América Latina vuelve a mirar al hombre fuerte. No es la primera vez. La región ha vivido buena parte de su historia contemporánea bajo el influjo de líderes que prometían salvar a la nación de una crisis permanente. Desde Juan Domingo Perón en Argentina hasta Alberto Fujimori en Perú, pasando por Getúlio Vargas en Brasil o Hugo Chávez en Venezuela, la figura del dirigente providencial ha ocupado un lugar recurrente en la cultura política latinoamericana. Lo que cambia hoy no es tanto la existencia del caudillo como el signo ideológico bajo el que reaparece.
El nuevo hombre fuerte no promete administrar mejor el Estado, sino golpear la mesa. No habla de reformas lentas, sino de motosierra, 'megacárceles', guerra contra el crimen, batalla cultural y enemigos internos. La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia no es un relámpago aislado: es el último capítulo de una corriente regional que ya tiene rostros, método y lenguaje propio.
Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile o el propio De la Espriella en Colombia no son idénticos. Sus países son distintos, sus trayectorias también y sus recetas económicas no siempre coinciden, ni responden a una misma tradición ideológica cerrada. Algunos se presentan como libertarios radicales, otros como conservadores clásicos o como outsiders sin pasado político, pero todos han sabido construir un relato eficaz en contextos de crisis.
A ese ecosistema se suman referentes externos como Donald Trump, Santiago Abascal o Giorgia Meloni, que han alimentado una red internacional de derechas duras basada en el anticomunismo, la batalla cultural y la promesa de restaurar un orden perdido. No todos gobiernan, no todos tienen el mismo peso y no todos operan en el mismo contexto, pero ayudan a dar coherencia global a una corriente que ya no actúa solo dentro de las fronteras nacionales.
En todos los casos, el líder se sitúa por encima de las estructuras partidistas tradicionales y establece una relación directa con sus seguidores, apelando a emociones como el miedo, la indignación o la frustración. Esa conexión emocional, amplificada por las redes sociales y los medios digitales, les permite simplificar problemas complejos y ofrecer soluciones rápidas que, aunque discutibles, resultan atractivas para amplios sectores de la población que sienten que el sistema ya no les representa.
No se presentan solo como candidatos. Se presentan como redentores. Como la última barrera contra el caos. Como los únicos capaces de hacer lo que “los políticos de siempre” no se atrevieron a hacer. Esa es la nueva gramática de la extrema derecha latinoamericana: menos partido, más líder; menos deliberación, más espectáculo; menos derechos, más castigo.
El hombre fuerte vuelve con móvil y redes sociales
El caudillo no es una figura nueva en América Latina. La historia política de la región está llena de líderes providenciales, militares salvadores, presidentes personalistas y dirigentes que prometieron encarnar directamente la voluntad del pueblo. Lo novedoso es el envoltorio.
Los caudillos de hoy ya no necesitan uniforme ni balcón. Les basta un móvil, una cuenta de X, un ejército digital y una frase diseñada para incendiar el debate. Milei hizo de la motosierra un símbolo político. Bukele convirtió las cárceles en una imagen global de autoridad. Bolsonaro explotó durante años el discurso del orden, las armas y la nostalgia autoritaria. De la Espriella ha llegado al poder con estética de espectáculo, retórica de combate y una promesa de ruptura frontal con el ciclo progresista colombiano.
La lógica es siempre parecida: identificar un malestar real y ofrecer una respuesta brutalmente simple. Si hay inseguridad, más cárcel. Si hay inflación, destruir el Estado. Si hay corrupción, concentrar poder en quien dice venir a limpiarlo todo. Si hay conflicto social, señalar a la izquierda, al feminismo, a los movimientos indígenas, a los migrantes, a los jueces o a los periodistas críticos.
El éxito de estos líderes no se explica solo por manipulación o propaganda. Sería demasiado cómodo pensarlo así. Su fuerza nace de problemas muy concretos: violencia, desigualdad, precariedad, inflación, abandono territorial, burocracias fallidas y una clase política que durante años prometió demasiado y cumplió poco. La extrema derecha no inventa el malestar. Lo captura.
