Irán ha marcado una línea que no piensa mover mientras siga recibiendo ataques. Teherán revisa una propuesta de Estados Unidos para frenar la guerra, pero rechaza sentarse a negociar el cierre del conflicto bajo las bombas. El mensaje lo verbalizó este miércoles el ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, al precisar que el intercambio de mensajes a través de mediadores “no significa negociaciones con Estados Unidos”. La posición iraní no es nueva, pero ahora aparece formulada con más nitidez: primero deben cesar los ataques; después, en todo caso, se hablará.
La discrepancia con Washington es abierta. Donald Trump sostiene que hay avances, asegura que está hablando con “la gente adecuada” en Irán y ha presentado un plan de 15 puntos remitido por mediación de Pakistán. Ese documento incluiría exigencias de gran calado: retirada de las reservas iraníes de uranio altamente enriquecido, fin del enriquecimiento, límites al programa de misiles balísticos y corte del apoyo a aliados regionales de Teherán. La Casa Blanca no ha detallado el contenido, pero sí ha endurecido el tono: su portavoz, Karoline Leavitt, advirtió de que, si Irán no asume que ha sido derrotado militarmente, Trump ordenará golpes “más duros que nunca”.
En Teherán, la respuesta pública ha sido la contraria a la que describe la Casa Blanca. El presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, ya había despachado como “fake news” las informaciones sobre contactos directos con Estados Unidos. Días antes fue aún más lejos: aseguró que Irán no buscaba un alto el fuego y defendió que el agresor debía ser golpeado “en la boca” para que aprendiera la lección. No son frases lanzadas al azar. Encajan con una estrategia de presión: negar la escena negociadora que Washington intenta vender y, al mismo tiempo, dejar claro que Teherán no quiere aparecer negociando desde una posición de debilidad.
Ese cálculo político convive con una realidad material mucho más áspera. Los bombardeos han castigado Teherán y otras ciudades con una intensidad que varios residentes describieron a Reuters como la peor desde el inicio de la ofensiva. “Era como el infierno”, relató uno de ellos. En el este de la capital, dos edificios residenciales de cinco plantas fueron alcanzados, con plantas enteras arrancadas y equipos de rescate sacando cadáveres entre los cascotes. En otros puntos de la ciudad se registraron daños cerca de un hospital que tuvo que ser evacuado. Testigos que cruzaron la frontera hacia Turquía hablaron de calles destruidas, coches calcinados y familias saliendo con miedo y sin un plan claro.
El impacto no se limita a la imagen de los edificios abiertos en canal. Reuters recogió cortes de agua y electricidad desde los primeros días del bombardeo, problemas de conexión y compras de acopio por temor a un conflicto largo. Una mujer de Bushehr, donde se encuentra la única central nuclear iraní, dijo que temía no volver a ver a sus hijos, que viven fuera del país. Otra madre, en Teherán, explicaba que su hija de 10 años necesita diálisis y que ahora le da miedo llevarla al hospital. Ese es el terreno sobre el que Irán dice que no negociará: una negociación en medio de los ataques no se presenta en Teherán como diplomacia, sino como capitulación.
Washington y sus aliados, en cambio, intentan convertir la presión militar en palanca política. El Pentágono ha golpeado, según Reuters, más de 10.000 objetivos desde el arranque de la operación y estudia enviar miles de soldados aerotransportados al Golfo para ampliar las opciones de una ofensiva terrestre. Israel, por su parte, desconfía de que Irán acepte el plan y teme incluso que Estados Unidos termine introduciendo concesiones. Además, según varias fuentes citadas por Reuters, el Gobierno de Benjamin Netanyahu quiere preservar la opción de lanzar ataques preventivos aunque haya acuerdo. Esa combinación explica parte del bloqueo actual: Teherán exige que paren los bombardeos; Israel quiere mantener la capacidad de seguir golpeando; Washington intenta vender que ya existe una vía de salida mientras amenaza con más castigo.
Irán ha añadido otra condición que ensancha todavía más la negociación. Araqchi y varias fuentes regionales trasladaron que cualquier alto el fuego debe incluir también a Líbano. No es un detalle menor. Significa que Teherán no acepta una desescalada fragmentada, limitada a su territorio, mientras continúen los ataques sobre uno de los principales espacios donde se proyecta su influencia regional. La guerra, vista desde la República Islámica, no se cierra sólo en Teherán o en el estrecho de Ormuz. También pasa por Beirut.
Teherán no está cerrando del todo la puerta. Tampoco la está abriendo. Lo que hace, por ahora, es fijar el marco y endurecer el precio de una eventual conversación. No quiere que la foto sea la de un país castigado que acude a la mesa para detener el fuego. Quiere que la secuencia sea otra: primero se paran los bombardeos, luego se verá qué queda realmente por negociar.