sistema político. Lo que formalmente se presenta como una gran cita territorial —con renovación municipal en Inglaterra y elecciones en Escocia y Gales— se ha convertido en un examen nacional para Keir Starmer, debilitado por la impopularidad de su Gobierno y por el desgaste interno provocado por el caso Peter Mandelson.

La clave no está solo en cuánto pueda perder el Partido Laborista, sino en quién capitaliza ese retroceso. A diferencia de otros ciclos electorales, el castigo al partido de Gobierno no se traduce automáticamente en una recuperación conservadora. El voto descontento se reparte ahora entre Reform UK, la formación ultranacionalista de Nigel Farage; los Verdes, en ascenso en zonas urbanas y progresistas; los liberaldemócratas, fuertes en espacios moderados y anti-conservadores; y los nacionalistas de Plaid Cymru y el SNP en Gales y Escocia.

En Inglaterra se elegirán más de 5.000 concejales en 136 autoridades locales, incluidos los 32 distritos de Londres y municipios metropolitanos como Manchester, Leeds o Newcastle. En paralelo, Escocia renovará los 129 escaños de Holyrood, su Parlamento autonómico, mientras que Gales estrenará un Senedd ampliado y más proporcional, que pasará de 60 a 96 representantes. La coincidencia de estos comicios convierte la jornada en el mayor test político británico desde las últimas elecciones generales.

Starmer descubre que ganar no era gobernar

El primer ministro llega a las urnas con su autoridad dañada por el caso Peter Mandelson. Starmer nombró al histórico dirigente laborista como embajador británico en Estados Unidos pese a sus vínculos con Jeffrey Epstein, una decisión que acabó estallando cuando se conoció que Mandelson no había superado correctamente el proceso de seguridad y que aun así su designación siguió adelante. Starmer ha admitido que fue un error, pero la polémica ha reforzado la imagen de un Gobierno con fallos graves de criterio y ha abierto una grieta interna en el Partido Laborista, con dirigentes como Anas Sarwar, líder laborista en Escocia, pidiendo responsabilidades.

El problema del laborismo es doble: gobierna en Westminster y sufre desgaste en los territorios. Durante años, el partido pudo crecer sobre el agotamiento de los conservadores, pero ahora debe responder por sus propias decisiones. La crisis del coste de vida, la presión sobre el NHS, los alquileres, los servicios municipales deteriorados y la sensación de que el cambio prometido no llega con suficiente rapidez amenazan con convertir las urnas en un voto de castigo.

El riesgo para Starmer no es únicamente perder concejales o escaños, sino perder el control del relato. Una mala noche puede reforzar la idea de que el laborismo ganó las generales sin reconstruir una base social sólida. El partido afronta fugas en varios frentes: hacia los Verdes entre votantes urbanos y progresistas; hacia Reform UK en zonas obreras e industriales; y hacia los liberaldemócratas en espacios moderados donde el voto conservador se ha debilitado.

 El primer ministro británico, Keir Starmer (derecha), y el entonces embajador británico en Estados Unidos, Peter Mandelson.
El primer ministro británico, Keir Starmer (derecha), y el entonces embajador británico en Estados Unidos, Peter Mandelson


Gales: el laboratorio del golpe laborista

Gales puede convertirse en el símbolo más claro del cambio de ciclo. El país estrena un nuevo sistema electoral para elegir un Senedd de 96 escaños mediante listas cerradas y nuevas circunscripciones. La reforma nació con la intención de reforzar la capacidad de control del Parlamento galés, pero puede terminar volviéndose contra el propio Partido Laborista, que domina la política galesa desde la creación de la institución en 1999.

La mayor proporcionalidad abre la puerta a un escenario mucho más fragmentado. Plaid Cymru, antiguo socio nacionalista de los laboristas, aspira a crecer con fuerza; Reform UK irrumpe como alternativa de protesta; y los Verdes podrían entrar por primera vez en el Parlamento galés. Lo que en su momento se planteó como una reforma para fortalecer la gobernabilidad puede convertirse en una puerta de entrada para los partidos minoritarios y en un serio problema para Starmer.

Al cambio electoral se suma el desgaste de gestión. La dimisión de Vaughan Gething en 2024 tras las polémicas sobre donaciones y transparencia, los problemas del sistema sanitario galés y la controversia por el límite de velocidad en áreas residenciales han erosionado aún más al laborismo. El resultado puede ser especialmente doloroso porque Gales ha sido durante décadas uno de los territorios más fiables para el partido.

Escocia: el SNP resiste y Farage se cuela en la disputa

En Escocia, la batalla se juega sobre otra geografía política. El SNP, liderado por John Swinney, busca reforzar su dominio en Holyrood y mantener viva la agenda soberanista con la promesa de un nuevo referéndum de independencia. Pese al desgaste acumulado tras la etapa de Nicola Sturgeon, los nacionalistas han recuperado terreno y llegan a la cita con opciones de seguir marcando el ritmo político escocés.