La política del miedo
La inseguridad es el gran combustible de esta ola. No se trata de una percepción aislada ni de una simple construcción propagandística. América Latina sigue concentrando algunas de las tasas de homicidios más elevadas del mundo pese a representar menos del 10% de la población global. Países como Ecuador, México, Colombia o Haití han visto cómo el crimen organizado, las economías ilícitas y la extorsión ganaban terreno durante los últimos años.
En ese contexto, la promesa de mano dura tiene una potencia enorme. Bukele lo entendió antes que nadie y convirtió El Salvador en escaparate mundial de una política que presume de eficacia mientras organizaciones de derechos humanos denuncian abusos, detenciones arbitrarias y debilitamiento de garantías. Su popularidad ha superado el 80% en distintos sondeos durante su mandato, lo que lo convierte en referencia para otros dirigentes de derecha dura que buscan apropiarse del mismo modelo.
El modelo seduce porque ofrece imágenes claras: presos alineados, cárceles gigantes, militares en la calle, presidentes hablando como comandantes. Frente a la angustia de quienes sienten que el Estado no les protege, esa escenografía funciona. Pero una democracia no se mide solo por su capacidad de castigar, sino por los límites que impone al poder cuando castiga.
Ahí está el riesgo. La extrema derecha convierte derechos en obstáculos, garantías judiciales en privilegios de delincuentes y crítica política en traición. El discurso es eficaz porque reduce la complejidad a una batalla moral entre buenos y malos. Pero esa simplificación puede terminar debilitando las instituciones que dice defender.
América Latina conoce demasiado bien las consecuencias de entregar todo el poder al salvador de turno. La promesa de orden sin controles ha sido, demasiadas veces, la antesala del abuso.
La izquierda ante su propio fracaso
La expansión de estos liderazgos también obliga a mirar hacia la izquierda. Durante años, buena parte del progresismo latinoamericano representó la esperanza de inclusión social, redistribución y dignidad para las mayorías populares. El ciclo progresista que comenzó a principios de siglo con Lula da Silva, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa, José Mujica o Hugo Chávez consiguió avances sociales significativos gracias, entre otros factores, al auge de las materias primas y a una mayor presencia del Estado.
Pero también hubo errores, corrupción, personalismos, agotamiento de proyectos y una incapacidad creciente para responder a la inseguridad y al deterioro económico. Cuando terminó el viento favorable de las commodities, muchos gobiernos se encontraron con estructuras estatales débiles, servicios públicos insuficientes y una ciudadanía cada vez más impaciente.
La extrema derecha crece donde la izquierda deja preguntas sin contestar. Crece cuando los servicios públicos fallan, cuando la inflación devora salarios, cuando la gente siente que el discurso de derechos no va acompañado de protección material, cuando el Estado aparece como ausente o ineficaz.
Por eso la respuesta progresista no puede limitarse a denunciar el autoritarismo ultra, aunque deba hacerlo. Tiene que reconstruir una promesa de vida mejor. Seguridad sin autoritarismo. Estado sin burocracia inútil. Igualdad sin desprecio por las clases medias asustadas. Derechos sin desconexión con la vida cotidiana.
Si la izquierda no consigue hablar de orden democrático, otros hablarán de orden sin democracia.
La Doctrina Donroe: la vieja injerencia de EEUU en América Latina con envoltorio trumpista
El auge de estos liderazgos no se produce en el vacío. También encaja en una nueva arquitectura geopolítica impulsada desde Washington. La llamada Doctrina Donroe —una fusión entre Donald Trump y la vieja Doctrina Monroe— describe la voluntad de la Casa Blanca de recuperar una posición de dominio en el hemisferio occidental, con América Latina tratada de nuevo como zona prioritaria de influencia estadounidense.
