Abelardo de la Espriella no llegó a la política para bajar el tono. Llegó para subir el volumen. Para señalar enemigos. Para convertir cada intervención en una declaración de guerra cultural. Para prometer orden, castigo y revancha a un país cansado, dividido y golpeado por años de violencia, desigualdad y frustración institucional.

Su victoria en Colombia no es solo el triunfo de un candidato. Es la llegada al poder de una forma de hacer política: la ultraderecha como espectáculo, la provocación como método y el miedo como combustible electoral. De la Espriella ha sabido presentarse como el hombre fuerte capaz de “poner orden”, pero su discurso deja una pregunta incómoda: qué queda de la democracia cuando la autoridad se convierte en amenaza permanente.

Durante años fue abogado, empresario y personaje mediático. Ahora será presidente. Su ascenso no se entiende sin el desgaste del Gobierno de Gustavo Petro, pero tampoco sin una operación política más profunda: convertir el antipetrismo en identidad nacional. No se trataba solo de derrotar a la izquierda en las urnas. Se trataba de presentarla como un peligro para Colombia.

El outsider que nunca estuvo fuera

De la Espriella ha construido buena parte de su relato sobre una paradoja. Se vende como un hombre ajeno al sistema, pero su trayectoria está ligada a los espacios donde se cruzan el poder económico, el poder judicial, la televisión y las élites políticas.

No es un desconocido que haya llegado desde abajo para desafiar a los poderosos. Es, más bien, un hombre que conoce bien sus salones, sus códigos y sus mecanismos. Por eso resulta tan eficaz su disfraz de insurgente conservador: habla como si viniera a dinamitar el sistema, pero su carrera se ha desarrollado muy cerca de quienes históricamente lo han administrado.

Esa es una de las grandes habilidades de la nueva ultraderecha latinoamericana. Presentarse como rebelión cuando en realidad suele defender un orden social profundamente desigual. Hablar contra “las élites” mientras recibe el aplauso de sectores empresariales, mediáticos y religiosos. Denunciar la “casta” mientras promete recortes, mano dura y menos límites al poder económico.

De la Espriella encaja en esa escuela. Como Trump, como Milei, como Bukele en su versión más autoritaria, entiende que la política contemporánea premia a quien ocupa la conversación, no necesariamente a quien ofrece mejores soluciones. El escándalo no le resta. Le organiza el campo de batalla.

El antipetrismo como programa

Su campaña tuvo una idea central: Petro era el problema. Todo lo demás giró alrededor de esa premisa. La inseguridad, la economía, el narcotráfico, el desgaste institucional, el miedo al cambio, la desconfianza hacia la izquierda. Todo se convirtió en material para construir un relato de emergencia nacional.

De la Espriella no necesitó explicar con detalle cómo resolvería cada problema. Le bastó con convencer a millones de votantes de que sabía a quién culpar. Esa simplificación es una herramienta clásica de la ultraderecha: tomar malestares reales y convertirlos en una narrativa de enemigos internos. La izquierda, los progresistas, los movimientos sociales, los jueces incómodos, los periodistas críticos, las organizaciones de derechos humanos.

El resultado es una política de trincheras. Quien no está con el líder, está contra la patria. Quien cuestiona la mano dura, protege a los criminales. Quien pide garantías democráticas, debilita al Estado. Ese lenguaje puede ser muy rentable en campaña, pero es profundamente corrosivo cuando llega al Gobierno.

Porque Colombia no necesita más odio organizado. Necesita Estado, justicia social, seguridad, redistribución, presencia pública en los territorios abandonados y garantías para todos. La promesa de autoridad puede seducir a una sociedad agotada, pero la historia latinoamericana demuestra que el orden sin derechos suele terminar siendo orden para unos y miedo para otros.

Mano dura, derechos en riesgo

La seguridad fue el corazón de su oferta política. De la Espriella prometió combatir con dureza a los grupos armados, romper con la lógica negociadora de Petro y recuperar el control territorial mediante una respuesta más agresiva del Estado.

Es evidente que Colombia tiene un problema grave de seguridad. Sería irresponsable negarlo. Pero también sería ingenuo creer que décadas de conflicto, narcotráfico, economías ilegales y abandono estatal pueden resolverse únicamente con más castigo. La mano dura puede producir titulares rápidos, pero rara vez sustituye a una política pública seria.

La ultraderecha suele vender seguridad como sinónimo de fuerza. Pero la seguridad democrática exige algo más: justicia eficaz, servicios públicos, educación, oportunidades, protección de líderes sociales y presencia real del Estado donde hoy mandan actores armados. Sin eso, la represión puede convertirse en una coartada para recortar libertades sin transformar las causas de la violencia.

El riesgo de De la Espriella es gobernar como hizo campaña: dividiendo el país entre buenos y malos, patriotas y enemigos, orden y caos. Ese marco no admite matices. Y una democracia sin matices es una democracia más débil.

El poder empieza cuando termina la provocación

La gran pregunta es si detrás del personaje hay un gobernante. Si detrás del abogado combativo existe un jefe de Estado capaz de respetar límites, escuchar a quienes no lo votaron y entender que la democracia no consiste solo en ganar elecciones, sino en gobernar sin atropellar derechos.

De la Espriella ha prometido orden, pero Colombia necesita mucho más que orden. Necesita igualdad, instituciones fuertes, paz territorial, protección social y una economía que no deje siempre a los mismos fuera. La ultraderecha suele despreciar esas palabras porque le parecen blandas. Pero sin ellas no hay estabilidad duradera.

El antisistema de los poderosos ha llegado a la Casa de Nariño. Lo ha hecho prometiendo castigo, revancha y una ruptura frontal con el ciclo progresista. Ahora deberá demostrar si puede gobernar un país real, no un plató; una democracia plural, no una hinchada; una sociedad herida, no un enemigo al que derrotar. Porque una cosa es ganar explotando el miedo. Otra muy distinta es gobernar sin convertir ese miedo en régimen.

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