La novedad escocesa es la entrada de Farage en un terreno que hasta hace poco parecía menos permeable a su discurso. Reform UK intenta presentarse como la alternativa al largo dominio del SNP y al deterioro del laborismo en Londres. Su crecimiento complica tanto a los laboristas como a los conservadores escoceses, que corren el riesgo de perder espacio ante una derecha más dura, más rupturista y más eficaz en el lenguaje del descontento.

Los Verdes también pueden desempeñar un papel decisivo en Escocia. La formación aspira a recoger el voto de sectores progresistas decepcionados por la política de Starmer, especialmente en asuntos como el clima, la política exterior, Gaza o los recortes económicos. Si el SNP no logra mayoría absoluta, los Verdes podrían volver a ser clave en la formación de un futuro gobierno autonómico.

El cinturón rojo vuelve a temblar

En Inglaterra, la mirada estará puesta en el viejo cinturón rojo laborista. Zonas industriales del norte y el centro del país, que fueron decisivas para el ascenso de Starmer al número 10 de Downing Street, pueden volver a moverse hacia una derecha populista que ya erosionó el voto laborista durante la etapa de Boris Johnson. Municipios como Wigan, Sunderland o áreas del norte industrial serán termómetros clave para medir la profundidad del desgaste.

El mensaje de Farage encuentra espacio donde confluyen desindustrialización, malestar social y sensación de abandono. Reform UK no solo roba votos a los conservadores: también aspira a captar a trabajadores desencantados con el Partido Laborista, votantes que perciben al Gobierno de Starmer como demasiado institucional, demasiado londinense o demasiado desconectado de sus problemas cotidianos.

El conflicto en Gaza también pesa en algunos distritos con alta población musulmana. En ciudades como Bradford o en sectores de Manchester, el laborismo se enfrenta al enfado de votantes que rechazan la posición de Starmer ante la ofensiva israelí sobre la Franja de Gaza. Ese malestar puede traducirse en apoyo a candidaturas independientes, a los Verdes o en abstención, debilitando una base electoral que durante años fue sólida para los laboristas.

Londres, Verdes y la fuga progresista

Londres será otro termómetro decisivo para el Partido Laborista. Los 32 distritos de la capital votan en una jornada que puede medir el desgaste del partido en uno de sus grandes bastiones. La ciudad concentra muchos de los motivos de descontento progresista: vivienda inaccesible, desigualdad, transporte, clima, juventud precarizada y crítica a la política exterior del Gobierno.

Los Verdes, liderados por Zack Polanski en Inglaterra y Gales, aspiran a su mejor resultado. Su crecimiento se apoya en votantes urbanos, jóvenes y de izquierdas que consideran insuficiente la gestión de Starmer en vivienda, clima, Gaza o gasto público. En varios distritos londinenses, la formación ecologista puede disputarle terreno al laborismo y convertir el voto progresista en un campo mucho más competitivo.

Al mismo tiempo, Reform UK avanza en el cinturón exterior de la capital, donde absorbe voto conservador y parte del voto obrero laborista. Esa doble pinza resume la dificultad estratégica del Partido Laborista: por un lado, pierde electores por la izquierda en centros urbanos; por otro, por la derecha populista en periferias y zonas de tradición industrial. El mapa que emerge no es una simple alternancia entre dos partidos, sino una competición simultánea en varios frentes.

Un ensayo de generales

Estas elecciones no decidirán quién gobierna Reino Unido, pero sí pueden anticipar el terreno de las próximas generales. El Gobierno de Starmer ya ha presentado una reforma para rebajar la edad de voto a los 16 años en todo el país, pero el retraso parlamentario impide que llegue a tiempo para esta cita en Inglaterra. En Escocia y Gales, en cambio, los jóvenes de 16 y 17 años sí podrán votar, una diferencia que añade otra capa territorial al análisis político.

La medida está prevista para las próximas generales junto con cambios en la identificación electoral, como una flexibilización del uso de documentos digitales o tarjetas bancarias siempre que coincidan con el censo. Pero esta vez, muchos jóvenes ingleses quedarán fuera de una cita que sí puede ser decisiva para su futuro inmediato: vivienda, empleo, transporte, clima y servicios públicos son algunos de los temas más sensibles para ese electorado.

El fondo de la jornada es claro: Reino Unido está dejando atrás la comodidad del bipartidismo. El Partido Laborista intenta resistir desde el Gobierno, los conservadores pelean por no ser devorados por Reform UK, los Verdes crecen entre votantes progresistas decepcionados, los liberaldemócratas buscan consolidarse como refugio moderado y los nacionalistas de Plaid Cymru y el SNP amenazan con reforzar la dimensión territorial de la crisis británica.

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