El preacuerdo de junio, así como la tregua del mes de abril, quedan en agua de borrajas. Estados Unidos e Irán han entrado en una vorágine de confrontación que amenaza con sepultar los intentos diplomáticos y devolver Oriente Próximo a un escenario de guerra abierta. Washington ha ampliado su campaña de bombardeos sobre el sur de la República Islámica. En contraposición, Teherán responde con ataques directos contra instalaciones militares y países aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Las autoridades del régimen, de hecho, han mandado un mensaje a la Casa Blanca, advirtiéndoles de que si persiste la ofensiva yankee sobre su territorio “dos o tres días más”, se abrirá un camino hacia la “guerra total”.

El epicentro de la crisis, de nuevo, se posa sobre el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del planeta. La reanudación de las hostilidades ha mermado el tráfico comercial. Según los últimos registros, apenas tres buques de mercancías atravesaron el paso este pasado jueves. Se trata del registro más bajo desde el pasado mes de mayo. La ausencia de grandes petroleros y metaneros evidencia el temor de las empresas navieras a una escalada sin reglas claras.

Un deterioro que tiene como punto de inflexión las interpretaciones enfrentadas del memorando firmado en junio por Estados Unidos e Irán. El documento nació con una vocación de extender la tregua de abril, reabrir el paso de Ormuz y proporcionar sesenta días para negociar una salida permanente al conflicto armado. Su redacción, sin embargo, orilló cuestiones esenciales e incluso de máximos para sendas potencias, como el programa nuclear iraní o el control efectivo del corredor marítimo. La cláusula más controvertida comprometía a Teherán a facilitar durante dos meses el paso seguro y gratuito de buques mercantes entre el Golfo y el mar de Omán. La Casa Blanca asumió tal disposición como una garantía de libre navegación. La República Islámica, en cambio, interpreta que el pacto le concede capacidad para ordenar el tráfico, autorizar determinadas rutas y administrar los servicios necesarios para mantener el estrecho abierto.

Las autoridades iraníes planean a su vez abrir un canal de negociación con Omán sobre el futuro sistema de gestión marítima. Defienden que las embarcaciones deberían sufragar los servicios de seguridad y protección medioambiental, aunque evitan abordar una red de peajes. La Administración Trump rechaza cualquier fórmula que permita a Irán la imposición de tasas o la última palabra sobre los barcos que puedan o no circular por una vía por la que transita una quinta parte del petróleo mundial.

Escalada bélica

La tensión entre las potencias estalló de nuevo cuando varios buques mercantes trataron de utilizar rutas que Teherán no entendían como autorizadas. Tal fue así que la Guardia Revolucionaria se vio obligada a actuar, interceptando o incluso atacando dichas embarcaciones, bajo la justificación de que incumplían las condiciones pactadas. Decisión que prendió la corta mecha de la Casa Blanca, dando así por rota la tregua y reanudando la ofensiva contra radares, depósitos, posiciones costeras y capacidades navales iraníes hasta restablecer el bloque de los puertos de la República Islámica.

La ofensiva de Washington ha ampliado sus objetivos. Durante siete noches, sus fuerzas han golpeado infraestructuras militares y logísticas, además de puentes, instalaciones portuarias y puntos colindantes a Bandar Abbas y Chabahar. Las operaciones han dejado un reguero de 38 víctimas mortales, a los que se suman cerca de medio millar de heridos, según las cifras que ofrecen las autoridades iraníes. Mientras tanto, incrementan los daños sobre servicios básicos y redes de transporte.

La respuesta de Teherán no ha sido menor, extendiendo el conflicto a todos los países que albergan fuerzas estadounidenses. La República Islámica ha dirigido sus misiles y drones contra objetivos en Bahréin, Qatar, Kuwait y Jordania, además de posiciones de Estados Unidos en otras zonas de la región. Irán señala a dichos países como facilitadores de las operaciones norteamericanas y advierte de que no cesarán su ofensiva mientras sus bases se utilicen contra territorio iraní.

De tal modo, Estados Unidos e Irán entran en una espiral que amenaza también al suministro energético y al comercio internacional… una vez más. El encarecimiento del petróleo, el bloqueo de puertos iraníes y el descenso de la navegación por Ormuz incrementan la presión sobre un Donald Trump que se jacta de haber mermado las capacidades militares de Teherán. Sin embargo, la realidad se impone a la narrativa de la Casa Blanca, pues la potencia occidental no ha logrado garantizar la circulación de barcos ni forzado a su adversario a capitular y aceptar sus condiciones en la negociación.

Así las cosas, lejos de rebajar el tono y reorientar la tensión a la vía diplomática, el presidente de Estados Unidos promete continuar con los bombardeos hasta obligar a Irán a sentarse a la mesa de negociación. Trump considera que la fuerza es la única para doblegar a la República Islámica, por lo que ha extendido su amenaza a centrales eléctricas, puentes y otras infraestructuras del país. Una advertencia que, a su vez, introduce una dimensión sensiblemente grave en el campo de batalla oriental, pasando de objetivos militares a instalaciones indispensables para la vida de millones de personas.

La mediación, al filo del precipicio

Pese a la escalada, aún hay quien apuesta por la vía del diálogo en la región. Pakistán y Qatar, mediadores en las negociaciones, tratan de recomponer los canales diplomáticos y reclaman a Irán y a Estados Unidos un cese de las hostilidades inmediato. Sus esfuerzos, no obstante, se estrellan con la desconfianza y el recelo acumulado entre los países. Teherán argumenta que Washington vulneró el acuerdo y considera que ya no hay garantías que le sienten de nuevo en la mesa. Entre tanto, desde el Ala Oeste de la Casa Blanca percuten en que su interlocutor renuncie al control de Ormuz y permita el paso de todos los buques sin restricciones ni tasas.

En Teherán temen que, una vez terminada la Copa del Mundo organizada por Estados Unidos, la Casa Blanca impulse una campaña más amplia. Las autoridades iraníes contemplan nuevos bombardeos, ciberataques, asesinatos selectivos, operaciones de desestabilización interna e incursiones de grupos armados asentados cerca de la frontera iraquí. La tregua de abril y el memorando de junio sobreviven únicamente sobre el papel. Cada represalia genera otra respuesta y cada amenaza amplía la lista de posibles objetivos. Con Ormuz convertido en campo de batalla, los países del Golfo bajo fuego y Trump dispuesto a golpear infraestructuras críticas, Estados Unidos e Irán se acercan a una guerra total que ninguno parece capaz de detener.

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