La historia de la región está atravesada por esa relación desigual con Washington. Desde la ocupación de Cuba tras la guerra hispano-estadounidense hasta las intervenciones en República Dominicana, Granada o Panamá; desde el apoyo a dictaduras militares durante la Guerra Fría hasta la implicación estadounidense en el golpe contra Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 o contra Salvador Allende en Chile en 1973, la influencia de Estados Unidos ha sido una constante en América Latina.
La Doctrina Donroe no reproduce exactamente aquellos mecanismos, pero sí recupera una lógica conocida: considerar América Latina un espacio estratégico cuya orientación política no puede quedar al margen de los intereses de Washington. La diferencia es que hoy la competencia ya no gira únicamente en torno al comunismo, sino alrededor de China, las cadenas de suministro, el litio, las tierras raras, la energía, las rutas comerciales, la migración y la seguridad.
La idea no es solo simbólica. Analistas y centros de estudios han usado el término para referirse al giro más agresivo de Trump hacia la región: presión sobre gobiernos considerados hostiles, apoyo preferente a aliados ideológicos, más peso del Comando Sur, cooperación militar contra el narcotráfico y una lectura de América Latina como escenario de competencia frente a China, Rusia e Irán. El Real Instituto Elcano ha descrito este giro como un “corolario Trump-Monroe” que reactualiza viejos patrones de la política exterior estadounidense hacia el continente.
La Doctrina Donroe no opera como una doctrina cerrada, escrita en piedra, sino como una forma de entender el poder: EEUU vuelve a mirar hacia el sur con una mezcla de interés estratégico, obsesión securitaria y afinidad ideológica con gobiernos de derecha dura. En ese contexto, líderes como Milei, Bukele o De la Espriella aparecen como socios naturales para una Casa Blanca que prioriza el alineamiento político, la lucha contra el narco, el freno migratorio y la contención de sus rivales globales.
La retórica no es nueva, pero el envoltorio sí. Ya no se invoca únicamente el anticomunismo clásico de la Guerra Fría. Ahora se habla de carteles, fronteras, energía, minerales estratégicos, influencia china, redes iraníes y “defensa de la civilización occidental”. La consecuencia es parecida: América Latina vuelve a ser leída desde Washington menos como un conjunto de democracias soberanas que como un tablero donde ordenar aliados y adversarios.
Esa lógica favorece a los nuevos caudillos ultras. Les ofrece respaldo internacional, legitimidad ideológica y una narrativa de cruzada continental. Pueden presentarse no solo como líderes nacionales, sino como piezas de una batalla mayor contra el socialismo, el crimen, el globalismo o el “caos”. La vieja idea del patio trasero regresa con estética de redes sociales y lenguaje de seguridad hemisférica.
Caudillos contra democracia
El problema de esta ola no es que la derecha gane elecciones. En democracia, la alternancia es legítima. El problema aparece cuando estos liderazgos utilizan las urnas para debilitar los contrapesos, atacar a la prensa, hostigar a la oposición, recortar derechos o convertir al adversario en enemigo nacional.
La extrema derecha latinoamericana ha entendido que no necesita presentarse contra la democracia. Le basta con vaciarla por dentro. Mantener elecciones, pero desacreditar a los jueces incómodos. Hablar de libertad, pero atacar a periodistas y movimientos sociales. Invocar al pueblo, pero gobernar para concentrar poder. Defender el orden, pero reducir la pluralidad a una amenaza.
El nuevo caudillo latinoamericano ya no entra a caballo en la capital. Entra por televisión, por TikTok, por X, por mítines convertidos en conciertos y por discursos que convierten el miedo en mandato político. Su éxito no nace de la nada. Nace de democracias que no han sabido proteger lo suficiente, repartir lo suficiente ni escuchar lo suficiente.
Por eso la batalla no será solo electoral. Será cultural, social e institucional. La pregunta que recorre América Latina ya no es únicamente quién gana las próximas elecciones. Es si las democracias de la región serán capaces de responder al miedo sin entregarse otra vez al hombre fuerte.
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